Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme
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lunes, 17 de marzo de 2014

EL ARTE DE SER MACHO. Pedro Juan Gutiérrez



     —Las mujeres no soportan a los jóvenes, ni a los tontos, ni a los gordos, ni a los bonitos. Ese tipo de hombres no les ofrecen seguridad. Ellas quieren seguridad.
     —Eso sería en la época de las cavernas, hoy en día…
     —No me interrumpas y atiende. Para gustar a las mujeres hay que ser feo, flaco y serio, y tener un poco de dinero y autoridad. Y además, darle pinga todos los días, diciéndoles algo al oído. Cochinás y cosas bonitas, alternativamente. 
     —Yo no tengo dinero ni autoridad.
     —Pero puedes dar pinga veinticuatro horas sin parar, jajajá. Eso equilibra la fórmula. Cuando ya no puedas dar tanto rabo, trata de tener dinero y autoridad. Y si no tienes nada, renuncia a las mujeres. Mírame a mí
     —Las mujeres de hoy son modernas, Pedro Pablo. En tu época…
     —No hay épocas. Somos animalitos. No creas el cuento de la modernidad.
     —Tu fórmula es muy complicada.
     —El arte de ser macho. Experiencia personal, Pedrito. Tú me ves ahora, viejo y abandonado, pero yo tuve cientos de mujeres. Hay que hacerles un nido y que se sientan protegidas. Quieren un macho eficiente. Es simple. 
[…]
     —No me convences, la mujer de hoy es más independiente.
     —Cuentos. Mentira. Las manipulan con esas ideas. Las que se lo creen al final terminan en el siquiatra. Llegan a los cuarenta años solas, sin hijos y con la sensación de que han vivido equivocadas. No obedecieron a la naturaleza y de cabeza para la consulta de siquiatra. 

—Pedro Juan Gutiérrez, El nido de la serpiente. Barcelona: Anagrama, 2006., p. 137-138

domingo, 16 de febrero de 2014

SOBRE LA ESCRITURA. Pedro Juan Gutiérrez


Mientras leía de ese modo arbitrario y desesperado fui comprendiendo que escribir es un oficio diabólico. Al menos escribir del modo en que me interesaba. Hay que sacar fuera la rabia y la locura, pero de un modo natural, que no parezca literatura. Todo tiene que parecer espontáneo. Hay que construir un universo propio y después esconder el andamiaje. El lector tiene que convencerse de que el libro está escrito sin esfuerzo alguno, como corren las gacelas. Ése era mi ideal. Una gacela corre como si no tuviera músculos y como si no se cansara. Parece que vuela mágicamente. 
     Poco después, a los dieciocho años, ya tenía muy claro que mi escritura no sería para agradar y entretener. Nunca haría pasar un buen rato a gente correcta, timorata y aburrida. Todo lo contrario. Con mis libros la pasarían mal porque les haría temblar toda su corrección y sus buenas maneras. Me odiarían.
     Yo quería conjurar al demonio y escribir de todo lo que la gente oculta. Todos quieren ser agradables, cultos y precavidamente sensatos. Eso no me interesaba. Así que lo primero era alejarme de ese tipo de gente. El aprendizaje era en solitario. No tenía nada que preguntar. El escritor perfecto es un fantasma invisible. Nadie puede verlo, pero el tipo escucha y ve todo. Lo más íntimo y lo más secreto de cada persona, Atraviesa paredes y se mete en el cerebro y el alma de los demás. Y después escribe sin miedo. Tiene que arriesgar. El que no se atreve a llegar hasta el límite no tiene derecho a escribir. Hay que empujar a todos los personajes hasta el límite. Hay que aprender a hacerlo. Pero nadie puede enseñar cómo se hace. 

 Pedro Juan Gutiérrez, El nido de la serpiente. Barcelona: Anagrama, 2006., p. 79


sábado, 1 de febrero de 2014

LUCIDEZ. Pedro Juan Gutiérrez

«Siempre creí que era posible vivir con orden, equilibrio y mesura. Todos me metían eso en la cabeza: escuela, padres, Iglesia, prensa. Patria, orden y libertad. Égalité, fraternité, liberté. La vida es pura, bella y perfecta. Como en una revista de decoración de interiores. Todo encaja milimétricamente y no hay suciedad a la vista. Ni una simple telaraña pequeñita en un rincón. Después salí a la calle. Solo. Y esas ideas se descalabraron. Todo confuso. A mi alrededor sólo veía desorden y desequilibrio. Ninguna pieza encajaba con otra. Descubrir eso a los quince años es aterrador. Locura, pánico, caos y vértigo. 
Ahora miraba al amanecer por la ventanilla. A esa hora a veces tengo momentos de lucidez. Lúcido y aterrado ante la vida. Perdido en aquel pueblo. Sin un centavo en el bolsillo. Sin un trago de aguardiente. Sentado en un tren cochino, oliendo los excrementos ajenos.
Miraba a la gente que caminaba por el andén, pero intentaba alejarme de todo y controlar aquel momento de lucidez terrorífica. Quería correr. Siempre he padecido esos ataques de locura y deseos desesperados de huir corriendo, mezclado con claustrofobia. ¿Esquizofrenia? No sé. No quiero saberlo». 

— Pedro Juan Gutiérrez, El nido de la serpiente. Barcelona: Anagrama, 2006., p. 57

LA ÉTICA. Pedro Juan Gutiérrez

«La ética más sabia que conozco la predicaba un viejo solitario y anarquista que vivía cerca de mi casa, cuando yo era niño, en San Francisco de Paula. Aquel viejo era vigilante nocturno en la casa de un americano patilludo y grande, tenía un Cadillac negro y vivía en una buena finca. A veces yo iba allí a mirar La Habana. Desde la loma de aquella finca se ve toda la ciudad. Iba escondido porque el americano era cascarrabias y no le gustaban los intrusos. Me sentaba a conversar con Pedro Pablo, que de día ayudaba a arreglar los jardines, y me decía: "la vida debe regirse con dos cláusulas. La primera dice: cada ser humano tiene derecho a ser lo que le dé la gana. Y la segunda: nadie está obligado a obedecer la cláusula anterior"».

— Pedro Juan Gutiérrez, Sabor a mí, ‘Trilogia Sucia de la Habana’. Editorial Anagrama, p. 150