Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme

lunes, 25 de agosto de 2014

EL CASO CURLEY. Henry Miller


Casi daba vergüenza lo que Curley le obligaba a hacer. Se complacía humillándola. Apenas podía yo censurárselo, pues era una tía increíblemente estirada y gazmoña, cuando iba vestida con su ropa de salir. Casi hubiera uno jurado que no tenía coño, por la forma como se comportaba en la calle. Naturalmente, cuando él estaba a solas con ella, le hacía pagar sus modales presuntuosos. Lo hacía a sangre fría. «¡Sácala!», decía abriéndose un poco la bragueta. «¡Sácala con la lengua!» (Se la tenía jurada a toda la pandilla, porque, según decía, se lo mamaban una a la otra a su espalda.) El caso es que, una vez que sentía su sabor en la boca, se podía hacer con ella lo que se quisiera. A veces la hacía ponerse sobre las manos y la empujaba así por toda la habitación, como una carretilla. O bien lo hacía como los perros, y, mientras ella gemía y se retorcía, él encendía un cigarrillo, indiferente, y le echaba el humo entre las piernas.
     En cierta ocasión le jugó una mala pasada haciéndolo de ese modo. La había magreado hasta tal punto, que ella estaba fuera de sí. El caso es que, después de casi haberle sacado brillo al culo a fuerza de barrenarla por detrás, se retiró por un segundo, como para refrescarse la picha, y entonces, muy lenta y suavemente, le introdujo una zanahoria gorda y larga por el chocho. «Esto, señorita Abercrombie», dijo, «es una especie de doble de mi picha normal», y acto seguido se separó y se subió los pantalones. La prima Abercrombie había quedado tan pasmada ante todo aquello, que se tiró un pedo tremendo y la zanahoria salió disparada. Al menos, así fue como lo contó Curley. Indudablemente, era un mentiroso rematado, y puede que no haya ni pizca de verdad en el relato, pero no se puede negar que tenía una habilidad especial para esa clase de bromas. Por lo que se refiere a la señorita Abercrombie y sus modales elegantes, pues... con un coño así siempre se puede imaginar lo peor.

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 227

viernes, 22 de agosto de 2014

EL COMUNISMO. Samuel Beckett


Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóvil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos... Marx... capital... bistec... amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, dijo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme la perrera. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil —Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis vuestro tributo. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros sobresueldos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metí en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general la esquina era tranquila, animada sin ser bulliciosa, próspera y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizás escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.

— Samuel Beckett, Relatos. Tradu. Félix de Azúa, Ana María Moix y Jenaro Talens. Tusquets: México, 2009., pp. 75-76

lunes, 18 de agosto de 2014

ESTO ES AMÉRICA. Henry Miller



De repente, la siento llegar. Vuelvo la cabeza. Sí, ahí viene de frente, con las alas desplegadas y los ojos brillantes. Ahora veo por primera vez qué tipo tiene. Avanza como un ave, un ave humana envuelta en una gran piel suave. El motor va a todo vapor: siento ganas de gritar, de dar un bocinazo que haga aguzar el oído al mundo entero. ¡Qué manera de andar! No es una manera de andar, sino de deslizarse. Alta, majestuosa, llenita, dueña de sí misma, corta el humo y el jazz y el resplandor de la luz roja como la reina madre de todas las lúbricas putas de Babilonia. En la esquina de Broadway, justo enfrente del urinario, está sucediendo esto. Broadway: es su reino. Esto es Broadway, esto es Nueva York, esto es América. Ella es América a pie, alada y sexuada. Es el lubet, la abominación y la sublimación... con una pizca de ácido clorhídrico, nitroglicerina, láudano y ónice en polvo. Opulencia tiene, y magnificencia: es América, buena o mala, y el océano a cada lado. Por primera vez en mi vida el continente entero me acierta de lleno, me acierta entre los ojos. Esto es América, con búfalos o sin ellos. América la rueda de esmeril de la esperanza y la desilusión. Lo que quiera que hiciese a América la hizo a ella, hueso, sangre, músculo, globo del ojo, andares, ritmo, aplomo, confianza, descaro y tripas vacías. Está casi encima de mí, con la cara llena brillando como el calcio. La gran piel suave se le desliza del hombro. No lo nota. No parece importarle que se le caiga la ropa. Le importa tres cojones todo. Es América avanzando como la raya de un rayo hacia el almacén de cristal de la histeria de sangre roja, América, con piel o sin ella, con zapatos o sin ellos. América a cobro revertido. ¡Y largaos, cabrones, antes de que os peguemos un tiro! Lo siento en las entrañas, estoy temblando. Algo viene hacia mí y no hay modo de esquivarlo. Viene ella de cabeza, por la ventana de cristal. Si por lo menos se detuviera por un segundo, si al menos me dejase ser un momento. Pero no, ni un momento me concede. Veloz, despiadada, arrogante, como el Destino mismo está sobre mí, una espada que me traspasa de parte a parte...
     Me lleva de la mano, la aprieta. Camino a su lado sin miedo. Dentro de mí centellean las estrellas; dentro de mí, una gran bóveda azul donde hace un momento batían los motores furiosamente.
     Se puede esperar toda una vida por un momento así. La mujer que esperabas conocer está ahora sentada enfrente de ti, y habla y tiene el mismo aspecto exactamente que la persona con quien soñabas. Pero lo más extraño de todo es que nunca antes te habías dado cuenta de que habías soñado con ella. Todo tu pasado es como haber estado durmiendo durante mucho tiempo y no lo habrías recordado, si no hubieras soñado. Y también el sueño podría haber quedado olvidado, si no hubiese habido memoria, pero el recuerdo está ahí, en la sangre, y la sangre es como un océano en que todo se ve arrastrado, salvo lo que es nuevo y más sustancial incluso que la vida: LA REALIDAD.
     Estamos sentados en un pequeño compartimento del restaurante chino de la acera de enfrente. Por el rabillo del ojo capto el parpadeo de las letras iluminadas que suben y bajan en el cielo. Sigue hablando de Henriette, o quizá sea de sí misma de quien habla. Su gorrito negro, su bolso y la piel están junto a ella sobre una silla. Cada pocos minutos enciende un nuevo cigarrillo que arde mientras habla. No hay principio ni fin; sale a chorros de ella como una llama y consume todo lo que esté al alcance. No hay modo de saber cómo o dónde empezó. De repente, se encuentra en medio de un largo relato, uno nuevo, pero siempre es el mismo. Su charla es tan informe como un sueño: no hay surcos, ni paredes, ni salidas, ni paradas. Tengo la sensación de sumergirme en una profunda red de palabras, de gatear penosamente para volver a la boca de la red, de mirarle a los ojos e intentar encontrar en ellos algún reflejo del significado de sus palabras... pero no logro encontrar nada, nada excepto mi imagen tambaleándose en un pozo sin fondo. Aunque no habla de otra cosa que de sí misma, no consigo formarme la menor imagen de su ser. Se inclina hacia adelante, con los codos en la mesa, y sus palabras me inundan; ola tras ola rodando sobre mí y, sin embargo, nada se forma en mi interior, nada que pueda captar con la mente. Me está hablando de su padre, de la extraña vida que llevaron en el borde del Sharwood Forest, donde nació, o por lo menos estaba hablándome de eso, pero ahora es de Henriette otra vez de quien habla, ¿o es de Dostoyevski? no estoy seguro—, pero el caso es que de repente comprendo que ya no está hablando de ninguna de esas cosas, sino de un hombre que la llevó a su casa una noche y, cuando estaban en el porche dándose las buenas noches, de pronto él se agachó y le levantó la falda. Se detiene un momento como para asegurarme que de eso es de lo que se propone hablar. La miro perplejo. No puedo imaginar por qué ruta hemos llegado a este punto. ¿Qué hombre? ¿Qué le había estado diciendo él? Le dejo proseguir, pensando que volverá a referirse a eso, pero no, ha vuelto a dejarme atrás y ahora parece ser que el hombre, ese hombre, ya está muerto; un suicidio, y ella está intentando hacerme entender que fue un golpe terrible para ella, pero lo que en realidad parece dar a entender es que está orgullosa de haber conducido a un hombre hasta el suicidio. No puedo imaginar al hombre muerto; sólo puedo imaginarlo en el porche levantándole la falda, un hombre sin nombre, pero vivo y perpetuamente inmóvil en el acto de agacharse para alzarle la falda. Hay otro hombre, que era su padre, y lo veo con una fila de caballos de carreras, o a veces en una pequeña posada en las afueras de Viena; más que nada, lo veo en el techo de la posada haciendo volar cometas para pasar el tiempo. Y entre ese hombre que era su padre y el hombre del que estaba locamente enamorada no puedo hacer distinción. Es alguien en su vida de quien prefiero no hablar, pero aun así vuelve a referirse a él todo el tiempo, y, aunque no estoy seguro de que no fuera el hombre que le levantó la falda, tampoco estoy seguro de que no fuese el hombre que se suicidó. Quizá fuera el hombre del que empezó a hablar cuando nos sentamos a comer. Recuerdo ahora que, cuando nos sentamos, empezó a hablar bastante febrilmente de un hombre al que acababa de ver entrar en la cafetería. Incluso mencionó su nombre, pero lo olvidé al instante. Pero recuerdo que dijo haber vivido con él y que él había hecho algo que no le había gustado —no dijo qué—, así que lo había abandonado, lo había dejado sin más ni más, sin una palabra de explicación. Y entonces, justo cuando estábamos entrando en el restaurante chino, se habían encontrado cara a cara y ella estaba todavía temblando a consecuencia de ello, cuando nos sentamos en el pequeño compartimento... Por un largo momento siento el mayor desasosiego. ¡Quizá fueran mentiras todas las palabras que pronunciaba! No mentiras corrientes, no, algo peor, algo indescriptible. Sólo en ocasiones sale también la verdad así, sobre todo si piensas que no vas a volver a ver nunca a la persona con la que estás hablando. A veces puedes decir a un perfecto extraño lo que nunca te atreves a revelar a tu amigo más íntimo. Es como quedarse dormido en medio de una fiesta; te llegas a interesar tanto por ti mismo, que te quedas dormido. Cuando estás profundamente dormido, empiezas a hablar con alguien, alguien que ha estado contigo en la misma habitación todo el tiempo y, por tanto, entiende todo, aunque empieces en el medio de una frase. Y quizás esa otra persona se quede dormida también, o haya estado dormida siempre, y por eso es por lo que ha sido tan fácil encontrarla, y, si no dice nada que te perturbe, entonces sabes que lo que estás diciendo es real y cierto y que estás completamente despierto y no hay otra realidad que el hecho de estar durmiendo estando completamente despierto. Nunca en mi vida he estado tan completamente despierto y tan profundamente dormido al mismo tiempo. Si el ogro de mis sueños hubiera roto realmente los barrotes y me hubiese cogido de la mano, me habría muerto de miedo y, por consiguiente, ahora estaría muerto, es decir, dormido para siempre y, por tanto, siempre en libertad, y nada sería ya extraño ni incierto, aun cuando lo que ocurrió no hubiera sucedido. Lo que ocurrió debió de suceder hace mucho tiempo, por la noche indudablemente. Y lo que ahora está ocurriendo está sucediendo también hace tiempo, y no es más cierto que el sueño del ogro y los barrotes que no cedían, excepto que ahora los barrotes están rotos y aquella a la que temía me tiene cogido de la mano y no hay diferencia entre lo que temía y lo que es, porque estaba dormido y ahora estoy durmiendo completamente despierto y ya no hay nada que temer, ni que esperar, sino sólo esto que es y que no tiene fin.
     Quiere irse. Irse... Otra vez su cadera, ese deslizarse escurridizo como cuando bajó del baile y se acercó a mí. Otra vez sus palabras: «De repente, sin razón alguna, se agachó y me levantó la falda.» Se está echando la piel en torno al cuello; el gorrito negro hace resaltar su cara como un camafeo. La cara redonda, llena, con mejillas eslavas. ¿Cómo pude soñar esto, sin haberlo visto nunca? ¿Cómo pude saber que se alzaría así, cerca y plena, con la cara blanca, llena y lozana como una magnolia? Tiemblo cuando la plenitud de su muslo me roza. Parece incluso un poco más alta que yo, aunque no lo es. Es por la forma como alza la barbilla. No nota por dónde camina. Camina sobre las cosas, sin mirar, con los ojos completamente abiertos y mirando al vacío. Sin pasado, sin futuro. Hasta el presente parece dudoso. El yo parece haberla abandonado, y el cuerpo se alza hacia adelante, con el cuello lleno y alto, blanco como la cera, lleno como la cara. Sigue hablando en esa voz baja y ronca. Sin principio, sin fin. No soy consciente ni del tiempo ni del paso del tiempo, sino sólo de la intemporalidad. Tiene la pequeña matriz de la garganta conectada con la gran matriz de la pelvis. El taxi está junto a la acera y todavía está mascando la paja cosmológica del yo exterior. Tomo el tubo acústico y conecto con el doble útero. ¡Hola, hola! ¿Estás ahí? ¡Vamos! Sigamos: taxis, barcos, trenes, lanchas con motor; playas, chinches, carreteras, desvíos, ruinas, reliquias; viejo mundo, nuevo mundo, muelle, espigón; el alto fórceps; el trapecio oscilante, la zanja, el delta, los caimanes, los cocodrilos, charla, charla; y más charla, después calles otra vez y más polvo en los ojos, más arcoiris, más aguaceros, más desayunos, más cremas, más lociones. Y cuando hayamos atravesado todas las calles y sólo quede el polvo de nuestros pies frenéticos, todavía quedará el recuerdo de tu ancha cara llena, tan blanca, y la gruesa boca con frescos labios entreabiertos, los dientes blancos como la tiza y todos ellos perfectos, y en ese recuerdo nada puede cambiar en modo alguno, porque esto, como tus dientes, es perfecto... 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 430-436

viernes, 15 de agosto de 2014

ALAS BAJO LA CHAQUETA. Henry Miller


Siempre que intento explicarme a mí mismo la pauta peculiar que mi vida ha adoptado, cuando me remonto hasta la causa primera, por decirlo así, pienso inevitablemente en la primera muchacha a la que amé. Me parece que todo data de aquel amor abortado. Fue un amor extraño y masoquista, ridículo y trágico al mismo tiempo. Quizá conociera el placer de besarla dos o tres veces, el tipo de beso que reserva uno para una diosa. Tal vez la viese sólo varias veces. Desde luego, nunca habría podido imaginarse que durante un año pasé por delante de su casa todas las noches con la esperanza de vislumbrarla en la ventana. Todas las noches después de cenar me levantaba de la mesa y recorría el largo camino que conducía a su casa.
     Nunca estaba en la ventana, cuando yo pasaba, y nunca tuve el valor de quedarme parado delante de la casa y esperar. Iba y venía, para arriba y para abajo, pero nunca le vi ni un cabello. ¿Por qué no le escribí? ¿Por qué no le telefoneé? Recuerdo que en cierta ocasión hice acopio del suficiente valor para invitarla al teatro. Llegué a su casa con un ramo de violetas, la primera y única vez que he llevado flores a una mujer.
     Cuando salíamos del teatro, las violetas se le cayeron de la blusa, y en mi confusión las pisé. Le pedí que las dejara allí, pero insistió en recogerlas. Estaba pensando en lo torpe que yo era: hasta mucho después no recordé la sonrisa que me dirigió, cuando se agachó a recoger las violetas.
     Fue un completo fracaso. Al final, escapé. En realidad, huía de otra mujer, pero el día antes de abandonar la ciudad decidí ir a verla una vez más. Era por la tarde y salió a hablar conmigo en la calle, en el pequeño patio de entrada rodeado por una cerca. Ya estaba prometida a otro hombre; fingió que se sentía feliz por eso, pero, aun ciego y todo como estaba, pude ver que no estaba tan feliz como aparentaba. Con sólo que yo hubiera dicho la palabra, estoy seguro de que habría dejado al otro; hasta puede que se hubiera venido conmigo. Preferí castigarme. Dije adiós como si tal cosa y me fui calle abajo como un muerto. A la mañana siguiente salía con destino al oeste, decidido a emprender una nueva vida.
     También la nueva vida fue un fracaso. Acabé en un rancho de Chula Vista, el hombre más desdichado que haya pisado la tierra. Por un lado, la muchacha a la que amaba y, por otro, la otra mujer, por la que sentía profunda compasión. Había estado viviendo dos años con ella, con aquella otra mujer, pero parecía toda una vida. Yo tenía veintiún años y ella reconocía tener treinta y seis. Siempre que la miraba, me decía: cuando yo tenga cuarenta años, ella tendrá cincuenta y cinco; cuando yo tenga cincuenta años, ella tendrá sesenta y cinco. Tenía finas arrugas bajo los ojos, arrugas sonrientes, pero arrugas de todos modos. Cuando la besaba, aumentaban doce veces. Reía con facilidad, pero tenía ojos tristes, terriblemente tristes. Eran ojos armenios. Su cabello, que en tiempos había sido rojo, era ahora de un rubio oxigenado. Por lo demás, era adorable: un cuerpo de venus, un alma de venus, leal, encantadora, agradecida, todo lo que debe ser una mujer, sólo que tenía quince años más que yo. Los quince años de diferencia me volvían loco. Cuando salía con ella, sólo pensaba: ¿cómo será dentro de diez años? O bien, ¿qué edad aparenta ahora? ¿Parezco suficientemente mayor para ella? Una vez que llegábamos a la casa, no había problema. Al subir las escaleras, le metía los dedos por la entrepierna, lo que le hacía relinchar como un caballo. Si su hijo, que era casi de mi edad, estaba acostado, cerrábamos las puertas y nos encerrábamos en la cocina. Ella se tumbaba en la estrecha mesa de cocina y yo se la clavaba. Era maravilloso. Y lo que lo volvía más maravilloso todavía era que a cada sesión me decía para mis adentros: Esta es la última vez... ¡mañana me largo! Y después, como ella era la portera, bajaba al sótano y sacaba por ella los cubos de la basura. Por la mañana, cuando el hijo se había ido al trabajo, yo subía a la azotea y oreaba la ropa de cama. Tanto ella como el hijo tenían tuberculosis... A veces no había sesión en la mesa. A veces el carácter irremediable de todo aquello se me subía a la garganta y me vestía y me iba a dar una vuelta. Una vez que otra me olvidaba de volver. Y cuando lo hacía, me sentía más desdichado que nunca, porque sabía que me estaría esperando con aquellos grandes ojos desconsolados.
     Volvía con ella como un hombre que tuviera que cumplir una misión sagrada. Me tumbaba en la cama y le dejaba acariciarme; le estudiaba las arrugas bajo los ojos y las raíces del pelo que se estaban volviendo rojas. Estando así tumbado, muchas veces pensaba en la otra, aquella a la que amaba, me preguntaba si estaría también tumbada para el asunto o... ¡Daba aquellos largos paseos trescientos sesenta y cinco días al año! Los repasaba en la mente acostado junto a la otra mujer. ¡Cuántas veces he revivido aquellos paseos desde entonces! Las calles más deprimentes, más desoladas, más feas que el hombre haya creado. Revivo con angustia aquellos paseos, aquellas casas, aquellas primeras esperanzas destruidas. La ventana está ahí, pero Melisenda no; también está ahí el jardín, pero no hay resplandor de oro.
Paso y vuelvo a pasar, la ventana siempre está vacía. El lucero de la tarde cuelga a poca altura; aparece Tristán, después Fidelio, y después Oberón. El perro de cabeza de hidra ladra con todas sus bocas y, aunque no hay ciénagas, oigo croar a las ranas por todos lados. Las mismas casas, los mismos tranvías, todo lo mismo. Está escondida tras la cortina, está esperando a que yo pase, está haciendo esto o lo otro... pero no está ahí, nunca, nunca, nunca. ¿Es una ópera grandiosa o es un organillo lo que suena? Es Ameto rompiéndose el pulmón de oro; es el Rubaiyat, es el Monte Everest, es una noche sin luna, es un sollozo al amanecer, es un muchacho que aparenta, es el Gato con Botas, es Mauna Loa, es zorro o astracán, es insustancial e intemporal, es inacabable y empieza una y mil veces, bajo el corazón, en el fondo de la garganta, en las plantas de los pies, y por qué no una vez, una sola vez, por el amor de Dios, una simple sombra o un crujido de la cortina, o el aliento en el cristal de la ventana, algo por una vez, aunque sólo sea una mentira, algo que acabe con el dolor, que detenga este ir y venir... De regreso. Las mismas casas, los mismos faroles, todo lo mismo. Paso de largo por delante de mi casa, del cementerio, paso por delante de los depósitos de gas, de las cocheras, del embalse, hasta llegar al campo abierto. Me siento junto a la carretera con la cabeza en las manos y sollozo. Pobre tío que soy, no puedo contraer bastante el corazón para reventar las venas. Me gustaría ahogarme de dolor pero, en lugar de eso, doy a luz a una roca.
     Mientras tanto, la otra está esperando. Vuelvo a verla sentada en el porche bajo esperándome, con sus grandes y dolorosos ojos, su pálido rostro y temblando de anhelo. Siempre pensé que era compasión lo que me hacía volver, pero ahora, al caminar hacia ella y verle la mirada en los ojos, ya no sé lo que es, sólo que iremos dentro y nos tumbaremos juntos y ella se levantará medio llorando, medio riendo, y se quedará muy callada y me mirará, estudiándome mientras me muevo de un lado para otro, y sin preguntarme qué es lo que me tortura, nunca, nunca, porque ésa es la única cosa que teme, la única cosa que tiene miedo a conocer. ¡No te amo! ¿Es que no me oye gritarlo? ¡No te amo! Una y mil veces lo grito, con los labios cerrados, con odio en el corazón, con desesperación, con rabia impotente. Pero las palabras nunca salen de mis labios. La miro y me quedo mudo. No puedo hacerlo... Tiempo, tiempo, tiempo inacabable en nuestras manos y nada con que llenarlo salvo mentiras.
     En fin, no quiero relatar toda mi vida hasta aquel momento fatal: es demasiado largo y doloroso. Además, ¿condujo realmente mi vida hasta aquel momento culminante? Lo dudo. Creo que hubo innumerables momentos en que tuve la oportunidad de empezar de nuevo, pero carecí de fuerza y de fe. La noche a que me refiero me abandoné a mí mismo: salí derecho de la antigua vida y entré en la nueva. No necesité hacer el menor esfuerzo. Tenía treinta años entonces. Tenía una esposa y una hija y lo que se llama una posición «responsable». Esos son los hechos y los hechos no significan nada. La verdad es que mi deseo era tan grande, que se convirtió en realidad. En un momento así lo que hace un hombre no tiene demasiada importancia, lo que cuenta es lo que es. Esto es precisamente lo que me ocurrió: me convertí en un ángel. No es la pureza de un ángel lo que es tan valioso, es el hecho de que pueda volar. Un ángel puede romper la pauta en cualquier punto y en cualquier momento y encontrar su cielo; tiene poder para descender hasta la materia más baja y para salir de ella cuando quiera. La noche a que me refiero lo entendí perfectamente. Era puro e inhumano, era independiente, tenía alas. Estaba desposeído del pasado y no me preocupaba el futuro. Estaba más allá del éxtasis. Cuando abandoné la oficina, plegué mis alas y las escondí bajo la chaqueta. 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 422-427

lunes, 11 de agosto de 2014

RESPONDO POR UN POETA DESCUARTIZADO. Efraín Huerta


Claro está que murió —como deben morir los poetas,
maldiciendo, blasfemando, mentando madres,
viendo apariciones, cobijado por las pesadillas.
Claro que así murió y su muerte resuena en las malditas
habitaciones donde perros, orgías, vino griego, prostitutas
francesas, donceles y príncipes se rinden
y le besan los benditos pies;
porque todo en él era bendito como el mármol de La Piedad
y el agua de los lagos, el agua de los ríos y los ríos de alcohol
bebidos a pleno pulmón,
así deben beber los poetas: Hasta lo infinito, hasta la negra
noche y las agrias albas
y las ceremonias civiles y las plumas heridas del artículo
a que te obligan,
la crónica que nunca hubieras querido escribir
y los poemas rubíes, los poemas diamantes,
los poemas huesolabrado, los poemas
floridos, los poemas toros, los poemas posesión, los poemas
rubenes, los poemas danos, los poemas madres,
los poemas padres, tus poemas...

Y así le besaban los pies, la planta del pie que recorrió
los cielos y tropezó mil y un infiernos
al sonido siringa de los ángeles locos y los demonios
trasegando absintio
(El chorro de agua de Verlaine estaba mudo), ante el azoro
y la soberbia estupidez de los cónsules y los dictadores,
la chirlería envidiosa y la espesa idiotez de las gallinas
municipales.
Maldiciendo, claro, porque en la agonía estaba en su derecho
y porque qué jodidos (¡Jure, jodido!,
dijo Rubén al niño triste que oyó su testamento), ¿por qué
no morir de alcoholes de todo el mundo si todo el mundo es
alcohol y la llama lírica es la mirada de un niño con la cara
de un lirio?
Resollaba y gemía como un coloso crisoelefantino
hecho de luces y tiniebla, pulido por el aire de los Andes,
la neblina de los puertos, el ahogo de Nueva York,
la palabra española, el duelo de Machado, Europa
sin su pan.
Rugía impuramente como deben rugir todos los poetas
que mueren (¡Qué horror, mi cuerpo
destrozado!)
y los médicos: Aquí hay pus, aquí hay pus —y nunca
le hallaron nada sino dolor en la piel
limpios los riñones heroicos, limpio el hígado, limpio
y soberbio el corazón
y limpiamente formidable el cerebro que nunca se detuvo,
como un sol escarlata, como un sol de esmeraldas, como
la mansión de los dioses, como el penacho de un
emperador azteca, de un emperador inca, de un guerrero
taíno;
cerebro de un amante embriagado a la orilla de un dulcísimo
cuerpo, ay, de mieles y nardos
(su peso: mil ochocientos cincuenta gramos: tonelaje de poeta
divino, anchura de navío),
el cerebro donde estallaron los veintiún cañonazos
de la fortaleza de Acosasco
y que luego...

Claramente, turbiamente hablando, hubo necesidad
de destrozarlo, enteramente destazarlo como a una fiera
selvática, como al toro americano
porque fue mucho hombre, mucho poeta, mucho vida,
muchísimo universo
necesariamente sus vísceras tenían que ser universales,
polvo a los cuatro vientos, circunvoluciones repletas
de piedad, henchidas de amor y de ternura.
Aquí el hígado y allá los riñones.
¡Dame el corazón de Rubén! Y el cerebro peleado, de garra
en garra como un puñado de perlas.
Aquel cerebro (¡salud!) que contó hechicerías y fue sacado
a la luz antes del alba;
y por él disputaron y por él hubo sangre en las calles
y la policía dijo, chilló, bramó:
¡A la cárcel! Y el cerebro de Rubén Darío —mil ochocientos
cincuenta gramos— fue a dar a la cárcel
y fue el primer cerebro encarcelado, el primer cerebro entre
rejas, el primer cerebro en una celda,
la primera rosa blanca encarcelada, el primer cisne degollado.

Lo veo y no lo creo: ardido por esa leña verde,
por esa agonía de pirámide arrasada,
el poeta que todo lo amó
cubría su pecho con el crucifijo, el crucifijo, el suave crucifijo,
el Cristo de marfil que otro poeta agónico le regalara
—Amado Nervo—
y me parece oír cómo los dientes le quemaban y de qué
manera se mordía la lengua y la piel se le ponía violácea
nada más porque empezaba a morir,
nada más porque empezaba a santificarnos con su muerte y
su delirio, sus blasfemias, sus maldiciones, su testamento,
y nada más porque su cerebro tuvo que andar de garra
en mano y de mano en garra
hasta parecer el ala de un ángel,
la solar sonrisa de un efebo,
la sombra de recinto de todos los poetas vivos,
de todos los poetas agonizantes,
de todos los poetas.

19 de enero de 1967

— Efraín Huerta, Antología poética; pról. y selec. de Carlos Montemayor. México: FCE, 2006., pp. 96-9

viernes, 8 de agosto de 2014

MANOS EXTENDIDAS. Roberto Bolaño


La seguí con las manos extendidas, como un ciego. De pronto tropecé con algo. Era la cama de María. La oí ordenarme que me acostara, luego la vi deshacer el camino (la casita de las Font es Verdaderamente grande) y cerrar sin ruido la puerta que había quedado semiabierta. No la oí regresar. La oscuridad entonces era total, aunque tras unos instantes, yo estaba sentado en el borde de la cama, no acostado como me había ordenado, distinguí el contorno de la ventana a través de las enormes cortinas de lino. Después sentí que alguien se metía en la cama y se estiraba y después, pero no sé cuánto tiempo pasó, sentí que esa persona se levantaba apenas, probablemente reclinada sobre un codo, y me jalaba hacia sí. Por el aliento supe que estaba a pocos milímetros del rostro de María. Sus dedos recorrieron mi cara, desde la barbilla hasta los ojos, cerrándolos, como invitándome a dormir, su mano, una mano huesuda, me bajó la cremallera de los pantalones y buscó mi verga; no sé por qué, tal vez debido a lo nervioso que estaba, afirmé que no tenía sueño. Ya lo sé, dijo María, yo tampoco. Luego todo se convirtió en una sucesión de hechos concretos o de nombres propios o de verbos, o de capítulos de un manual de anatomía deshojado como una flor, interrelacionados caóticamente entre sí. Exploré el cuerpo desnudo de María, el glorioso cuerpo desnudo de María en un silencio contenido, aunque de buena gana hubiera gritado, celebrando cada rincón, cada espacio terso e interminable que encontraba. María, menos recatada que yo, al cabo de poco comenzó a gemir y sus maniobras, inicialmente tímidas o mesuradas, fueron haciéndose más abiertas (no encuentro de momento otra palabra), guiando mi mano hacia los lugares que ésta, por ignorancia o por despreocupación, no llegaba. Así fue como supe, en menos de diez minutos, dónde estaba el clítoris de una mujer y cómo había que masajearlo o mimarlo o presionarlo, siempre, eso sí, dentro de los límites de la dulzura, límites que María, por otra parte, transgredía constantemente, pues mi verga, bien tratada en los primeros envites, pronto comenzó a ser martirizada entre sus manos; manos que en algunos momentos me supieron en la oscuridad y entre el revoltijo de sábanas a garras de halcón o halcona tironeando con tanta fuerza que temí quisiera arrancármela de cuajo y en otros momentos a enanos chinos (¡los dedos eran los pinches chinos!) investigando y midiendo los espacios y los conductos que comunicaban mis testículos con la verga y entre sí. Después (pero antes me había bajado los pantalones hasta las rodillas) me monté encima de ella y se lo metí. 
     —No te vengas dentro —dijo María.  
     —Lo intentaré —dije yo. 
      —¿Cómo que lo intentarás, cabrón? ¡No te vengas dentro! 
     Miré a ambos lados de la cama mientras las piernas de María se anudaban y desanudaban sobre mi espalda (hubiera querido seguir así hasta morirme). A lo lejos discerní la sombra de la cama de Angélica y la curva de las caderas de Angélica, como una isla contemplada desde otra isla. De improviso sentí que los labios de María succionaban mi tetilla izquierda, casi como si me mordiera el corazón. Di un salto y se lo metí todo de un envión, con ganas de clavarla en la cama (los muelles de ésta comenzaron a crujir espantosamente y me detuve), al tiempo que le besaba el pelo y la frente con la máxima delicadeza y aún me sobraba tiempo para cavilar cómo era posible que Angélica no se despertara con el ruido que estábamos haciendo. Ni noté cuando me vine. Por supuesto, alcancé a sacarla, siempre he tenido buenos reflejos.  
     —¿No te habrás venido dentro? —dijo María. 
     Le juré al oído que no. Durante unos segundos estuvimos ocupados respirando. Le pregunté si ella había tenido un orgasmo y su respuesta me dejó perplejo:  
     —Me he venido dos veces, García Madero, ¿no te has dado cuenta? — preguntó con toda la seriedad del mundo. 
     Dije sinceramente que no, que no me había dado cuenta de nada.  
     —Todavía la tienes dura —dijo María.  
     —Parece que sí —dije yo—. ¿Te la puedo meter otra vez?  
     —Bueno —dijo ella. 
     No sé cuánto tiempo pasó. Otra vez me corrí fuera. Esta vez no pude ahogar mis gemidos.  
     —Ahora mastúrbame —dijo María.  
     —¿No has tenido ningún orgasmo?  
     —No, esta vez no he tenido ninguno, pero me lo he pasado bien. —Me cogió la mano, seleccionó el índice y me lo guió alrededor de su clítoris—. Bésame los pezones, también puedes morderlos, pero al principio muy despacio —dijo—. Luego muérdelos un poco más fuerte. Y con la mano cógeme del cuello. Acaricíame la cara. Méteme los dedos en la boca. 
     —¿No prefieres que te... chupe el clítoris? —dije en un intento vano de encontrar las palabras más elegantes. 
     —No, por ahora no, con el dedo basta. Pero bésame las tetas. 
     —Tienes unos senos riquísimos. —Fui incapaz de repetir la palabra tetas.
     Me desnudé sin salir de debajo de las sábanas (de improviso me había puesto a sudar) y acto seguido procedí a ejecutar las instrucciones de María. Sus suspiros primero y sus gemidos después me la volvieron a empalmar. Ella se dio cuenta y con una mano me acarició la verga hasta que ya no pudo más. 
     —¿Qué te pasa, María? —le susurré al oído temeroso de haberle hecho daño en la garganta (aprieta, susurraba ella, aprieta) o de haberle mordido demasiado fuerte un pezón. 
     —Sigue, García Madero —sonrió María en la oscuridad y me besó. 
     Cuando terminamos me dijo que se había venido más de cinco veces. A mí, la verdad, me costaba hacerme a la idea, que estimaba fantástica, pero cuando me dio su palabra no tuve más remedio que creerla. 

— Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 2008. pp. 63-65

lunes, 4 de agosto de 2014

LA EDUCACIÓN. Ernesto Sabato


Es urgente encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla. ¡Lo que podría ser la enseñanza si en lugar de inyectar una cantidad de informaciones que nunca nadie ha retenido, se la vinculara con la lucha de las especies, con la urgente necesidad de cuidar los mares y los océanos!
     Hay que advertirles a los chicos del peligro planetario y de las atrocidades que las guerras han provocado en los pueblos. Es importante que se sientan parte de una historia a través de la cual los seres humanos han hecho grandes esfuerzos y también han cometido tremendos errores. La búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación. Por eso es grave que los niños pasen horas atontados delante de la televisión, asimilando todo tipo de violencias; o dedicados a esos juegos que premian la destrucción. El niño puede aprender a valorar lo que es bueno y no caer en lo que le es inducido por el ambiente y los medios de comunicación. No podemos seguir leyéndole a los niños cuentos de gallinas y pollitos cuando tenemos a esas aves sometidas al peor suplicio. No podemos engañarlos en lo que refiere a la irracionalidad del consumo, a la injusticia social, a la miseria evitable, y a la violencia que existe en las ciudades y entre las diferentes culturas. Con poco que se les explique, los niños comprenderán que se vive un grave pecado de despilfarro en el mundo.
     Gandhi llama a la formación espiritual, la educación del corazón, el despertar del alma, y es crucial que comprendamos que la primera huella que la escuela y la televisión imprimen en el alma del chico es la competencia, la victoria sobre sus compañeros, y el más enfático individualismo, ser el primero, el ganador. Creo que la educación que damos a los hijos procrea el mal porque lo enseña como bien: la piedra angular de nuestra educación se asienta sobre el individualismo y la competencia. Genera una gran confusión enseñarles cristianismo y competencia, individualismo y bien común, y darles largas peroratas sobre la solidaridad que se contradicen con la desenfrenada búsqueda del éxito individual para la cual se los prepara. Necesitamos escuelas que favorezcan el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condenen el feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes cuando dice que el hombre es el lobo del hombre. 

— Ernesto Sabato, La resistencia. 1ª ed. Seix Barral: México, 2002., pp. 78-81

lunes, 28 de julio de 2014

LA MILLONÉSIMA DIFERENCIAL. Milan Kundera


No está obsesionado por las mujeres, está obsesionado por lo que hay en cada una de ellas de inimaginable, en otras palabras, está obsesionado por esa millonésima diferencial que distingue a una mujer de las demás mujeres. (Posiblemente aquí conectaba su pasión de cirujano con su pasión de mujeriego. No soltaba el escalpelo ni cuando estaba con sus amantes. Deseaba apoderarse de algo que estaba en lo profundo de ellas y para lo cual era necesario hender su superficie.)
     Por supuesto podemos preguntarnos, con toda razón, por qué buscaba esa millonésima diferencial precisamente en el sexo. ¿Es que no podía encontrarla, por ejemplo, en la forma de andar, en los placeres culinarios o en las preferencias artísticas de tal o cual mujer?
     Por supuesto, la millonésima diferencial está presente en todos los campos de la vida humana, sólo que en todos los demás está a los ojos del público, no es necesario descubrirla, no hace falta el escalpelo. El que una mujer prefiera el queso a las tartas y otra no soporte la coliflor es también un síntoma de originalidad, pero esa originalidad nos convence inmediatamente de que es completamente superflua, inútil, y de que no tiene sentido dedicarle nuestra atención ni buscar en ella valor alguno.
     Únicamente en la sexualidad la millonésima diferencial aparece como algo extraordinario, porque no está al alcance del público y es necesario conquistarla. No hace más de medio siglo era necesario dedicar a semejante conquista mucho tiempo (¡semanas y hasta meses!), de modo que el período dedicado a la conquista era la medida del valor de lo conquistado. Y aún hoy, aunque la época de conquista se ha reducido enormemente, la sexualidad sigue siendo la caja de caudales en la que está oculto el secreto del yo de la mujer.
     De modo que no era el deseo de placer (el placer llegaba como un premio, por añadidura), sino el deseo de apoderarse del mundo (de hendir con el escalpelo el cuerpo yacente del mundo) lo que le hacía ir tras las mujeres. 

— Milan Kundera, La insoportable levedad del ser. Trad. Fernando Valenzuela. Tusquets: México, 2008., pp. 209-210 

viernes, 25 de julio de 2014

LA MUCHACHA DE PRAGA. Franz Kafka


En aquel tiempo vivíamos en la calle Zeltner. Justo enfrente había un negocio de confección, ante cuya puerta permanecía siempre una empleada. Arriba paseaba yo de un lado a otro, estudiando con los nervios en tensión el sinfín de cosas absurdas que constituían la materia del primer examen de Estado. Era verano, hacía mucho calor, prácticamente insoportable. Permanecí de pie en la ventana, con la antipática Historia del Derecho romano entre los dientes. Al final nos entendimos por señas. Tenía que recogerla a las ocho de la noche, pero cuando bajé a esa hora ya había otro, aunque este suceso no cambió mucho las cosas, yo tenía miedo de todo el mundo, por lo tanto también de aquel hombre. Si no hubiera estado allí, habría tenido igual miedo de él. La muchacha se colgó del brazo del desconocido, pero me hizo señas para que los siguiera.
     Llegamos a la isla Schützen, allí bebimos cerveza, yo en una mesa contigua, y luego nos fuimos lentamente, yo detrás, hasta la casa de la muchacha, en algún lugar cerca del mercado de la carne. El hombre se despidió y la muchacha entró en la casa. Esperé un rato hasta que regresó, y luego nos fuimos a un hotel de la Kleinseite. Ya ante el hotel todo fue excitante, seductor y repugnante. En el interior del hotel no fue distinto. Y cuando regresábamos por la mañana por el puente de Karl -todavía con calor y todo hermoso- me encontraba feliz, pero esa felicidad consistía exclusivamente en que mi cuerpo eternamente quejumbroso por fin había encontrado algo de tranquilidad; pero sobre todo consistía en que el encuentro no había sido todavía más repugnante ni más sucio. Estuve otra vez con la muchacha, creo que dos noches después, y todo fue tan bien como la primera vez, pero cuando después salí y sentí la frescura del verano, cuando jugué fuera un poco con una niña, no pude volver a ver a aquella dependienta en Praga...

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., pp. 54-55

lunes, 21 de julio de 2014

AFORISMO 86. Franz Kafka


Desde el pecado original somos esencialmente iguales en la capacidad de conocimiento del Bien y del Mal. Sin embargo, aquí buscamos precisamente nuestras ventajas. Pero sólo más allá de ese conocimiento comienzan las verdaderas distinciones. La apariencia contraria surge por lo siguiente: nadie puede quedar satisfecho con sólo el conocimiento, sino que tiene que aspirar a actuar conforme el conocimiento dicta. Para ello, sin embargo, no se le ha otorgado la fuerza necesaria, por lo que se tiene que destruir a sí mismo, incluso corriendo el peligro de no obtener la fuerza conveniente para hacerlo; aunque no le queda otra salida que este último intento. (Éste es también el sentido de la amenaza de muerte en la prohibición de comer del árbol del conocimiento; quizá sea también el sentido original de la muerte natural.)
     Ante dicho intento, se asusta. Prefiere anular el conocimiento del Bien y del Mal (la designación «pecado original» procede de ese miedo); pero lo ya ocurrido no puede ser anulado, sino sólo enturbiado. Para esta finalidad surgen las motivaciones. El mundo entero está lleno de ellas, incluso el mundo visible acaso no sea otra cosa que una motivación del ser humano anhelante de un instante de tranquilidad. Un intento de falsear el hecho del conocimiento, de hacer del conocimiento mismo una meta. 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 29

viernes, 18 de julio de 2014

REPULSIVO. Fiódor Dostoievski


Al fin llegó. Ya está aquí el conflicto con la realidad —farfullaba yo para mí mientras bajaba la escalera de cuatro en cuatro escalones—. Esta vez no se trata ya del viaje del Papa al Brasil ni de un baile a orillas del lago Como. «¡Soy un miserable! ¡Burlarme de eso en este momento!... Pero ¿qué importa, si ya está todo perdido?» Mis enemigos habían desaparecido sin dejar rastro, pero yo sabía perfectamente dónde los podía encontrar.
     Vi un trineo solitario, uno de esos trineos que hacen el servicio nocturno. El cochero llevaba una hopalanda de buriel espolvoreada de nieve fundida. La humedad era asfixiante. El caballejo era bayo, tenía el pelo erizado, estaba también cubierto de una capa de nieve y tosía. Lo recuerdo todo perfectamente. Corrí hacia el trineo, pero apenas puse el pie en el interior, recordé el desprecio con que Simonov me había entregado el dinero, y me sentí tan aniquilado, que caí como un saco en el fondo del trineo. «¡No será nada fácil lavar todo esto! —me dije—. Pero lo lavaré o moriré esta misma noche. ¡Adelante!» Nos pusimos en camino. Las ideas se arremolinaban locamente en mi cabeza. «Desde luego, no me pedirán de rodillas que les conceda mi amistad. Esto no es más que un espejismo, un espejismo estúpido, romántico, fantástico; es siempre el mismo baile junto al lago Como. Por consiguiente, estoy obligado a darle una bofetada a Zverkov. Sí, he de darle una bofetada.» —¡Más de prisa! ¡Más de prisa! El cochero tiró de las riendas. «Apenas llegue, lo abofeteo. ¿Debo decir algunas palabras a modo de prefacio de las bofetadas? No. Entro y lo abofeteo. Estarán todos reunidos en la sala, y Zverkov, sentado en el diván con Olimpia. ¡Maldita Olimpia!
     Un día se burló de mi cara e incluso se negó a seguirme. La cogeré del pelo y la arrastraré. Luego le tiraré de las orejas a Zverkov. No, será mejor atenazarlo por la punta de una oreja y obligarlo, a tirones, a dar la vuelta a la sala. Seguramente, todos se arrojarán sobre mí, me golpearán y me echarán a la calle. ¡Pero no importa! Habré sido yo el primero en pegar. Habrá sido mía la iniciativa, y, según las reglas del honor, con eso basta. Él quedará marcado, y para lavar ese oprobio no tendrá más medio que batirse conmigo. Se verá obligado a batirse. ¿Qué me importa que se arrojen sobre mí? Sí, ¿qué me importa? ¡Los muy ingratos! Los golpes de Trudoliubov serán durísimos: ¡es tan fuerte! Ferfitchkin me atacará a traición y me cogerá por los pelos, no me cabe duda. Pero no importa. Estoy decidido a todo. Sus cerebros de carnero no tendrán más remedio que comprender al fin el lado trágico de esta aventura. Cuando me arrastre hacia la puerta, les gritaré que valen menos que mi dedo meñique.» —¡Más de prisa, cochero! ¡Más de prisa!
     El cochero se sobresaltó y utilizó el látigo. Verdaderamente mi grito había tenido algo de salvaje. «¡Nos batiremos al despuntar el día! Es cosa resuelta. Perderé mi empleo. Pero ¿de dónde sacaré las pistolas? ¡Todo que fuera eso! Pediré un anticipo sobre mi sueldo y las compraré. ¿Y la pólvora? ¿Y las balas? De eso se encargarán los testigos. ¿Que no tengo amistades? ¡No importa! —me dije con ardor creciente—. Al primer transeúnte que me tropiece en la calle le pediré que sea mi testigo, y tendrá que aceptar, del mismo modo que está obligado a sacar del agua a un hombre que se ahoga. En estos casos se admiten las soluciones más extravagantes. Incluso podría pedir a nuestro director que me asistiese en este duelo. Él tendría que aceptar, aunque sólo fuera por espíritu caballeresco.
     Además, habría de guardar el secreto. Y en cuanto a Antón Antonovitch...» Pero en ese instante comprendí con claridad meridiana todo lo que había de abominable y ridículo en mis suposiciones. Vi el reverso de la medalla. Pero...
-¡Más de prisa, cochero! ¡Fustiga, canalla, fustiga! -¡Ay, señor! -exclamó, quejumbroso, el «representante de la fuerza inculta». De pronto, un frío de hielo cayó sobre mí. «¿No sería mejor..., no sería mejor regresar derecho a casa? ¡Oh, Dios mío! ¿Por qué habré venido a esta cena? ¡Pero ya no hay remedio! ¿Y mi caminata de tres horas entre la mesa y la chimenea? No, tiene que pagarme ese oprobio.»
     — ¡Fustiga cochero!
     «¿Y si me entregan a la policía? No, no se atreverán. Temerán el escándalo. ¿Y si Zverkov, para acentuar su desprecio hacia mí, se niega a batirse? Estoy seguro de que lo hará. Pero yo les demostraré... ¡Sí, corro a la posta en el momento de su partida, lo agarro por la pierna y le arranco la capa cuando esté subiendo al coche! Luego le clavo los dientes en la mano, le muerdo. «¡Mirad todos lo que puede hacer un hombre desesperado!» Tal vez él me golpee la cabeza. Desde luego, los demás se me echarán encima por la espalda. Pero no importa. Les gritaré a todos: «¡Fijaos en este bribón! ¡Se marcha para seducir a las circasianas con mi salivazo en pleno rostro!» «Después, naturalmente, se acabará todo. Me quedaré sin empleo. Me detendrán, me juzgarán, me expulsarán del ministerio, me meterán en la cárcel, me enviarán a Siberia. Pero ¿qué importa? Quince años después, cuando me pongan en libertad, cuando sea un hombre destrozado, miserable, volveré a encontrar sus huellas. Lo hallaré en una capital de provincias cualquiera. Estará casado y será feliz. Tendrá una nieta... Le diré: "¡Mira, monstruo! ¡Mira mis pálidas mejillas y mis harapos! Lo he perdido todo: la felicidad, la carrera, el arte, la ciencia, la femme aimée... y todo por culpa tuya. Mira estas pistolas. He venido a descargar la mía y... a perdonarte". Entonces dispararé al aire y desapareceré sin dejar rastro.»
     Incluso lloraba a lágrima viva, a pesar de que en aquel mismo momento me di cuenta de que todo esto era de Silvio, novela de Pushkin. Mascarada, drama de Lermontov. Y de pronto sentí una profunda vergüenza, una vergüenza tal, que dije al cochero que se detuviera, salí del trineo y permanecí unos instantes en medio de la calle, con los pies hundidos en la nieve. El cochero me miraba asombrado, lanzando profundos suspiros. Me preguntaba qué debía hacer. Imposible ir allá abajo. Evidentemente, no conseguiría nada. Pero también era imposible dejar las cosas como estaban: sería demasiado... ¡Dios mío! ¿Cómo renunciar a aquello después de tantos insultos? ,
     «¡No! —me dije saltando de nuevo al interior del trineo—. Es mi destino.»
     —¡De prisa, de prisa! ¡Adelante! En un arrebato de impaciencia, asesté al cochero un puñetazo en la espalda. 
     —¿Qué le pasa? ¿Por qué me pega? —gritó el hombre mientras daba un fuerte latigazo al jamelgo que empezó a trotar.
     La nieve caía en grandes copos, pero yo llevaba abierta mi capa, pues, absorto en mis pensamientos, estaba fuera de la realidad. Acababa de decidirme por la bofetada, y me decía, horrorizado, que esto iba a ocurrir immanquablement, tout de suite, y que nulle force ne pourrait plus arreter les événements. Los faroles del alumbrado brillaban lúgubremente, aquí y allá, en la niebla nívea, semejantes a las antorchas de los entierros. La nieve había penetrado bajo mi capa y bajo mi redingote y se había acumulado debajo de mi corbata, donde se iba fundiendo. Pero yo no me tapaba. ¿Para qué, si ya estaba perdido? Llegamos al fin. Salté del trineo, enloquecido. Subí a zancadas los escalones del pórtico y empecé a golpear con pies y manos. Sentí una extrema debilidad en las piernas, sobre todo en las rodillas. Me abrieron con sorprendente rapidez, como si me estuviesen esperando (y, en efecto, Simonov había dicho que probablemente llegaría otro visitante, pues en aquella casa era preciso avisar y tomar otras precauciones. Era una de esas «tiendas de modas» que la policía cerró algún tiempo después. Durante el día era una verdadera tienda, pero los recomendados podían pasar allí la noche). Atravesé rápidamente y entré en la sala de recepción, que conocía bastante bien y donde en aquel momento sólo ardía una bujía. Me detuve, desconcertado: no había nadie.
     —¿Dónde están? —pregunté a una persona que entró. Ya se habían ido.
Ante mí estaba plantada la patrona, con una sonrisa tonta en los labios. Yo no era para ella un desconocido. Un instante después, la puerta se abrió y entró alguien. No presté atención a la persona que acababa de llegar. Me paseaba por el salón y me parece que hablaba conmigo mismo. Tenía la impresión de que me había librado de la muerte, y todo mi ser flotaba en un mar de gozo. Lo habría abofeteado sin ningún género de duda. De eso estoy absolutamente seguro. Pero ya no estaban. Todo había cambiado. Miraba en todas direcciones. No acertaba a comprender lo que ocurría. Alcé maquinalmente los ojos hacia la persona que acababa de entrar. Entreví un rostro joven, fresco, algo pálido, de cejas sombrías y rectas, de mirada grave, en la que había un algo de asombro. Esta seriedad me gustó. La habría detestado si hubiese sonreído. La miré más detenidamente, no sin cierto esfuerzo, pues me costaba trabajo concentrar mis ideas. Había en aquel rostro una expresión ingenua y bondadosa, pero extrañamente grave. Estoy seguro de que esta seriedad le acarreaba disgustos en el establecimiento y de que ninguno de aquellos imbéciles se había fijado en ella. Por lo demás, no se podía decir que fuese una belleza; pero era alta y fornida y estaba bien proporcionada. Vestía con sencillez. Sentí un mordisco de perversidad en el corazón y me acerqué a ella. Entonces me vi en el espejo. Mi trastornado rostro me pareció repulsivo. Era un rostro pálido, vil, rencoroso, coronado por unos cabellos en desorden. «Mejor —pensé—. Me alegro. Le pareceré repulsivo, y esto me complace.» 

—Fiódor M. Dostoievski, Memorias del subsuelo. 2ª ed. Trad. Bela Martinova. Cátedra: Madrid, 2005.  148-153

lunes, 14 de julio de 2014

EL MERCADER. Antoine de Saint-Exupéry


XXIII

—¡Buenos días! —dijo el principito.
—¡Buenos días! —respondió el mercader.
Era un mercader de píldoras perfeccionadas que aplacan la sed. Se toma una por semana y no se siente más la necesidad de beber.
—¿Por qué vendes eso? —dijo el principito.
—Es una gran economía de tiempo —dijo el mercader—. Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
—Y, ¿qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
—Se hace lo que se quiere...
«Yo —se dijo el principito— si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar, caminaría muy suavemente hacia una fuente...»

— Antoine de Saint-Exupéry, El principito. Trad. Bonifacio del Carril. Emecé Editores: Buenos Aires, 1951., pp. 89-90

viernes, 11 de julio de 2014

LA CASA DE LOS MUERTOS. Franz Kafka


Fui huésped en la casa de los muertos. Era una cripta grande y limpia, ya había algunos ataúdes, aunque todavía quedaba mucho sitio. Dos ataúdes estaban abiertos, el interior ofrecía el aspecto como de camas deshechas que hubieran sido abandonadas recientemente. Situada en un lado, de tal modo que no pude darme cuenta al principio, se hallaba una mesa de escritorio a la que se sentaba un hombre de cuerpo poderoso. En su mano derecha sostenía una pluma; parecía como si hubiera escrito algo y se hubiera detenido en ese mismo instante. La mano izquierda jugaba en el chaleco con una espléndida cadena de reloj y su cabeza se inclinaba profundamente sobre ella. Una sirvienta limpiaba aunque no había nada que limpiar.
     Tiré con curiosidad del pañuelo que cubría su cabeza y que ensombrecía su rostro. Entonces pude verla. Era una muchacha judía que había conocido antaño. Tenía un rostro exuberante y blanco, así como ojos negros y esbeltos. Cuando me sonrió desde sus harapos, que la hacían parecer una anciana, dije: «Todo lo que usted hace aquí es un poco de comedia.» «Sí —dijo ella—,un poco, ¡cómo lo sabes!» Entonces señaló al hombre sentado en el escritorio y dijo: «Ahora ve y saluda a aquel señor. Mientras no le saludes, en realidad no puedo hablar contigo.» «¿Quién es?», le pregunté en voz baja. «Un noble francés —dijo—, creo que se llama De Poitin.» «¿Cómo ha venido hasta aquí?», pregunté. «No lo sé —dijo ella—, aquí hay una gran confusión. Esperamos a alguien que ponga orden, ¿eres tú?» «No, no», dije yo. «Eso es muy razonable —dijo ella—, pero ahora preséntate al señor.»
     Fui hacia él y me incliné. Cómo él no levantó la cabeza —sólo podía ver su pelo blanco y revuelto—, le deseé las buenas noches. Siguió sin moverse, un gato pequeño recorrió el borde de la mesa, había saltado del regazo del señor y volvió a desaparecer por el mismo sitio. Quizá no miraba la cadena del reloj, sino bajo la mesa. Yo sólo quería aclarar cómo había venido, pero mi conocida me tiró de la chaqueta y murmuró: «Ya es suficiente.»
     Yo quedé muy satisfecho, me volví hacia ella y fuimos cogidos del brazo por la cripta. La escoba me estorbaba. «Tira la escoba», dije. «No, por favor —dijo ella—, deja que me la quede. Que limpiar aquí no me causa ningún esfuerzo, ya lo ves, ¿verdad? Bien, pero aquí disfruto de ciertas ventajas a las que no quiero renunciar. ¿Quieres, por lo demás, quedarte aquí?», dijo desviando la conversación. «Por ti me quedaría aquí encantado», dije lentamente. En ese momento íbamos estrechándonos mutuamente como una pareja de enamorados. «Quédate, quédate —dijo ella—, cómo he anhelado tu llegada. No es tan malo estar aquí como tú quizá temes. Y qué nos importa a los dos lo que hay a nuestro alrededor.» Fuimos un rato en silencio, habíamos desenlazado los brazos que ahora ceñían nuestros cuerpos. Seguimos por el camino principal, había ataúdes a la derecha y a la izquierda, la cripta era muy grande, al menos muy larga. Estaba oscuro, pero no del todo, era como un crepúsculo que, sin embargo, todavía iluminaba algo el lugar en que nos hallábamos y un pequeño círculo a nuestro alrededor. De repente dijo: «Ven, te enseñare mi ataúd.» Me quedé sorprendido. «Pero tú no estás muerta», dije. «No —dijo ella—, pero para ser sincera, no conozco mucho este lugar, por eso estoy tan contenta de que hayas venido. Lo entenderás en poco tiempo. Ahora lo ves todo probablemente más claro que yo. En todo caso: tengo un ataúd.» Torcimos a la derecha en un camino lateral, otra vez entre dos hileras de ataúdes. Por la disposición del lugar y el ambiente me recordaba a una gran bodega que había visto. Siguiendo el camino pasamos por un pequeño arroyo, apenas de un metro de ancho, que corría con rapidez. Después llegamos al ataúd de la muchacha. Disponía de bellos cojines guarnecidos. Se sentó en el interior y me hizo una señal, menos con el dedo que con la mirada, para que yo también la acompañara. «Querida niña» —dije yo, retirándole el pañuelo de la cabeza y poniendo mi mano en su sedosa cabellera—. Todavía no puedo permanecer contigo. Hay alguien en la cripta con el que debo hablar. ¿No quieres ayudarme a buscarle?» «¿Tienes que hablar con él? Aquí no existen obligaciones», dijo ella. «Pero yo no soy de aquí.» «¿Crees que podrás salir todavía de aquí?» «Seguro», dije yo. «Razón de más para que no pierdas el tiempo», dijo ella. Buscó entre los cojines y sacó una camisa. «Ésta es mi camisa de muerta —dijo, y a continuación me la alcanzó—, pero yo no la llevo.»

(En: Fragmentos póstumos) 
— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 83-86 

lunes, 7 de julio de 2014

COMO LA VIDA SE CONVIERTE EN EL VALOR SUPREMO. E. M. Cioran


     La veneración por las mujeres; la rehabilitación del Eros como divinidad; salud natural, transfigurada por la delicadeza; el fervor de la danza en todos los actos de la vida; gracia en lugar de pesar; sonrisa en vez de pensamiento; entusiasmo en lugar de pasión; la lejanía como finitud; la vida como único Dios, única realidad y único culto; el pecado como crimen y la muerte como vergüenza.
     … Lo demás es filosofía, cristianismo y otras formas de caída.

— E. M. Cioran, El libro de las quimeras. Trad. Joaquín Garrigós. Tusquets: México DF, 2013.  161-2

viernes, 4 de julio de 2014

PARÁBOLA DEL TRUEQUE. Juan José Arreola


Al grito de «¡Cambio esposas viejas por nuevas!» el mercader recorrió las calles del pueblo arrastrando su convoy de pintados carromatos.
     Las transacciones fueron muy rápidas, a base de unos precios inexorablemente fijos. Los interesados recibieron pruebas de calidad y certificados de garantía, pero nadie pudo escoger. Las mujeres, según el comerciante, eran de veinticuatro quilates. Todas rubias y todas circasianas. Y más que rubias, doradas como candeleros.
     Al ver la adquisición de su vecino, los hombres corrían desaforados en pos del traficante. Muchos quedaron arruinados. Sólo un recién casado pudo hacer cambio a la par. Su esposa estaba flamante y no desmerecía ante ninguna de las extranjeras. Pero no era tan rubia como ellas.
     Yo me quedé temblando detrás de la ventana, al paso de un carro suntuoso. Recostada entre almohadones y cortinas, una mujer que parecía un leopardo me miró deslumbrante, como desde un bloque de topacio. Presa de aquel contagioso frenesí, estuve a punto de estrellarme contra los vidrios. Avergonzado, me aparté de la ventana y volví el rostro para mirar a Sofía.
     Ella estaba tranquila, bordando sobre un nuevo mantel las iniciales de costumbre. Ajena al tumulto, ensartó la aguja con sus dedos seguros. Sólo yo que la conozco podía advertir su tenue, imperceptible palidez. Al final de la calle, el mercader lanzó por último la turbadora proclama: «¡Cambio esposas viejas por nuevas!». Pero yo me quedé con los pies clavados en el suelo, cerrando los oídos a la oportunidad definitiva. Afuera, el pueblo respiraba una atmósfera de escándalo.
     Sofía y yo cenamos sin decir una palabra, incapaces de cualquier comentario.
     —¿Por qué no me cambiaste por otra? —me dijo al fin, llevándose los platos.
     No pude contestarle, y los dos caímos más hondo en el vacío. Nos acostamos temprano, pero no podíamos dormir. Separados y silenciosos, esa noche hicimos un papel de convidados de piedra.
     Desde entonces vivimos en una pequeña isla desierta, rodeados por la felicidad tempestuosa. El pueblo parecía un gallinero infestado de pavos reales. Indolentes y voluptuosas, las mujeres pasaban todo el día echadas en la cama. Surgían al atardecer, resplandecientes a los rayos del sol, como sedosas banderas amarillas.
     Ni un momento se separaban de ellas los maridos complacientes y sumisos. Obstinados en la miel, descuidaban su trabajo sin pensar en el día de mañana.
     Yo pasé por tonto a los ojos del vecindario, y perdí los pocos amigos que tenía. Todos pensaron que quise darles una lección, poniendo el ejemplo absurdo de la fidelidad. Me señalaban con el dedo, riéndose, lanzándome pullas desde sus opulentas trincheras. Me pusieron sobrenombres obscenos, y yo acabé por sentirme como una especie de eunuco en aquel edén placentero.
     Por su parte, Sofía se volvió cada vez más silenciosa y retraída. Se negaba a salir a la calle conmigo, para evitarme contrastes y comparaciones. Y lo que es peor, cumplía de mala gana con sus más estrictos deberes de casada. A decir verdad, los dos nos sentíamos apenados de unos amores tan modestamente conyugales.
     Su aire de culpabilidad era lo que más me ofendía. Se sintió responsable de que yo no tuviera una mujer como las de otros. Se puso a pensar desde el primer momento que su humilde semblante de todos los días era incapaz de apartar la imagen de la tentación que yo llevaba en la cabeza. Ante la hermosura invasora, se batió en retirada hasta los últimos rincones del mudo resentimiento. Yo agoté en vano nuestras pequeñas economías, comprándole adornos, perfumes, alhajas y vestidos.
     —¡No me tengas lástima!
     Y volvía la espalda a todos los regalos. Si me esforzaba en mimarla, venía su respuesta entre lágrimas:
     —¡Nunca te perdonaré que no me hayas cambiado!
     Y me echaba la culpa de todo. Yo perdía la paciencia. Y recordando a la que parecía un leopardo, deseaba de todo corazón que volviera a pasar el mercader.
     Pero un día las rubias comenzaron a oxidarse. La pequeña isla en que vivíamos recobró su calidad de oasis, rodeada por el desierto. Un desierto hostil, lleno de salvajes alaridos de descontento. Deslumbrados a primera vista, los hombres no pusieron realmente atención en las mujeres. Ni les echaron una buena mirada, ni se les ocurrió ensayar su metal. Lejos de ser nuevas, eran de segunda, de tercera, de sabe Dios cuántas manos... El mercader les hizo sencillamente algunas reparaciones indispensables, y les dio un baño de oro tan bajo y tan delgado, que no resistió la prueba de las primeras lluvias.
     El primer hombre que notó algo extraño se hizo el desentendido, y el segundo también. Pero el tercero, que era farmacéutico, advirtió un día entre el aroma de su mujer, la característica emanación del sulfato de cobre. Procediendo con alarma a un examen minucioso, halló manchas oscuras en la superficie de la señora y puso el grito en el cielo.
     Muy pronto aquellos lunares salieron a la cara de todas, como si entre las mujeres brotara una epidemia de herrumbre. Los maridos se ocultaron unos a otros las fallas de sus esposas, atormentándose en secreto con terribles sospechas acerca de su procedencia. Poco a poco salió a relucir la verdad, y cada quien supo que había recibido una mujer falsificada.
     El recién casado que se dejó llevar por la corriente del entusiasmo que despertaron los cambios, cayó en un profundo abatimiento. Obsesionado por el recuerdo de un cuerpo de blancura inequívoca, pronto dio muestras de extravío. Un día se puso a remover con ácidos corrosivos los restos de oro que había en el cuerpo de su esposa, y la dejó hecha una lástima, una verdadera momia.
     Sofía y yo nos encontramos a merced de la envidia y del odio. Ante esa actitud general, creí conveniente tomar algunas precauciones. Pero a Sofía le costaba trabajo disimular su júbilo, y dio en salir a la calle con sus mejores atavíos, haciendo gala entre tanta desolación. Lejos de atribuir algún mérito a mi conducta, Sofía pensaba naturalmente que yo me había quedado con ella por cobarde, pero que no me faltaron las ganas de cambiarla.
     Hoy salió del pueblo la expedición de los maridos engañados, que van en busca del mercader. Ha sido verdaderamente un triste espectáculo. Los hombres levantaban al cielo los puños, jurando venganza. Las mujeres iban de luto, lacias y desgreñadas, como plañideras leprosas. El único que se quedó es el famoso recién casado, por cuya razón se teme. Dando pruebas de un apego maniático, dice que ahora será fiel hasta que la muerte lo separe de la mujer ennegrecida, ésa que él mismo acabó de estropear a base de ácido sulfúrico.
     Yo no sé la vida que me aguarda al lado de una Sofía quién sabe si necia o si prudente. Por lo pronto, le van a faltar admiradores. Ahora estamos en una isla verdadera, rodeada de soledad por todas partes. Antes de irse, los maridos declararon que buscarán hasta el infierno los rastros del estafador. Y realmente, todos ponían al decirlo una cara de condenados.
     Sofía no es tan morena como parece. A la luz de la lámpara, su rostro dormido se va llenando de reflejos. Como si del sueño le salieran leves, dorados pensamientos de orgullo.

— Juan José Arreola. Tres días y un cenicero y otros cuentos. Punto de lectura: México, 2009., p. 95-101

lunes, 30 de junio de 2014

PERE ORDÓÑEZ EN LA FERIA DEL LIBRO. Roberto Bolaño.



Pere Ordóñez, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Antaño los escritores de España (y de Hispanoamérica) entraban en el ruedo público para transgredirlo, para reformarlo, para quemarlo, para revolucionarlo. Los escritores de España (y de Hispanoamérica) procedían generalmente de familias acomodadas, familias asentadas o de una cierta posición, y al tomar ellos la pluma se volvían o se revolvían contra esa posición: escribir era renunciar, era renegar, a veces era suicidarse. Era ir contra la familia. Hoy los escritores de España (y de Hispanoamérica) proceden en número cada vez más alarmante de familias de clase baja, del proletariado y del lumpenproletariado, y su ejercicio más usual de la escritura es una forma de escalar posiciones en la pirámide social, una forma de asentarse cuidándose mucho de no transgredir nada. No digo que no sean cultos. Son tan cultos como los de antes. O casi. No digo que no sean trabajadores. ¡Son mucho más trabajadores que los de antes! Pero son, también, mucho más vulgares. Y se comportan como empresarios o como gángsters. Y no reniegan de nada o sólo reniegan de lo que se puede renegar y se cuidan mucho de no crearse enemigos o de escoger a éstos entre los más inermes. No se suicidan por una idea sino por locura y rabia. Las puertas, implacablemente, se les abren de par en par. Y así la literatura va como va. Todo lo que empieza como comedia acaba indefectiblemente como comedia. 

— Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 2008. pp. 485

viernes, 27 de junio de 2014

EL SUEÑO DE JOSEF K. Franz Kafka


Josef K soñó:
Era un día hermoso y K quería salir a pasear. Pero apenas había dado dos pasos, cuando ya se encontraba en el cementerio. Allí había dos caminos muy artificiales, que se entrecruzaban de forma poco práctica, pero él se deslizó por ellos como por un torrente, con una actitud imperturbable y oscilante. Desde la lejanía percibió un túmulo reciente ante el que quería detenerse. Este túmulo ejercía sobre él una atracción poderosa y no creía ir lo suficientemente rápido. Algunas veces apenas veía el túmulo, pues quedaba oculto por banderas que se entrelazaban con fuerza. No se veía a sus portadores, pero era como si allí reinase un gran júbilo.
      Mientras dirigía su vista hacia la lejanía, descubrió repentinamente el túmulo a su costado, en el camino, ya casi a su espalda. Saltó rápidamente al césped. Como el terreno bajo su pie de apoyo al saltar era deslizante, se desequilibró y cayó precisamente ante el túmulo y de rodillas. Detrás de la tumba había dos hombres que sostenían una lápida en el aire. Apenas apareció K, arrojaron la lápida al suelo y él quedó como si lo hubieran emparedado. Un tercer hombre, al que K reconoció de inmediato como un artista, salió enseguida de un matorral. Vestía sólo unos pantalones y una camisa mal abotonada. En la cabeza llevaba un gorro de terciopelo y sostenía en la mano un lápiz común con el que, al acercarse, trazó figuras en el aire.
      Se colocó con el lápiz arriba, sobre la lápida. Como ésta era muy alta no tuvo que agacharse del todo, aunque sí inclinarse, pues el túmulo, que no quería pisar, le separaba de la lápida. Permanecía, por consiguiente, sobre las puntas de los pies y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la losa. Gracias a una hábil maniobra logró trazar letras doradas con el lápiz común. Escribió: «Aquí descansa...» Cada letra apareció clara y bella, perfecta y con oro puro. Cuando terminó de escribir las dos palabras, se volvió y miró a K, que esperaba ansioso la continuación de la escritura y apenas se preocupaba del hombre, ya que sólo mantenía fija su mirada en la lápida. El hombre, en efecto, se aprestó a seguir escribiendo, pero no podía, había algún impedimento. Bajó el lápiz y se volvió de nuevo hacia K que, ahora, se fijó en el pintor y advirtió que éste se encontraba en un estado de gran confusión, aunque no podía decir la causa.    Toda su animación previa había desaparecido. También K quedó por ello confuso. Intercambiaron miradas suplicantes. Había un malentendido que ninguno podía aclarar. Comenzó a sonar de modo inoportuno la pequeña campana de la capilla perteneciente a la tumba, pero el artista hizo un ademán con la mano alzada y la campana se detuvo. Pasado un rato comenzó a sonar de nuevo, esta vez en un tono muy bajo y deteniéndose al instante sin ningún requerimiento. Era como si quisiera probar su sonido. K estaba desconsolado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo tiempo cubriéndose el rostro con las manos. El artista esperó hasta que K se hubo tranquilizado y entonces decidió, ya que no encontraba otra salida, seguir escribiendo. La primera línea que trazó fue para K una salvación, aunque el artista la llevó a cabo con una gran resistencia. La escritura ya no era tan bella, sobre todo parecía faltar oro. La línea surgía pálida e insegura, la letra quedaba demasiado grande. Era una «J», estaba casi terminada, cuando el artista pisoteó furioso la tumba, de tal modo que la tierra invadió el aire. K le comprendió al fin. Para pedir perdón ya no había tiempo. Escarbó en la tierra, que apenas oponía resistencia, con los dedos. Todo parecía preparado. Sólo había una ligera capa para guardar las apariencias. Una vez retirada, apareció un gran agujero con paredes escarpadas en el que K se hundió, puesto de espaldas por una suave corriente. Mientras él, con la cabeza todavía recta sobre la nuca, ya era recibido por la impenetrable profundidad, su nombre era inscrito con poderosos ornamentos en la piedra.
     Fascinado por esta visión, despertó.
(El sueño) 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 172-174

lunes, 23 de junio de 2014

HACIA LA DESNUDEZ. E. M. Cioran



I

El ser que se orienta hacia la desnudez rechaza las apariencias que le recuerdan este mundo, del que se pretende desterrado. Ante lo que existe o parece existir, no siente más que exasperación. Cuanto más se aleje de las apariencias, menos necesitará los signos que las realzan o los simulacros que las denuncian, dado lo nefastos que son unos y otros para la búsqueda de lo fundamental, de lo que huye de nosotros, de ese fondo último que exige, para ser aprehendido, la ruina de toda imagen, incluso espiritual.

II

     Privilegio maldito del hombre exterior, la imagen, por pura que sea, conserva una fracción de materialidad, un algo de rugosidad, y, dado que nos remite necesariamente al mundo, posee por ello un elemento de incertidumbre y de confusión. Sólo mediante una victoria sobre la imagen podremos encaminarnos hacia el ser desnudo, hacia esa seguridad sin amarras que llamamos liberación. Liberarse, en realidad, equivale a desembarazarse de la imagen, a despojarse de todos los símbolos de este mundo.

III

       Únicamente se libera uno de la imagen si a la vez se libera de la palabra. Todo vocablo equivale a un estigma, es un atentado contra la pureza. «Ninguna palabra puede esperar otra cosa que su propia derrota», proclama Gregorio Palamas en su Defensa de los santos hesicastas. A ese fondo que se halla más allá de las apariencias sólo se llega mediante el silencio, ese silencio del que Serafin de Sarov decía que hace a los seres humanos semejantes a ángeles.
        Hecho notable: no existe silencio frívolo, silencio superficial. Todo silencio es esencial. Cuando se le saborea, se experimenta automáticamente una especie de supremacía, una extraña soberanía. Es posible que lo que llamamos interioridad no sea más que una espera muda. De la misma manera, no existe «vida verdadera» o simplemente vida espiritual que no implique la muerte de la imagen y de la palabra, la destrucción, en lo más íntimo del ser, de este mundo y de todos los mundos. La experiencia mística se confunde, en su extremo, con la beatitud de un supremo rechazo.

IV

       Buscar, perseguir la imagen es probar que nos hemos quedado más acá de lo absoluto y que somos incapaces de visión pura. Y ello es lógico, dado que no se trata de una visión que carezca de objeto, sino de una visión que se halla más allá de todo objeto. Podría incluso decirse que lo que ella nos permite ver es la ausencia sin límites de todo lo que puede ser visto, la desnudez pura, la vacuidad como plenitud o, mejor aún, ese «abismo de la superesencia» celebrado por Ruysbroek.

V

      Entre todos los seres que buscan, sólo el místico ha encontrado, pero el precio de tan excepcional privilegio es no poder decir jamás qué ha hallado, y ello a pesar de que posee la seguridad que únicamente otorga la sabiduría intransmisible (la verdadera sabiduría, en suma). El camino por el que nos invitará a seguirle, desemboca en una vacuidad que colma, puesto que sustituye a todos los universos abolidos. Se trata de un intento, el más radical que se ha llevado a cabo, de aferrarse a algo que sea más puro que el ser o que la ausencia del ser, algo superior a todo, incluso a lo absoluto.

VI

         La sabiduría obtenida de las apariencias es una falsa sabiduría o, si se prefiere, una no‑sabiduría. Para el místico, el conocimiento, en el sentido profundo, último, de la palabra, se reduce a una ignorancia iluminada, una ignorancia «transluminosa». Quienes viven en contacto con esa ignorancia y con la luz divina perciben, dice Ruysbroek, una especie de «soledad devastada».
      A partir de esa soledad, se comprende fácilmente la necesidad, la urgencia del desierto, espacio propicio a la huida hacia la ausencia de imágenes, hacia una renuncia inaudita, hacia la unidad desnuda, hacia la Deidad más que hacia Dios. «La Deidad y Dios», afirma Meister Eckhart, «son tan diferentes como el cielo y la tierra. El cielo se halla a miles de leguas más arriba. Lo mismo la Deidad respecto a Dios. Dios deviene y pasa.!»
         Limitarse a Dios es, como lo ha señalado un comentador, permanecer «en la orilla de la eternidad», ser incapaz de penetrar en la propia eternidad, a la cual sólo se llega elevándose a la Deidad. Inspirándonos de nuevo en la misma «soledad devastada», ¿cómo no evocar esa oratio ignita, esa «plegaria de fuego» de la que, según un Padre de los primeros siglos de nuestra era, sólo somos capaces cuando nos hallamos tan impregnados de una luz trascendente que nos resulta imposible seguir utilizando el lenguaje humano?

— CIORAN, E. M. Ejercicios de admiración y otros textos. Trad. Rafael Panizo. 3ª. ed. Barcelona: Tusquets, 2000. 229 p. ISBN: 84-7223-472-X.

viernes, 20 de junio de 2014

LA DUCHA FRÍA. Henry Miller


Llamé suavemente. No hubo respuesta. Volví a llamar, un poco más fuerte. Esa vez oí a alguien ir y venir. Después una voz cerca de la puerta preguntó quién era y al mismo tiempo giró el pomo de la puerta. Abrí la puerta de un empujón y entré a tientas en la habitación a oscuras. Fui a caer en sus brazos y la sentí desnuda bajo la bata medio abierta. Debía de haber estado profundamente dormida y sólo a medias comprendió quién la estaba abrazando. Cuando se dio cuenta de que era yo, intentó escaparse, pero la tenía bien cogida y empecé a besarla apasionadamente y a hacerle retroceder al mismo tiempo hacia el sofá que había cerca de la ventana. Susurró algo sobre que la puerta había quedado abierta, pero no iba a correr el riesgo de dejarla escapar de mis brazos. Así, que di un ligero rodeo y poco a poco la llevé hasta la puerta y le hice empujarla con el culo. La cerré con la mano libre y después la llevé hasta el centro de la habitación y con la mano libre me desabroché la bragueta y saqué el canario y se lo metí. Estaba tan drogada por el sueño que era casi como manejar un autómata. También me daba cuenta de que disfrutaba con la idea de que la follaran medio dormida. Lo malo era que cada vez que la embestía, se despertaba un poco más.
     Y a medida que recobraba la conciencia, se asustaba cada vez más. No sabía qué hacer para volver a dormirla sin perderme un polvo tan bueno. Conseguí tumbarla en el sofá sin perder terreno, y entonces ella estaba más cachonda que la hostia, y se retorcía como una anguila. Desde que había empezado a darle marcha, creo que no había abierto los ojos ni una vez. Yo repetía sin cesar para mis adentros: «un polvo egipcio... un polvo egipcio», y para no correrme inmediatamente, empecé a pensar en el cadáver que Mónica había traído hasta la Estación Central y en los treinta y cinco centavos que había dejado con Paulina en la carretera. Y entonces, ¡pan!, una sonora llamada en la puerta, ante lo cual abrió los ojos y me miró sumamente aterrorizada. Empecé a retirarme rápidamente, pero, ante mi sorpresa, ella me retuvo con todas sus fuerzas. «No te muevas», me susurró al oído. «¡Espera!» Se oyó otro sonoro golpe y después oí la voz de Kronski que decía: «Soy yo, Thelma... soy yo, Izzy.» Al oírlo, casi me eché a reír. Volvimos a colocarnos en una posición natural y, cuando cerró los ojos suavemente, se la moví dentro, despacito para no volver a despertarla. Fue uno de los polvos más maravillosos de mi vida. Creía que iba a durar eternamente. Cada vez que me sentía en peligro de irme, dejaba de moverme y me ponía a pensar: pensaba, por ejemplo, en dónde me gustaría pasar las vacaciones, en caso de que me las dieran, o pensaba en las camisas que había en el cajón de la cómoda, o en el remiendo de la alfombra del dormitorio justo al pie de la cama. Kronski seguía parado delante de la puerta: le oía cambiar de posición. Cada vez que sentía su presencia allí, le tiraba un viaje a ella de propina y, medio dormida como estaba, me respondía, divertida, como si entendiera lo que quería yo decir con aquel lenguaje de mete y saca. No me atrevía a pensar en lo que ella podría estar pensando o, si no, me habría corrido inmediatamente. A veces me aproximaba peligrosamente, pero el truco que me salvaba era pensar en Mónica y en el cadáver en la Estación Central. Aquella idea, su carácter humorístico, quiero decir, actuaba como una ducha fría. 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 103-105

sábado, 14 de junio de 2014

LA PEREZA. Fiódor Dostoievski


¡Ah, si sólo hubiese sido un perezoso! ¡Cómo me habría respetado a mí mismo! Me habría respetado porque me habría visto capaz, por lo menos, de tener pereza, porque habría poseído una cualidad definida y la seguridad de poseerla. Pregunta: ¿quién eres? Respuesta: ¡un perezoso! Habría sido verdaderamente agradable oírse llamar así. Quedas definido claramente: hay, pues, algo que decir de tu persona... «¡Oh perezoso!» ¡Es un título, una función, una carrera, señores! No se rían; es así. Entonces yo habría sido por derecho propio miembro del primer club del universo y habría pasado la vida respetándome. Conocí a un señor que se sentía orgulloso de llamarse Laffitte. 
     Consideraba esta particularidad como una gran virtud, y no dudó nunca de sí mismo. Murió con la conciencia no sólo tranquila, sino triunfante, y tenía motivos para ello. Si yo hubiese sido un perezoso, me habría elegido una carrera: habría sido perezoso y gastrónomo; no un glotón vulgar, sino un regalón que se interesaría por «todo lo bello y sublime». ¿Qué les parece a ustedes? Hace ya mucho tiempo que pienso en esto. «Lo bello y lo sublime» gravitan pesadamente sobre mi nuca desde que tengo cuarenta años! Pero ¿qué habría ocurrido antes? ¡Antes habría sido todo distinto! Habría encontrado en seguida una actividad adaptada a mi carácter; por ejemplo, beber a la salud de todas las cosas «bellas y sublimes». Habría aprovechado todas las ocasiones de bebe por «lo bello y lo sublime» después de haber dejado caer alguna lágrima en mi copa. Habría convertido todas las cosas en «bellas y sublimes »; habría descubierto «lo bello y lo sublime» incluso en las basuras más evidentes; habría vertido lágrimas a raudales como el líquido que sale de una esponja. Un pintor, por ejemplo, pinta un cuadro digno de Ghé, e inmediatamente bebo a la salud del artista, porque adoro todo lo que es «bello y sublime». Un poeta escribe ¡Cómo gusta a todos!, y bebo al punto a la salud de todos, porque adoro «lo bello y lo sublime». Esto me procurará el respeto general. Exigiré ese respeto; perseguiré con mi cólera al que me lo niegue. Así, habría vivido apaciblemente y muerto solemnemente. ¿No es admirable? ¿No es exquisito? y habría dejado que se me desarrollara un vientre tan opulento, una nariz tan grasienta y un mentón tan redondeado, que el mundo habría exclamado al verme: «¡He ahí un hombre verdadero, un ser positivo!». Digan ustedes lo que digan, es muy agradable oírse llamar cosas semejantes en nuestro siglo tan esencialmente negativo. 

Fiódor M. Dostoievski, Cap. VI, en Memorias del subsuelo. 2ª ed. Trad. Bela Martinova. Cátedra: Madrid, 2005., pp. 83-84