Acompáñese con vino.

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by Jonathan Wolstenholme
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miércoles, 1 de enero de 2014

LA CARTA LEÍDA POR MADAME BLANCHE. Alessandro Baricco

Imagen de Rebecca Dautremer
Amado señor mío, no tengas miedo, no te muevas, permanece en silencio, nadie nos verá. Sigue así, quiero mirarte, yo te he mirado mucho, pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate donde estás, tenemos una noche para nosotros, y yo quiero mirarte, nunca te he visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos, y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si te es posible, y acaríciate, son tan hermosas tus manos, he soñado con ellas tantas veces, ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, te lo ruego, continúa, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate, amado señor mío, acaricia tu sexo, te lo ruego, despacio, es hermosa tu mano en tu sexo, no te detengas, a mí me gusta mirarla y mirarte, amado señor mío, no abras los ojos, todavía no, no debes tener miedo, estoy cerca de ti, ¿me sientes?, estoy aquí, te puedo rozar, esto es  seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, de repente sentirás el calor de mis labios sobre ti, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de repente, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las pestañas, sentirás entrar el calor en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea en tu sexo, apoyaré mis labios, allá abajo, y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo entreabra mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva descenderá  por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo. Hasta que al final te bese en el corazón,  porque te deseo, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te deseo, y con el corazón entre mis labios tú serás mío de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío para siempre,  si no me crees abre los ojos, amado señor mío, y mírame, soy yo, quién podrá borrar este instante que sucede, y este mi cuerpo ya sin seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que te deslizas debajo de mí, aferras mis caderas, me levantas, dejas que me deslice sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote lentamente, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves  lentamente pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me alza, tus brazos que no dejan que me marche, los golpes dentro de mí, es violencia dulce, veo tus ojos que buscan en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde quieras, amado señor mío, no hay fin, no acabará, ¿lo ves?, nadie podrá borrar este instante que sucede, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos separando las lágrimas de mis pestañas, mi voz dentro de la tuya, tu violencia que me tiene aferrada, no queda ya tiempo para huir ni fuerza para resistirse, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, amado señor mío, este instante existirá, de ahora en adelante, existirá, hasta el final.
No nos veremos más, señor. Lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis. Creedme: lo hemos hecho para siempre. Preservad vuestra vida resguardada de mí. Y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós. 

—    Alessandro Baricco, Seda. Trad. Xavier González Rovira y Carlos Gumpert. Barcelona: Anagrama, 2005., pp. 109-13

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA SAL DE SUS LÁGRIMAS. Mario Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa es considerado uno de los más grandes novelistas hispanoamericanos de la segunda mitad del siglo XX. A continuación presentamos un frágmento de su novela erótica “Elogio de la Madrastra”.

Justiniana tenía los ojos como platos y no dejaba de accionar. Sus manos parecían aspas:

-¡El niño Alfonso dice que se va a matar! ¡Porque usted ya no lo quiere, dice! –pestañeaba, aterrada-. Está escribiéndole una carta de despedida, señora.

-¿Es este otro de los disparates que…? –balbuceó Doña Lucrecia, mirándola por el espejo del tocador-. ¿Tienes pajaritos en la cabeza, no?

Pero la cara de la mucama no era de bromas y doña Lucrecia, que estaba depilándose las cejas, dejó caer la pinza al suelo y sin preguntar más echó a correr escaleras abajo, seguida por Justiniana. La puerta del niño estaba cerrada con llave. La madrastra tocó con los nudillos: “Alfonso, Alfonsito”. No hubo respuesta ni se oyó ruido dentro.

-¡Foncho! ¡Fonchito! –insistió doña Lucrecia tocando de nuevo. Sentía que la espalda se le helaba-. ¡Ábreme! ¿Estás bien? ¿Por qué no contestas? ¡Alfonso!

La llave giró en la cerradura, chirriando, pero la puerta no se abrió. Doña Lucrecia tragó una bocanada de aire. El suelo era otra vez sólido bajo sus pies, el mundo se reordenaba después de haber sido un resbaladizo tumulto.

-Déjame sola con él –ordenó a Justiniana.

Entró al cuarto, cerrando la puerta a su espalda. Hacía esfuerzos por reprimir la indignación que iba ganándola, ahora que había pasado el susto.

El niño, todavía con la camisa y el pantalón del uniforme del colegio, estaba sentado en su mesa de trabajo, la cabeza baja. La alzó y la miró, inmóvil y triste, más bello que nunca. A pesar de que aún entraba luz por la ventana, tenía encendida la lamparilla y en el dorado redondel que caía sobre el secante verdoso doña Lucrecia divisó una carta a medio hacer, la tinta todavía brillando, y un lapicero abierto junto a su manecita de dedos manchados. Se acercó a pasos lentos.

-¿Qué estás haciendo? –murmuró.

Le temblaban la voz y las manos, su pecho subía y bajaba.

-Escribiendo una carta –repuso el niño en el acto, con firmeza-. A ti.

-¿A mí? –sonrió ella, tratando de parecer halagada-. ¿Ya puedo leerla?

Alfonso puso su mano encima del papel. Estaba despeinado y muy serio.

-Todavía. –En su mirada había una resolución adulta y su tono era desafiante-. Es una carta de despedida.

-¿De despedida? Pero ¿acaso te vas a alguna parte Fonchito?

-A matarme –Lo oyó decir doña Lucrecia, mirándola fijo, sin moverse. Aunque, después de unos segundos, su compostura se quebró y se le aguaron los ojos-: Porque tú ya no me quieres, madrastra.

Oírselo decir de esa manera, entre adolorida y agresiva, con la carita torciéndosele en un puchero que intentaba en vano frenar y usando palabras de amante despechado que desentonaban tanto en su figurilla imberbe, de pantalón corto, desarmó a doña Lucrecia. Permaneció muda, boquiabierta, sin saber qué responder.

-Pero, qué tonterías estás diciendo, Fonchito –murmuró al fin, sobreponiéndose sólo a medias-. ¿Que yo no te quiero? Pero, corazón, si tú eres como mi hijo. Yo a ti…

Se calló, porque Alfonso, dejando caer su cuerpo sobre ella y abrazándose de su cintura rompió a llorar. Sollozaba, con la cara aplastada contra el vientre de doña Lucrecia, su pequeño cuerpo conmovido por los suspiros y con un jadeo ansioso de cachorrito hambriento. Era un niño, ahora sí, no había duda, por la desesperación con que lloraba y el impudor con que exhibía su sufrimiento. Luchando para no dejarse vencer por la emoción que le cerraba la garganta y había ya mojado sus ojos, doña Lucrecia le acarició los cabellos. Confundida, presa de sentimientos contradictorios, lo escuchaba desahogarse, balbuciendo sus quejas.

-Hace días que no me hablas. Te pregunto algo y te das vuelta. Ya no me dejas que te bese ni para los buenos días ni las buenas noches y cuando regreso del colegio me miras como si te molestara verme entrar a la casa. ¿Por qué madrastra? ¿Yo qué te he hecho?

Doña Lucrecia lo contradecía y lo besaba en los cabellos. No, Fonchito, nada de eso es verdad. ¡Qué susceptibilidades eran ésas, chiquitín! Y, buscando la forma más atenuada, trataba de explicárselo. ¡Cómo no lo iba a querer! ¡Muchísimo, corazoncito! Pero si vivía pendiente de él para todo y lo tenía siempre en la mente cuando él estaba en el colegio o jugando al fútbol con sus amigos. Ocurría, simplemente, que no era bueno que fuera tan pegado a ella, que se desviviera en esa forma por su madrastra. Podía hacerle daño, zoncito, ser tan impulsivo y vehemente en sus afectos. Desde el punto de vista emocional, era preferible que no dependiera tanto de alguien como ella, tan mayor que él. Su cariño, sus intereses debían compartirse con otras personas, volcarse sobre todo en niños de su edad, sus amiguitos, sus primos. Así crecería más pronto, con una personalidad propia, así sería el hombrecito de carácter del que ella y don Rigoberto se sentirían después tan orgullosos.

Pero, mientras doña Lucrecia hablaba, algo en su corazón desmentía lo que iba diciendo. Estaba segura de que el niño tampoco le prestaba atención. Acaso ni la oía. “No creo una palabra de lo que le digo”, pensó. Ahora que sus sollozos habían cesado, aunque aún lo sobrecogía de tanto en tanto un hondo suspiro, Alfonsito parecía concentrado en las manos de su madrastra. Se las había cogido y las besaba despacito, tímidamente, con unción. Luego, mientras se las frotaba contra la mejilla satinada, doña Lucrecia lo escuchó murmurar quedo, como si se dirigiese sólo a los dedos afilados que apretaba con fuerza: “Yo a ti te quiero mucho, madrastra. Mucho, mucho… Nunca más me trates así, como en estos días, porque me mataré. Te juro que me mataré”.

Y, entonces fue como si dentro de ella un dique de contención súbitamente cediera y un torrente irrumpiera contra su prudencia y su razón, sumergiéndolas, pulverizando principios ancestrales que nunca había puesto en duda y hasta su instinto de conservación. Se agachó, apoyó una rodilla en tierra para estar a la misma altura del niño sentado y lo abrazó y lo acarició, libre de trabas, sintiéndose otra y como en el corazón de una tormenta.

-Nunca más –repitió, con dificultad, pues la emoción apenas le permitía articular las palabras-. Te prometo que nunca más te tratare así. La frialdad de estos días era fingida, chiquitín. Qué tonta he sido, queriéndote hacer un bien te hice sufrir. Perdóname corazón…

Y, al mismo tiempo, lo besaba en los alborotados cabellos, en la frente, en las mejillas, sintiendo en los labios la sal de sus lágrimas. Cuando la boca del niño buscó la suya, no se la negó. Entrecerrando los ojos se dejó besar y le devolvió el beso. Luego de un momento, envalentonados, los labios del niño insistieron y empujaron y entonces ella abrió los suyos y dejó entrar una nerviosa viborilla, torpe y asustada al principio, luego audaz, visitara su boca y la recorriera, saltando de un lado a otro por sus encías y sus dientes, y tampoco retiró la mano que, de pronto, sintió en uno de sus pechos. Reposó allí un momento, quieta, como tomando fuerzas, y después se movió y, ahuecándose, lo acarició en un movimiento respetuoso, de presión delicada. Aunque, en lo más profundo de su espíritu, una voz la urgía a levantarse y partir, doña Lucrecia no se movió. Más bien, estrechó al niño contra sí y, sin inhibiciones, siguió besándolo con un ímpetu y una libertad que crecían al ritmo de su deseo. Hasta que, como en sueños, sintió el freno de un automóvil y, poco después, la voz de su marido, llamándola.

Se incorporó de un salto, espantada; su miedo contagió al niño cuyos ojos se impregnaron de susto. Vio la ropa desordenada de Alfonso, las marcas de carmín en su boca. “Anda a lavarte”, le ordenó, de prisa, señalando, y el niño asintió y corrió al baño.

Ella salió de la habitación mareada y, poco menos que a tropezones, cruzó el saloncito que daba al jardín. Fue a encerrarse en el baño de visitas. Estaba desfalleciente, como si hubiera corrido. Mirándose en el espejo, le sobrevino un ataque de risa histérica que sofocó tapándose la boca. “Insensata, loca”, se insultó, mientras se mojaba la cara con agua fría. Luego, se sentó en el bidé y soltó la regadera, largo rato. Se sometió a un aseo minucioso y compuso sus ropas y sus facciones y permaneció allí hasta sentirse de nuevo totalmente serena, dueña de su cara y de sus gestos. Cuando salió a saludar a su marido, estaba fresca y risueña como si nada anormal le hubiera sucedido. Pero, aunque don Rigoberto la notó tan cariñosa y solicita como todos los días, desbordante de mimos y atenciones, y escuchó sus anécdotas de la jornada con el interés de siempre, había en doña Lucrecia un escondido malestar que no la abandonó un instante, una desazón que, de tanto en tanto, le producía un escalofrío y le ahuecaba el vientre.

El niño cenó con ellos. Estuvo discreto y formalito, igual que de costumbre. Con risa saltarina celebró los chistes de su padre y le pidió incluso que les contara otros, “esos chistes negros papá, esos que son algo cochinos”. Cuando sus ojos se cruzaban con los de él, doña Lucrecia se admiraba de no encontrar en esa mirada despejada, azul pálido, ni la sombra de una nube, el más mínimo brillo de picardía o de complicidad.