Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme

viernes, 18 de abril de 2014

LAS FACTURAS HEDIONDAS. Xavier Velasco


Por Basilio Læxus

Es un hecho, sobreestimamos las recompensas. Y después, fatalmente, las subestimamos. Sólo cuando no llegan permanecen de moda, tanto así que decirse su acreedor es compensar un poco, mientras tanto; aunque no ganar tiempo, como suele creerse. No se le gana tiempo a lo podrido, si apenas se distingue de lo muerto. Esperar que venga alguien y nos recompense supone convertirnos a la fe amarga de los cobradores. No me digas que nunca te has topado, en la vida y de pronto en el espejo, a uno de esos devotos del fracaso que encuentran recompensa, compensación y revancha en el ocaso de la fortuna ajena. “Si no era para mí, ¿por qué iba a ser para ellos?”, razona el cobrador insatisfecho.
Pasar de cobrador a conquistador es tan simple y tan arduo como dejar atrás la servidumbre de la expectativa. No se puede vivir de aquello que se espera recibir sin convertirse en pordiosero del destino. Y luego, irremisiblemente, en cobrador. Cazador sucesivo y desafortunado de recompensas, compensaciones y revanchas. Y es que nadie recibe bien a un cobrador; menos cuando jamás se da por satisfecho. Pues por mucho que cobre no le será bastante para conquistar nada, y aun en la cima de la cima del mundo encontrará que toda conformidad es sospechosa de conformismo. Hambre ancestral, le llaman, pues ya su intensidad hace temer que el ansia se transmita por la vía genética. Distraído por su avidez en armas, el cobrador olvida que la peste del hambre llega lejos. Sin saberlo, está a expensas del conquistador, que ya le huele el hambre y encuentra que es rehén de sus expectativas.
Esperar: ese verbo irritante. Lo que la gente espera vale poca cosa, y menos todavía cuando se le compara con lo que persigue. No me importa qué esperes, pero igual me intereso por lo que buscas. La búsqueda es la cara opuesta de la expectativa, de modo que el botín es antípoda de la recompensa. Pues si observamos con algún cuidado encontraremos que el concepto de botín deja atrás la perversa disyuntiva entre compensación y recompensa, recompensa y revancha, revancha y compensación, ya que de hecho las abarca todas. En un golpe maestro, el botín nos compensa, venga y recompensa. Elimina la inquina, el rencor, la envidia y la soberbia, entre otros sentimientos echador a perder y susceptibles de encarnar en sarcoma.
Nadie quiere ser llamado traidor, pero menos aún llamarse traicionado. Cual si eso fuese el fin y hubiera que amargarse en adelante. Juran los amargados que la venganza es dulce, pero como se dice en estos caso, qué va a saber el burro de la miel. Endulzarse la vida buscando la desdicha de los otros, luego de años de paladear derrotas gangrenadas, es salpicarse de la misma cagada en la que se pretende ahogar al enemigo. Eso es el odio, al fin: cagada cósmica. El sedimento pútrido del bocado amargo. ¿Espera el vengador, habituado a sobrevivir con semejante dieta de mierda, que dé uno validez al dictamen de su paladar, o le envidie ese aliento a pena descompuesta?
Envidiar: ese vicio pequeño de la gente pequeña. Quien busca la conquista no nada más despierta la envidia de los otros, también sabe leerla y según ella aprende a clasificarlos. En una ecuación fácil, la gente es lo que tiene menos lo que supone que le falta. La ojeriza envidiosa proclama a gritos sus números rojos, cada uno de sus gestos debe pujar por no dejar salir al cobrador tan grande que lleva dentro, pues la fórmula dice que a mayor cobrador, menos persona, y viceversa. A la gente pequeña se le mide por el importe total de sus facturas pendientes de cobranza, multiplicado por -1.
No digo que sea la única forma de medirlo, si entrados a hacer números podríamos sumar los centímetros cúbicos de conciencia ocupados en albergar consulados y cónsules que en vez de pagar renta terminan por cobrarla. Quien pierde el sueño alimentando un rencor asqueroso contra tu Porsche nuevo esperará después compensación por eso. Cuando se entere que te lo robaron, le placerá muy hondo saber que encima de eso fue un robo a mano armada y los ladrones te pasearon medio día dentro de la cajuela. “Para que se le quite”, razona el vengador impenitente, y a esa pomada infecta que de pronto le cubre del culo al paladar tiene el descaro de llamarle dulce. En vez de clausurar el consulado, le otorga nuevo espacio y mayor importancia. 
“Se jodió, jo, jo, jo”, rumian los revanchistas, igual que un Santa Claus castigador. Si su idea es que al final nadie se libre de quedar salpicado. Que sólo los amargos tengan derecho a voto a la hora de juzgar si éste o aquel pastel es agrio, dulce o empalagoso. ¿Desde cuándo han cabido las ideas grandes en las mentes estrechas? ¿Es acaso virtud del cobrador la generosidad? Hasta donde se sabe, y para acabar pronto, los cobradores sólo son generosos en el retrete: donde suponen que nadie los ve.

—Xavier Velasco, Puedo explicarlo todo. Alfaguara: México, 2011., pp. 615-617

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