Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme
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domingo, 17 de enero de 2016

EL SUEÑO DE LIZ NORTON. Roberto Bolaño


En el sueño de Norton ésta se veía reflejada en ambos espejos. En uno de frente y en el otro de espaldas. Su cuerpo estaba ligeramente sesgado. Con certeza resultaba imposible decir si pensaba avanzar o retroceder. La luz de la habitación era escasa y matizada, como la de un atardecer inglés. No había ninguna lámpara encendida. Su imagen en los espejos aparecía vestida como para salir, con un traje sastre gris y, cosa curiosa, pues Norton rara vez usaba esta prenda, con un sombrerito gris que evocaba páginas de moda de los años cincuenta. Probablemente llevaba zapatos de tacón, de color negro, aunque no se los podía ver. La inmovilidad de su cuerpo, algo en él que inducía a pensar en lo inerte y también en lo inerme, la llevaba a preguntarse, sin embargo, qué era lo que estaba esperando para partir, qué aviso aguardaba para salir del campo en que ambos espejos se miraban y abrir la puerta y desaparecer. ¿Tal vez había oído un ruido en el pasillo? ¿Tal vez alguien había intentado al pasar abrir su puerta? ¿Un huésped despistado del hotel? ¿Un empleado, alguien enviado por la recepción, una mujer de la limpieza? El silencio, no obstante, era total y tenía, además, algo de calmo, de los largos silencios que preceden a la noche. De pronto Norton se dio cuenta de que la mujer reflejada en el espejo no era ella. Sintió miedo y curiosidad y permaneció quieta, observando si cabe con mayor detenimiento a la figura en el espejo. Objetivamente, se dijo, es igual a mí y no tengo ninguna razón para pensar lo contrario. Soy yo. Pero luego se fijó en su cuello: una vena hinchada, como si estuviera a punto de reventar, lo recorría desde la oreja hasta perderse en el omóplato. Una vena que más que real parecía dibujada. Entonces Norton pensó: tengo que marcharme de aquí. Y recorrió la habitación con los ojos intentando descubrir el lugar exacto en que se encontraba la mujer, pero le fue imposible verla. Para que se reflejase en ambos espejos, se dijo, tenía que estar justo entre el pequeño pasillo de entrada y la habitación. Pero no la vio. Al mirarla en los espejos notó un cambio. El cuello de la mujer se movía de forma casi imperceptible. Yo también estoy siendo reflejada en los espejos, se dijo Norton. Y si ella sigue moviéndose finalmente ambas nos miraremos. Veremos nuestras caras. Norton apretó los puños y esperó. La mujer del espejo también apretó los puños, como si el esfuerzo que hacía fuera sobrehumano. La tonalidad de la luz que entraba en la habitación se hizo cenicienta. Norton tuvo la impresión de que afuera, en las calles, se había desatado un incendio. Empezó a sudar. Agachó la cabeza y cerró los ojos. Cuando volvió a mirar los espejos, la vena hinchada de la mujer había crecido de volumen y su perfil comenzaba a insinuarse. Tengo que huir, pensó. También pensó: ¿dónde están Jean-Claude y Manuel? También pensó en Morini. Sólo vio una silla de ruedas vacía y atrás un bosque enorme, impenetrable, de un verde casi negro, que tardó en reconocer como Hyde Park. Cuando abrió los ojos la mirada de la mujer del espejo y la de ella se intersecaron en algún punto indeterminado de la habitación. Los ojos de ella eran iguales a los suyos. Los pómulos, los labios, la frente, la nariz. Norton se puso a llorar o creyó que lloraba de pena o de miedo. Es igual a mí, se dijo, pero ella está muerta. La mujer ensayó una sonrisa y luego, casi sin transición, una mueca de miedo le desfiguró el rostro. Sobresaltada, Norton miró hacia atrás, pero atrás no había nadie, sólo la pared de la habitación. La mujer volvió a sonreírle. Esta vez la sonrisa no fue precedida por una mueca sino por un gesto de profundo abatimiento. Y luego la mujer volvió a sonreírle y su rostro se hizo ansioso y luego inexpresivo y luego nervioso y luego resignado y luego pasó por todas las expresiones de la locura y siempre volvía a sonreírle, mientras Norton, recuperada la sangre fría, había sacado una libretita y tomaba notas muy rápidas de todo lo que sucedía, como si en ello estuviera cifrado su destino o su cuota de felicidad en la tierra, y así estuvo hasta despertar. 

— Roberto Bolaño, 2666 (Anagrama: Barcelona, 2004) 154-155

viernes, 22 de agosto de 2014

EL COMUNISMO. Samuel Beckett


Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóvil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos... Marx... capital... bistec... amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, dijo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme la perrera. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil —Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis vuestro tributo. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros sobresueldos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metí en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general la esquina era tranquila, animada sin ser bulliciosa, próspera y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizás escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.

— Samuel Beckett, Relatos. Tradu. Félix de Azúa, Ana María Moix y Jenaro Talens. Tusquets: México, 2009., pp. 75-76

lunes, 10 de febrero de 2014

TEXTOS PARA NADA. Samuel Beckett

Abandonar, pero si todo está abandonado, no es reciente, yo no soy reciente. Hubo pues algo una vez. Hay que creer que sí, pero saber que no, nunca nada, sólo el abandono. Por haber dicho abandonar decimos abandono, sin pensarlo. Pero pongamos que no, es decir pongamos que sí, que hubo algo una vez, en una cabeza, en un corazón, entre unas manos, antes que todo se haya abierto, vaciado, cerrado, fijado. Henos aquí tranquilos, habiendo tenido calor y en situación de continuar, una vez más. Pero no es el silencio. No, esto habla, en alguna parte se habla. Para no decir nada, de acuerdo, pero ¿es suficiente, para que signifique algo? Ya veo, la cabeza está retrasada, con relación al resto, y su ano es la boca, o bien sigue sola, sola sus antiguos vagabundeos, cagando su vieja mierda, y volviendo a tragársela, cogiéndola con los labios, como en los tiempos en que se creía una belleza. Sólo que el corazón ya no participa, ni el apetito. Y ya está, ya está, sin superchería, en mi haber este viejo pasado, nunca igual, pero acabado para siempre, acabando para siempre, y todo lo que implica, de promesas para mañana, y de consuelo para lo inmediato. Y de nuevo estoy en buenas manos, me cogen la cabeza, por detrás, curioso detalle, como en la peluquería, y con el índice me cierran los ojos, y con el dedo corazón las narices, y con los pulgares los oídos, pero mal, para que oiga, pero mal, y con los cuatro dedos restantes maniobran mandíbulas y lengua, para que me ahogue, pero mal, y diga, para mi bien, lo que debo decir, para mi bien futuro, ya me lo sé, y especialmente en este momento que no es más que un mal momento por pasar, un momento de descanso, que sin ellas hubiera podido serme fatal, y que un día sabré de nuevo haber sido, y más o menos quién, y cómo seguir, y hablar solo, amablemente, de mi menda, y sus pálidos semejantes. Y quizá, pues aún no debo ser demasiado afirmativo, no iría a favor mío, otros dedos, quizás otros dedos aún, otros tentáculos, ya está, otras buenas ventosas, pero no nos interrumpamos por tan poco, consignen mis declaraciones, para que al término del interminable delirio, si alguna vez vuelve a empezar, no me exponga al reproche de haber conocido un desfallecimiento. Esto no marcha, no marcha, pero marcha, algo es algo. Y al lado, quizás al lado y alrededor se frotan otras almas, caídas en síncope, almas enfermas, de haber servido demasiado, o de no haber podido servir, pero aptas todavía al servicio, o decididamente para tirar, pálidos reflejos de la mía. O bien por fin es el lugar y la hora de nuestra puesta en cuerpo, como se ponen los cuerpos en tierra, a la hora de su muerte, por fin, y allí mismo donde mueren, para no añadir gastos, o de un nuevo destino, de almas de niños muertos, o muertas antes que el cuerpo, o de almas siempre jóvenes, en medio de los escombros, o no habiendo vivido, no habiendo sabido vivir, por una razón o por otra, o de almas inmortales, también deben encontrarse, habiéndose equivocado siempre de cuerpo, pero que el auténtico espera, en medio de las nubes por nacer, al auténtico cuerpo sepulcral, pues los vivos ya están servidos. No, nada de almas, nada de cuerpos, ni de nacimiento, ni de vida, ni de muerte, hay que continuar sin nada de todo eso, todo eso está muerto por las palabras, todo es demasiadas palabras, no saben decir otra cosa, dicen que no hay otra cosa, que aquí no es otra cosa, pero ya no lo dirán, no lo dirán siempre, encontrarán otra cosa, no importa qué, y podré continuar, no podré pararme, o podré empezar, una falsedad calentita, que me servirá un tiempo, que me servirá de un tiempo, que me servirá de un lugar, y de una voz, y de un silencio, de una voz de silencio, la voz de mi silencio. Es con tales perspectivas que quieren hacernos esperar con paciencia, cuando estamos pacientes, y tranquilos, en alguna parte estamos tranquilos, qué tranquilidad hay aquí, vaya, voy a decirlo, la tranquilidad de aquí, y qué bien estoy, qué silencioso, voy a empezar, la tranquilidad y el silencio, nunca rotos por nada, que nunca nada romperá, que al decir no romperé, o al decir tener que decir, diré todo esto mañana por la noche, sí, mañana por la noche, en fin, otra noche, no esta noche, esta noche es demasiado tarde, para hacer algo bueno, voy a dormir, para poder decirme, oírme decir, un poco más tarde, He dormido, ha dormido, pero no habrá dormido, o entonces es que duerme, no habrá hecho nada, sólo continuar, haciendo el qué, haciendo lo que hace, sin parar, es decir, no sé, abandonando, habré continuado, abandonando, sin haber tenido nada, sin haber estado.

— Samuel Beckett, Relatos. Tradu. Félix de Azúa, Ana María Moix y Jenaro Talens. Tusquets: México, 2009., pp. 9-29 

lunes, 3 de febrero de 2014

PRIMER AMOR. Samuel Beckett




Asocio, para bien o para mal, mi matrimonio con la muerte de mi padre, en el tiempo. Que existan otras uniones, en otros aspectos, entre ambas cosas, es posible. Bastante difícil me resulta decir lo que creo saber.      Me acerqué, no hace mucho, a la tumba de mi padre, esto sí que lo sé, y me fijé en la fecha de su muerte, de su muerte tan sólo, porque la del nacimiento me era indiferente, aquel día. Salí por la mañana y regresé de noche, habiendo comido algo en el cementerio. Pero unos días más tarde, deseando saber a qué edad murió, tuve que volver a la tumba, para fijarme en la fecha de nacimiento. Estas dos fechas límite las tengo anotadas en un pedazo de papel, que conservo en mi poder. Y así es como estoy en condiciones de afirmar que debía de tener más o menos veinticinco años cuando me casé. Porque la fecha de mi nacimiento mío, eso he dicho, de mi nacimiento mío, no la he olvidado jamás, jamás me he visto obligado a apuntarla, ha quedado grabada en mi memoria, por lo menos la milésima, en cifras que la vida va a tener que sudar tinta para borrar. También el día, si hago un esfuerzo, lo encuentro, y lo celebro a menudo, a mi manera, no diré siempre que viene, no, porque viene demasiado a menudo, pero sí a menudo. 
     Personalmente no tengo nada contra los cementerios, me paseo por ellos muy a gusto, más a gusto que en otros sitios, creo, cuando me veo obligado a salir. El olor de los cadáveres, que percibo claramente bajo el de la hierba y el humus, no me desagrada. Quizá demasiado azucarado, muy pertinaz, pero cuan preferible al de los vivos, sobacos, pies, culos, prepucios sebosos y óvulos contrariados. Y cuando los restos de mi padre colaboran, tan modestamente como pueden, falta muy poco para que me salten las lágrimas. Ya pueden lavarse, los vivos, ya pueden perfumarse, apestan. Sí, como sitio para pasear, cuando uno se ve obligado a salir, dadme los cementerios y ya podéis iros a pasear, vosotros, a los jardines públicos, o al campo. Mi bocadillo, mi plátano, los como con más apetito sentado sobre una tumba, y si me vienen ganas de mear, y me vienen con frecuencia, puedo escoger. O bien me pierdo, las manos a la espalda, entre las losas, las rectas, las planas, las inclinadas, y mariposeo entre las inscripciones. Nunca me han decepcionado, las inscripciones, siempre hay tres o cuatro tan divertidas que me tengo que agarrar a la cruz, o a la estela, o al ángel, para no caerme. La mía, la compuse hace ya tiempo y sigo estando satisfecho, bastante satisfecho. Mis otros escritos, todavía no se han secado y ya me asquean, pero mi epitafio me sigue gustando. Ilustra un tema gramatical. Pocas esperanzas hay desgraciadamente de que jamás se alce por encima del cráneo que lo concibió, a menos de que el Estado se encargue. Pero para poderme exhumar será preciso primero encontrarme, y temo mucho que al Estado le sea tan difícil encontrarme muerto como vivo. Por tal razón me apresuro a consignarlo en este lugar, antes de que sea demasiado tarde:
Yace aquí quien tanto huía 
que también de ésta escaparía. 


     Hay una sílaba de más en el segundo y último verso, pero no tiene importancia, a mi modo de ver. Más que esto me perdonarán, cuando deje de existir. Luego con un poco de suerte se encuentra uno con un entierro de verdad, con vivos enlutados y a veces una viuda que quiere tirarse en la fosa, y casi siempre ese bonito cuento del polvo, aunque he podido comprobar que no hay nada menos polvoriento que esos agujeros, son por lo general de tierra muy especiosa, y el difunto tampoco tiene nada especialmente polvoriento, a menos de haber muerto carbonizado. Es bonita de todos modos, esa pequeña comedia con lo del polvo. Pero el cementerio de mi padre, no era mi favorito especialmente. Estaba demasiado lejos, en medio del campo, en el flanco de una colina, y además era muy pequeño, excesivamente pequeño. Además estaba, por decirlo así, lleno, unas cuantas viudas más y estaría repleto. Prefería con mucho Ohlsdorf, sobre todo por la zona de Linne, en tierra prusiana, con sus cuatrocientas hectáreas de cadáveres bien amontonados, a pesar de que yo no conocía a ninguno de ellos, de no ser al domador Hagenbeck, por su fama. Hay un león grabado sobre su losa, creo. La muerte debía tener cara de león, para Hagenbeck. Los autocares van y vienen, repletos de viudos, de viudas y huérfanos. Bosquecillos, grutas, estanques con cisnes, suministran consuelo a los afligidos. Era en el mes de diciembre, nunca he tenido tanto frío, no podía tragar la sopa de anguila, temí morir, me detuve para vomitar, les envidiaba. 
     Pero, para pasar ahora a un asunto menos triste, tras la muerte de mi padre tuve que dejar la casa. El era quien me quería en casa. Un hombre extravagante. Un día dijo, Dejadlo, no molesta a nadie. No sabía que yo le escuchaba. Tal pensamiento debía de expresarlo frecuentemente, pero las otras veces yo no estaba escuchando. Nunca quisieron enseñarme su testamento, me dijeron tan sólo que me había dejado tal dinero. En aquel momento pensé, y todavía lo creo hoy día, que había pedido, en su testamento, que me dejaran la habitación que yo ocupaba cuando él vivía, y que me llevaran algo de comer, como antaño. Puede que incluso ésa fuera la condición de la que dependía todo lo demás. Porque debía gustarle sentir que yo estaba en casa, de otro modo no se habría opuesto a que me echaran a la calle. A lo mejor sólo le daba pena. Pero no lo creo. Habría tenido que dejarme toda la casa, de ese modo me hubiese quedado tranquilo, y también los demás por otra parte, ya que les habría dicho, ¡Pero quédense ustedes, están en su casa! Era un caserón enorme. Sí, bien que le jodieron, a mi pobre padre, si pretendía seguir protegiéndome más allá de la tumba. En cuanto al dinero, seamos justos, me lo dieron enseguida, a la mañana siguiente a la inhumación. Es posible que les fuera materialmente imposible hacer otra cosa. Les dije, Quedaos ese dinero y dejadme continuar viviendo aquí, en mi habitación, como cuando vivía papá. Y añadí, Que Dios guarde su alma, con la esperanza de agradarles. 
Pero no quisieron. Les propuse ponerme a su disposición, algunas horas diarias, para los pequeños trabajos de mantenimiento que tan necesarios son en cualquier casa, si se quiere evitar que caiga hecha polvo. Hacer chapuzas es algo que todavía es posible, no sé por qué. Les propuse especialmente ocuparme del invernadero. Allí me hubiese pasado muy a gusto tres o cuatro horas diarias, en medio de aquel calor, cuidando tomates, claveles, jacintos, los semilleros. En aquella casa, sólo mi padre y yo entendíamos de tomates. Pero no quisieron. Un día, al volver del W.C., me encontré la puerta de mi cuarto cerrada con llave y todos mis trastos amontonados delante de la puerta. Debiera decirles a ustedes la clase de estreñimiento que tenía por esa época. Era la ansiedad lo que me estreñía, creo. ¿Pero era yo realmente un estreñido? No lo creo. Calma, calma. Y sin embargo debía serlo, porque ¿cómo explicar si no esas largas, esas atroces sesiones en los retretes, en el váter? No leía jamás, ni allí ni en otra parte, no soñaba ni reflexionaba, miraba vagamente un almanaque colgado de un clavo ante mis ojos, donde se veía la imagen en colores de un hombre joven y barbudo rodeado de corderos, debía tratarse de Jesús, separaba mis nalgas con las manos y empujaba, ¡Uno! ¡Ah! ¡Dos! ¡Ah!, con espasmos de remero, y sólo me quedaba un deseo, volver a mi cuarto y estirarme. Era estreñimiento, ¿verdad? ¿O lo confundo con la diarrea? Todo se mezcla en mi cabeza, cementerios, bodas y los distintos tipos de mierda. Mis cosas eran poco numerosas, las habían amontonado en el suelo, contra la puerta, todavía recuerdo el montoncito que formaban, en la especie de cavidad oscura que separaba el pasillo de mi cuarto. Fue en ese pequeño espacio cerrado por tres costados donde me vi obligado a cambiarme, quiero decir a cambiar mi batín y mi camisón por la vestimenta de viaje, quiero decir calcetines, zapatos, pantalón, camisa, chaqueta, abrigo y sombrero, espero que no he olvidado nada. Probé otras puertas, girando el pomo y empujando, antes de salir de casa, pero ninguna cedió. Si hubiese encontrado una habitación abierta creo que me habría atrincherado dentro, sólo con gases me hubieran hecho salir. Notaba la casa llena de gente, como siempre, pero no veía a nadie. Me parece que todo el mundo se había encerrado en su cubil, con la oreja presta. Y luego todos rápidamente a las ventanas, un tanto retirados, bien escondidos por los cortinajes, tras el ruido de la puerta de la calle al cerrarse a mi espalda, debiera haberla dejado abierta. Y ya las puertas se abren y sale todo el mundo, hombres, mujeres, niños, cada uno de su habitación, y las voces, los suspiros, las sonrisas, las manos, las llaves en las manos, un gran uf, y luego rememorar las consignas, si esto entonces aquello, pero si aquello entonces esto, un auténtico ambiente de fiesta, todo el mundo ha entendido, a comer, a comer, la habitación puede esperar. Todo esto es pura imaginación, naturalmente, ya que yo no estaba allí. Las cosas sucedieron de modo muy distinto a lo mejor, pero ¿qué importa cómo sucedan las cosas, desde el momento en que suceden? ¡Y todos aquellos labios que me habían besado, aquellos corazones que me habían amado (se 
ama con el corazón, ¿no?, ¿o lo confundo con otra cosa?), aquellas manos que habían jugado con las mías y aquellos espíritus que por poco me poseen! La gente es verdaderamente extraña. Pobre papá, debía de sentirse bien jodido aquel día, si podía verme, vernos, jodido por mi causa quiero decir. A menos que, en su gran sabiduría de desencarnado viera más lejos que su hijo, cuyo cadáver no estaba todavía completamente a punto. 
     Pero para pasar ahora a un asunto más alegre, el nombre de la mujer a la que me uní, al poco tiempo de lo de antes, el nombre de pila, era Lulu. Por lo menos así decía ella, y no veo qué interés podía tener en mentirme sobre aquello. Evidentemente, nunca se sabe. Como no era francesa, decía Loulou. También yo, como no era francés decía Loulou como ella. Ambos, decíamos Loulou. También me dijo su apellido, pero lo he olvidado. Debiera haberlo anotado, en un trozo de papel, no me gusta olvidar los nombres propios. La conocí en un banco, al borde del canal, de uno de los canales, porque nuestra ciudad tiene dos, aunque nunca aprendí a distinguirlos. Era un banco muy bien situado, adosado a un montón de tierra y detritus endurecidos, de manera que mi trasero estaba cubierto. También mis flancos, parcialmente, gracias a dos árboles venerables, e incluso muertos, que flanqueaban el banco de un lado y otro. Fueron sin duda esos árboles los que habían sugerido, un día en que se mecían con todas sus hojas, la idea del banco, a alguien. Delante, a algunos metros, el canal fluía, si es que los canales fluyen, yo no lo sé, lo que contribuía a que por aquel lado tampoco corriera el riesgo de ser sorprendido. Y sin embargo ella me sorprendió. Me había tumbado, hacía buen tiempo, miraba a través de las ramas desnudas, cuyos dos árboles se sostenían por encima de mi cabeza, y a través de las nubes, que no eran continuas, ir y venir un rincón de cielo estrellado. Hágame sitio, dijo ella. Mi primer impulso fue de marcharme, pero mi fatiga, y el hecho de no saber adonde ir, me impidieron seguirlo. De manera qué encogí un poco los pies bajo el culo y ella pudo sentarse. No pasó nada entre nosotros, aquella noche, y pronto se largó, sin haberme dirigido la palabra. Sólo cantó como para ella, y sin las palabras afortunadamente, algunas viejas canciones de la región, de un modo curiosamente fragmentario, saltando de una a otra, y volviendo a la que acababa de interrumpir antes de acabar la que la había desbancado. Tenía una voz desafinada pero agradable. Intuí un alma que se aburre pronto de todo y no acaba nunca nada, que es entre todas posiblemente la menos cabreante. Incluso del banco, pronto tuvo bastante, y en cuanto a mí, con un vistazo ya tuvo suficiente. Era realmente una mujer en extremo tenaz. Volvió al día siguiente y al otro y las cosas sucedieron más o menos del mismo modo. Quizás intercambiamos algunas palabras. Al siguiente día llovió y me creía a salvo, pero me equivocaba. Le pregunté si estaba entre sus proyectos el de venir a molestarme todas las noches. ¿Le molesto?, dijo. Me miraba sin duda. No debía ver gran cosa. Los dos párpados quizás, y un trozo de la nariz y de la frente, oscuramente, a causa de la oscuridad. Me parecía que estábamos a gusto, dijo. Usted me molesta, dije, no puedo estirarme cuando se sienta ahí. Hablaba desde el cuello de mi abrigo y sin embargo me oía. ¿Todo lo que quiere es estirarse?, dijo. Es una grave equivocación, dirigirle la palabra a la gente. Pues basta con que ponga sus pies sobre mis rodillas, dijo. No me lo hice repetir. Noté bajo mis pobres pantorrillas sus muslos rebosantes. Empezó a acariciarme los tobillos. ¿Y si le diera una patada en el coño?, me dije. Le dices a alguien algo sobre estirarse y enseguida ven un cuerpo extendido. Pero lo que a mí me interesaba, rey sin súbditos, aquello de lo que la disposición de mi osamenta no era sino el más lejano y fútil reflejo, era la supinación cerebral, el adormecimiento de la idea de yo y de la idea de ese pequeño residuo de bagatelas venenosas a las que llaman no-yo, e incluso el mundo, por pereza. Pero a los veinticinco años se le empina todavía, al hombre moderno, también físicamente, de vez en cuando, es el patrimonio de todos, yo mismo no lo podía evitar si es que a eso se le puede llamar empinarse. Ella lo notó como es natural, las mujeres huelen un falo al aire libre a más de diez kilómetros y se preguntan, ¿Cómo ha podido verme, éste? Ya no se es uno mismo, en tales condiciones, y es desgraciado no ser uno mismo, todavía más desgraciado que serlo, a pesar de lo que se dice. Porque mientras uno es se puede hacer algo, para serlo menos, pero cuando ya no se es se es cualquier cosa, y ya no hay modo de atenuarse. Eso que llaman el amor es el exilio, con una postal del país de vez en cuando, he aquí mis sentimientos de esta noche. Cuando ella terminó, y mi yo mío, domesticado, se fue reconstruyendo con la ayuda de una breve inconsciencia, me encontré solo. Me pregunto si todo esto no es más que una invención, y si en realidad las cosas no sucedieron de un modo totalmente distinto, según un esquema que he debido olvidar. Y sin embargo la imagen de ella ha quedado unida a la del banco, para mí, no la del banco nocturno, sitio el de la tarde, de manera que hablar del banco, tal como se me presentaba por las tardes, es como hablar de ella, para mí. Esto no prueba nada, pero yo no quiero probar nada. En lo que respecta al banco diurno, no merece la pena hablar de ello, no estaba nunca, lo abandonaba muy temprano y no volvía hasta entrada la tarde. Sí, durante el día me dedicaba a buscar comida, y localizar asilos. Si me preguntan ustedes, y desde luego lo están deseando, qué había hecho del dinero que mi padre me había dejado, les diré que no había hecho nada, lo llevaba en el bolsillo. Porque sabía que no sería siempre joven, y que el verano no dura eternamente, ni incluso el otoño, mi alma burguesa me lo decía. Finalmente le dije que estaba harto. Me molestaba enormemente, incluso ausente. Y todavía me molesta por otra parte, pero sólo del mismo modo que todo lo demás. Además ya no me importa, en la actualidad, ser molestado, o muy poco, qué quiere decir, ser molestado, incluso es necesario que lo sea, he cambiado de sistema, sigo la martingala, voy por la novena o por la décima, y luego todo termina rápidamente, las molestias, los arreglos, pronto no hablaremos más, ni de ella ni de los otros, ni de la mierda ni del cielo. ¿Entonces no quiere que vuelva?, dijo. Es increíble cómo la gente repite lo que uno acaba de decirles, como si temieran la hoguera si dan crédito a sus oídos. Le dije que viniese de vez en cuando. Conocía muy mal a las mujeres por aquel entonces. Sigo sin conocerlas por otra parte. Ni a los hombres. Ni a los animales. Lo que menos desconozco, son mis sufrimientos. Los pienso todos, cada día, se hace rápido, el pensamiento es tan rápido, pero no todos vienen del pensamiento. Sí, hay algunas horas, al principio de la tarde sobre todo, en que me siento sincretista, a la manera de Reinhold. Vaya equilibrio. Y encima también los conozco mal, mis sufrimientos. Eso debe de ser que no soy sólo sufrimiento. He aquí la astucia. Entonces me alejo, hasta el asombro, hasta la admiración de otro planeta. Raramente, pero con eso basta. Ninguna bobada, la vida. No ser más que puro sufrimiento, ¡cómo simplificaría las cosas! ¡Ser doliente puro! Pero eso sería competencia, y desleal. Ya se los contaré a ustedes de todos modos, un día, si me acuerdo, y puedo, mis raros sufrimientos, detalladamente, y distinguiéndolos con cuidado, para mayor claridad. Les contaré los del entendimiento, los del corazón o afectivos, los del alma (bellísimos, los del alma), y luego los del cuerpo, los internos u ocultos primero, luego los de la superficie, empezando por los cabellos y descendiendo metódicamente y sin apresurarme hasta los pies, centro de los callos, calambres, juanetes, uñeros, sabañones, hongos y otras extravagancias. Y a los que sean tan amables que me escuchen les diré al mismo tiempo, conforme a un sistema cuyo autor he olvidado, los instantes en que, sin estar drogado, ni borracho, ni en éxtasis, no se siente nada. Entonces naturalmente ella quería saber lo que yo entendía por de vez en cuando, vean a lo que uno se arriesga, abriendo la boca. ¿Cada ocho días? ¿Cada diez días? ¿Cada quince días? Le dije que viniera menos veces, muchas menos veces, que no viniera en absoluto de ser posible, y que si eso no era posible que viniera las menos veces posibles. Por otra parte al día siguiente abandoné el banco, menos a causa de ella debo decirlo que a causa del banco, cuya situación ya no respondía a mis necesidades, tan modestas sin embargo, ya que los primeros fríos comenzaban a hacerse sentir, y por otras razones de las que sería ocioso hablar, a gilipollas como ustedes, y me refugié en un establo de vacas abandonado que había localizado en el curso de mis paseos. Estaba situado en el ángulo de un campo que mostraba en su superficie más ortigas que hierba y más barro que ortigas, pero cuyo subsuelo poseía posiblemente propiedades remarcables. Fue en ese establo, lleno de boñigas secas y huecas que se hundían con un suspiro cuando las tocaba con el dedo, donde por primera vez en mi vida, y diría gustosamente por última si tuviese bastante morfina al alcance de mi mano, tuve que defenderme contra un sentimiento que se atribuía poco a poco, en mi espíritu helado, el horroroso nombre de amor. Lo que hace encantador a nuestro país, aparte por supuesto del hecho de que esté medio despoblado, a pesar de la imposibilidad de procurarse el más mínimo preservativo, es que todo está abandonado menos las viejas deposiciones de la historia. Estas son recogidas encarnizadamente, son conservadas y paseadas en procesión. En cualquier lugar donde el tiempo haya producido una hermosa palomina repugnante ustedes encontrarán a nuestros patriotas, en cuclillas, resoplando, el rostro encendido. Es el paraíso de los desalojados. Esta es finalmente la explicación de mi felicidad. Todo invita a la prosternación. No veo relación alguna entre estas observaciones. Pero que hay una, e incluso varias, es algo que no puede dudarse, a mi entender. ¿Pero cuáles? Sí, la amaba, es el nombre que daba, que doy todavía por desgracia, a lo que hacía, en aquella época. No tenía ninguna preparación para ello, no habiendo amado nunca anteriormente, pero había oído hablar de la cosa, naturalmente, en casa, en la escuela, en el burdel, en la iglesia, y había leído novelas, en prosa y en verso, bajo la dirección de mi tutor, en inglés, en francés, en italiano, en alemán, en las que se trataba ampliamente el tema. Por lo tanto estaba preparado por lo menos a darle un nombre a lo que hacía, cuando me veía a mí mismo repentinamente escribiendo el nombre de Lulu sobre una vieja boñiga de becerra, o cuando tumbado en el barro a la luz de la luna intentaba arrancar las ortigas sin romperles el tallo. Eran ortigas gigantes, algunas medían un metro de altura, las arrancaba, aquello me consolaba, y eso que no está en mi naturaleza arrancar las malas hierbas, al contrario, les echaría estiércol por toneladas si tuviera. Las flores, es otra cosa. El amor le vuelve a uno malo, es un hecho comprobado. ¿Pero de qué amor se trataba, exactamente? ¿De un amor pasional? No lo creo. Porque el amor pasional es el de los sátiros, ¿no? ¿O lo confundo con otra variedad? Hay tantas, ¿verdad? A cuál más bella, ¿verdad? El amor platónico, he aquí otro del que me acuerdo repentinamente. Es desinteresado. ¿Es posible que la amara platónicamente? Me cuesta creerlo. ¿Acaso habría trazado su nombre sobre viejas mierdas de vaca si la hubiese amado con un amor puro y desinteresado? ¿Y encima con el dedo, que luego me chupaba? Veamos, veamos. Pensaba en Lulu, y si con eso no está todo dicho ya he dicho bastante, a mi entender. Además ya estoy harto de este nombre Lulu y le voy a dar otro, esta vez de una sola sílaba, Anne, por ejemplo, no es de una sílaba pero me da igual. De manera que pensaba en Anne, yo que había aprendido a no pensar en nada, de no ser en mis sufrimientos, muy rápido, luego en las medidas a tomar para no morir de hambre, o de frío, o de vergüenza, pero jamás y con ningún pretexto en los seres vivos en cuanto tales (me pregunto qué querrá decir esto), a pesar de todo lo que pueda haber dicho, o que pueda llegar a decir, sobre este tema. Porque siempre he hablado, siempre hablaré de cosas que nunca han existido, o que han existido si ustedes lo prefieren, y que existirán siempre probablemente, pero sin la existencia que yo les concedo. Los quepis, por ejemplo, existen, y pocas esperanzas hay de que desaparezcan, pero yo nunca he llevado quepis. En algún sitio he escrito, Me dieron... un sombrero. Sin embargo jamás «me» dieron un sombrero, siempre he conservado el mío, el que mi padre me dio, y nunca tuve otro sombrero más que éste. Me acompañó en la muerte, además. Entonces pensaba en Anne, mucho, mucho, veinte minutos, veinticinco minutos, y hasta media hora al día. Llego a estas cifras sumando otras cifras más pequeñas. Esa debía de ser mi manera de amar. ¿Debo concluir que la amaba con ese amor intelectual que ya me ha hecho decir tantas memeces, en otro lugar? No puedo creerlo. Ya que, de haberla amado de ese modo, ¿acaso me habría divertido trazar la palabra Anne sobre inmemoriales excrementos bovinos? ¿Arrancar ortigas a manos llenas? ¿Y habría sentido bajo mi cráneo palpitar sus muslos, como dos travesaños posesos? Para terminar, para intentar terminar, con esta situación, fui una noche al lugar donde se encontraba el banco, a la hora en que en otras ocasiones ella había acudido a reunirse conmigo. No estaba y esperé en vano. Era el mes de diciembre ya, de no ser el de enero, y el frío estaba en su estación, es decir muy bien, muy justo, perfecto, como todo lo que se da en su estación. Pero de regreso al establo no tardé en concebir una argumentación que me aseguró una noche excelente y que se basaba en el hecho de que la hora oficial tiene tantos modos de inscribirse, en el aire y en el cielo, también en el corazón, como días tiene el año. Al día siguiente pues me dirigí al banco mucho antes, mucho más temprano, justo en el inicio de la noche propiamente dicha, pero de todos modos demasiado tarde, porque ella ya estaba allí, en el banco, bajo las ramas crujientes de hielo, ante el agua glacial. Ya les dije que se trataba de una mujer excesivamente tenaz. El túmulo estaba blanco de escarcha. No sentí nada. ¿Qué interés podía inducirla a perseguirme de aquel modo? Se lo pregunté, sin sentarme, yendo y viniendo y golpeando los pies. El frío había abollado el camino. Ella dijo que no lo sabía. ¿Qué podía ver en mí? Le pedí que me respondiera, si podía. Respondió que no podía. Parecía cálidamente abrigada. Tenía las manos metidas en un manguito. Recuerdo que a la vista del manguito me puse a llorar. Y sin embargo he olvidado el color. Aquello iba mal. Siempre he llorado fácilmente, sin conseguir jamás el menor beneficio, hasta hace muy poco. En la actualidad si me viera obligado a llorar ya podría joderme vivo que no conseguiría sacar ni una miserable gota, lo creo de verdad. Sienta mal. Eran las cosas lo que me hacía llorar. Y eso que no tenía ninguna preocupación. Y cuando me sorprendía a mí mismo llorando sin causa aparente, era porque había visto algo, sin darme cuenta. De manera que me pregunto si era verdaderamente el manguito lo que me hacía llorar, aquella noche, o si no sería el sendero, cuya dureza y cuyas abolladuras me habrían recordado los pavimentos, o cualquier otra cosa, una cosa cualquiera que habría visto, sin darme cuenta. La veía por así decirlo por primera vez. Estaba completamente acurrucada y arropada, la cabeza inclinada, el manguito con las manos en el regazo, las piernas juntas la una contra la otra, los talones en el aire. Era informe, sin edad, casi sin vida, podía ser una anciana o una niña. Y ese modo de responder, No sé, No puedo. Sólo yo no sabía ni podía. ¿Es por mí por quien ha venido usted?, dije. Sí, dijo ella. Bueno, pues ya estoy aquí, dije. ¿Y yo, no era por ella por lo que había ido? Aquí estoy, aquí estoy, me dije. Me senté a su lado pero volví a levantarme inmediatamente, de un salto, como bajo el efecto de un hierro candente. Tenía ganas de irme, para saber si ya se había terminado aquello. Pero para mayor seguridad, antes de irme, le pedí que me cantara una canción. Al principio creí que ella rehusaría, quiero decir simplemente que no cantaría, pero no, tras un momento se puso a cantar, y cantó un buen rato, siempre la misma canción creo, sin cambiar de postura. Yo no conocía la canción, nunca la había oído y nunca más volvería a oírla. Sólo recuerdo que trataba de limoneros, o naranjos, no sé muy bien, y para mí ya es un éxito, haber retenido que trataba de limoneros, o naranjos, porque de otras canciones que he oído a lo largo de mi vida, y he oído montones, porque es materialmente imposible se diría hasta vivir, incluso tal y como yo vivía, sin oír cantar a menos de ser sordo, no he retenido nada, ni una palabra, ni una nota, o tan pocas palabras, tan pocas notas, que, que qué, que nada, esta frase ya ha durado bastante. Luego me fui y mientras me alejaba oí que cantaba otra canción, o quizá la continuación de la misma, con una voz débil y que se debilitaba cada vez más a medida que me alejaba, y que finalmente cesó, sea porque dejó de cantar, sea porque yo estaba demasiado lejos como para oírla. No me gustaba quedar en esa incertidumbre, por aquella época, yo vivía en la incertidumbre naturalmente, de la incertidumbre, pero aquellas pequeñas incertidumbres, de orden físico como se dice, prefería sacármelas de encima inmediatamente, podían atormentarme como tábanos, durante semanas. De modo que di unos pasos atrás y me detuve. Al principio no oía nada, luego oí la voz, a duras penas, tan débil me llegaba. No la oía, y luego la oía, por lo tanto debí empezar a oírla en un momento determinado, y sin embargo no, no hubo comienzo, hasta tal punto había salido suavemente del silencio y hasta tal punto se le parecía. Cuando la voz calló por fin di algunos pasos hacia ella, para estar seguro de que había terminado y no simplemente bajado de tono. Luego desesperándome, diciéndome, Cómo saber, a menos de estar a su lado, inclinado sobre ella, di media vuelta y me fui, de veras, lleno de incertidumbre. Pero unas semanas más tarde, más muerto que vivo, todavía volví al banco, era la cuarta o la quinta vez desde que la había abandonado, a la misma hora más o menos, quiero decir más o menos bajo el mismo cielo, no, tampoco es eso, porque siempre es el mismo cielo y nunca es el mismo cielo, cómo explicar esto, no lo explicaré, se acabó. Ella no estaba. Pero de golpe allí estaba, no sé cómo, no la vi venir, ni la oí venir, y eso que estaba alerta. Digamos que llovía, eso nos cambiará, un poco. Se cobijaba bajo un paraguas, naturalmente, debía tener un vestuario fabuloso. Le pregunté si venía todas las tardes. No, dijo, sólo de vez en cuando. El banco estaba demasiado húmedo para osar sentarse. Caminábamos de arriba abajo, la tomé del brazo, por curiosidad, para ver si me daba gusto, pero no me daba ningún gusto, de manera que la dejé. ¿Y por qué estos detalles? Para retardar el desenlace. Veía un poco mejor su rostro. La encontré normal, su cara, una cara como hay millones. Bizqueaba, pero esto no lo supe hasta más tarde. No parecía ni joven ni vieja, su cara, estaba como suspendida entre la frescura y el marchitamiento. Yo soportaba mal, en esa época, este tipo de ambigüedad. En cuanto a saber si era bella, su cara, o si había sido bella, o si tenía probabilidades de volverse bella, confieso que me vi incapaz. He visto caras en algunas fotos que quizás hubiera podido calificarlas de bellas, de haber tenido algunas nociones sobre la belleza. Y el rostro de mi padre, en el lecho de muerte, me había hecho entrever la posibilidad de una estética de lo humano. Pero los rostros de los vivos, siempre haciendo muecas, con la sangre a flor de piel, ¿podían considerarse objetos? Yo admiraba, a pesar de la oscuridad, a pesar de mi turbación, el modo que tiene el agua inmóvil o que se desliza suavemente, de levantarse hacia la que cae, como sedienta. Me preguntó si quería que me cantara alguna cosa. Respondí que no, que prefería que me dijera alguna cosa. Creí que me diría que no tenía nada que decirme, eso hubiera concordado con su carácter. Por lo tanto me sorprendió agradablemente oírle decir que tenía un cuarto, me sorprendió muy 
agradablemente. Por otra parte ya me lo sospechaba. ¿Quién no tiene un cuarto? ¡Ah, oigo el clamor! Tengo dos habitaciones, dijo. ¿Cuántas habitaciones tiene, exactamente?, dije. Dijo que tenía dos habitaciones y una cocina. Aquello aumentaba cada vez. Acabaría por recordar un baño. ¿Son dos las habitaciones que ha mencionado?, dije. Sí, dijo. ¿Una al lado de la otra?, dije. Por fin un tema de conversación digno de tal nombre. La cocina está en medio, dijo. Le pregunté que por qué no me lo había dicho antes. Créanme que estaba fuera de mí, en esa época. No estaba a gusto a su lado, salvo que me sentía libre de pensar en cualquier otra cosa que no fuera ella, y eso ya era extraordinario, en las viejas cosas ya experimentadas, una tras otra, y así poco a poco en nada, como por escalones descendentes hacia un agua profunda. Y sabía que abandonándola perdería esta libertad. 
     Eran en efecto dos habitaciones, separadas por una cocina, no me había mentido. Dijo que yo debía haber ido a buscar mis cosas. Le expliqué que no tenía cosas. Estábamos en lo alto de una casa vieja y desde las ventanas se podía ver la montaña, los que quisieran. Encendió una lámpara de petróleo. ¿No tiene electricidad?, dije. No, dijo, pero tengo agua corriente y gas. Mira por dónde, dije, tiene usted gas. Empezó a desnudarse. Cuando no saben qué hacer, se desnudan, y sin duda es lo mejor que pueden hacer. Se lo quitó todo, con una lentitud capaz de impacientar a un elefante, excepto las medias, destinadas sin duda a llevar hasta el máximo mi excitación. Entonces fue cuando me di cuenta de que bizqueaba. Afortunadamente no era la primera vez que veía una mujer desnuda, de modo que pude quedarme, sabía que ella no iba a explotar. Le dije que tenía ganas de ver la otra habitación, porque todavía no la había visto. De haberla visto le habría dicho que tenía ganas de volverla a ver. ¿No se desnuda?, dijo. Oh, sabe usted, dije, no suelo desnudarme con frecuencia. Era verdad, nunca he sido un hombre dispuesto a desnudarme a la menor ocasión. Solía quitarme los zapatos cuando me acostaba, quiero decir cuando me disponía (¡disponía!) a dormir, y luego la ropa exterior según la temperatura. Se vio por tanto obligada, bajo pena de mostrarse poco acogedora, a cubrirse con una bata y acompañarme, con la lámpara en la mano. Pasamos por la cocina. También habríamos podido pasar por el corredor, me di cuenta luego, pero pasamos por la cocina. No sé por qué. Quizá fuera el camino más rápido. Miré la habitación horrorizado. Una tal densidad de muebles sobrepasa cualquier imaginación. Y era que ya la había visto yo en alguna parte, aquella habitación. ¿Qué habitación es ésta?, Es el salón, dijo. El salón. Empecé a sacar muebles por la puerta que daba al corredor. Ella me miraba. Estaba triste, por lo menos así lo supongo, porque en el fondo no lo sé. Me preguntó qué hacía, pero sin esperar una respuesta creo. Los saqué uno tras otro, e incluso de dos en dos, y los amontoné en el pasillo, contra la pared del fondo. Había centenares, grandes y pequeños. Al final llegaban hasta la puerta, de manera que no se podía salir de la habitación, ni con mayor razón entrar en ella, por allí. Se podía abrir la puerta y volver a cerrarla, dado que se abría hacia el interior, pero se había vuelto infranqueable. Una hermosísima palabra, infranqueable. Quítese el sombrero por lo menos, dijo. Ya les hablaré de mi sombrero en otra ocasión quizá. Ya no quedaba en la habitación finalmente más que una especie de sofá y algunas estanterías clavadas en la pared. El sofá lo arrastré hasta el fondo de la pieza, cerca de la puerta, y las estanterías las arranqué al día siguiente y las puse fuera, en el pasillo, con el resto. Al arrancarlas, extraño recuerdo, oí la palabra fibroma o fibrona, no sé cuál, nunca lo he sabido, no sabía lo que quería decir y nunca tuve la curiosidad de averiguarlo. ¡De lo que se acuerda uno! ¡Y lo que uno cuenta! Cuando todo estuvo en orden me dejé caer en el sofá. Ella no había levantado un dedo para ayudarme. Le traigo mantas y sábanas, dijo. Pero sábanas, no quise ni una. ¿Querrá usted cerrar las cortinas?, dije. La ventana estaba cubierta de escarcha. No es que diese mucha claridad, a causa de la noche, pero resultaba un poco luminoso de todos modos. Ya podía yo acostarme con los pies hacia la puerta, que aquello me molestaba, aquella débil y fría claridad. De pronto me levanté y cambié la disposición del sofá, es decir que el respaldo largo, que antes había puesto pegado a la pared, lo saqué hacia el exterior. Era el lado abierto, el embarcadero, lo que ahora daba a la pared. Luego salté en su interior, como un perro en su canasta. Le dejo la lámpara, dijo, pero le rogué que se la llevara. ¿Y si necesita algo por la noche?, dijo. Iba a empezar a discutillear, me lo temía. ¿Sabe dónde está el retrete?, dijo. Tenía razón, no me había dado cuenta. Aliviarse en la cama, es una delicia en los primeros momentos, pero luego empiezan las incomodidades. Déme un orinal, dije. He amado mucho, bueno amado bastante, durante largo tiempo, la palabra orinal, me recordaba a Racine o a Baudelaire, ya no sé cuál de los dos, o a los dos quizá, sí, lo lamento, tenía mis lecturas, y por ellas llegaba donde el verbo toma asiento, esto parece Dante. Pero ella no tenía orinal. Tengo una especie de silla perforada, dijo. Yo imaginaba a la abuela sentada allí encima, rígida como una estaca y orgullosa, acababa de comprarla, perdón, de adquirirla, en una fiesta benéfica, en una tómbola quizás, era una pieza de época, la estrenaba, o más bien lo intentaba, casi hubiera deseado que la vieran. Retardemos, retardemos. Pues déme un simple recipiente, dije, no tengo disentería. Volvió con una especie de cacerola, no era una cacerola de verdad porque no tenía mango, era oval y tenía dos asas y una tapa. Es el puchero, dijo. No necesito la tapa, dije. ¿No necesita la tapa?, dijo. Si hubiera dicho que necesitaba la tapa ella hubiera dicho, ¿Necesita la tapa? Puse el utensilio bajo las mantas, me gusta tener algo a mano cuando duermo, así tengo menos miedo, mi sombrero todavía estaba empapado. Me volví hacia la pared. Tomó la lámpara de encima de la chimenea donde la había dejado, precisemos, precisemos, por encima de mí gesticulaba su sombra, creí que iba a dejarme, pero no, vino a inclinarse sobre mí, por encima del respaldo. Todo esto son recuerdos de familia, dijo. En su lugar yo me habría ido de puntillas. Pero ella no se movió. Lo esencial es que ya empezaba a dejarla de amar. Sí, ya me sentía mejor, casi presto al ataque de los lentos descensos hacia las largas inmersiones de las que me había visto privado tanto tiempo, por su culpa. Y acababa de llegar. Pero antes que nada dormir. Intente ahora echarme a la calle, dije. Me pareció que el significado de estas palabras, e incluso el ruidito que hicieron, no se me hacía consciente hasta al cabo de algunos segundos después de pronunciarlas. Tenía tan poca costumbre de hablar que de vez en cuando ocurría que se me escapaban, por la boca, una serie de frases impecables desde el punto de vista gramatical pero enteramente desprovistas, no diré de significado, porque bien examinadas sí tenían alguno, y a veces varios, pero de fundamento. Pero el ruido, siempre lo oía, a medida que lo iba haciendo. Aquella vez era la primera en que mi voz me llegaba tan lentamente. Me volví de espaldas, para ver lo que pasaba. Ella sonreía. Al poco rato se fue, llevándose la lámpara. La oí atravesar la cocina y cerrar tras ella la puerta de su cuarto. Estaba solo al fin, en la oscuridad al fin. No diré nada más. Me creí dirigido hacia una noche maravillosa, a pesar de la extravagancia del lugar, pero no, mi noche fue extremadamente agitada. Me desperté por la mañana extenuado, mis ropas en desorden, las mantas también, y Anne a mi lado, desnuda naturalmente. ¡Lo que se habría esforzado! Yo seguía con el puchero en la mano. Miré en su interior. No lo había utilizado. Me miré el sexo. Ojalá hubiera podido hablar. No diré nada más. Fue mi noche de amor. 
     Poco a poco mi vida se organizó, en aquella casa. Me traía la comida a las horas que yo le había indicado, venía de vez en cuando a comprobar que estaba bien y que no necesitaba nada, vaciaba el puchero una vez al día y hacía la habitación una vez al mes. No siempre resistía la tentación de hablarme, pero de un modo general no tenía por qué quejarme de ella. La oía de vez en cuando cantar en su cuarto, la canción atravesaba la puerta de su cuarto, luego la cocina, luego la puerta de mi cuarto y llegaba así hasta mí débil pero indiscutible. A menos de que pasara por el pasillo. No me molestaba demasiado, oír cantar de vez en cuando. Un día le pedí que me trajera un jacinto, vivo, en un tiesto. Me lo trajo y lo puso sobre la chimenea. Ya no había otro lugar, en mi habitación, más que la chimenea, para poner objetos, a menos de ponerlos en el suelo. Lo miraba todos los días, mi jacinto. Era rosado. Yo lo hubiera preferido azul. Al principio iba muy bien, incluso tuvo algunas flores, luego capituló, y pronto no fue más que un tallo fláccido entre hojas llorosas. El bulbo, medio salido de la tierra, como para buscar oxígeno, olía mal. Anne quería arrancarlo, pero le dije que lo dejara. Quería comprarme otro pero le dije que no quería otro. Lo que más me molestaba, eran unos ruiditos, unas risitas y gemidos, que llenaban el piso sordamente a determinadas horas, tanto de día como de noche. Ya no pensaba en Anne, nada en absoluto, pero tenía de todos modos necesidad de silencio para poder vivir mi vida. Ya podía yo razonar, decirme que el aire está hecho para acarrear ruidos del mundo, y que las risas y los gemidos entraban forzosamente en ese traslado, no me calmaba lo más mínimo. No llegaba nunca a determinar si se trataba siempre del mismo tipo o si había varios. ¡Las risitas y gemidos se parecen tanto, entre sí! Tenía tal horror, en esta época, a esas perplejidades miserables que cada vez me engañaba, quiero decir que intentaba tener la conciencia tranquila. He tardado mucho tiempo, toda la vida por así decirlo, en comprender que el color de un ojo entrevisto, o la procedencia de un ruidito lejano, están más cerca de Giudecca, en el infierno de las ignorancias, que la existencia de Dios, o la génesis del protoplasma, o la existencia del ser, y exigen mucha más sabiduría de la que devuelven. Es un poco abusivo, toda una vida, para llegar a esta consoladora conclusión, no le queda a uno tiempo de aprovecharla. Estaba por lo tanto muy avanzado, tras interrogarla, cuando me dijo que se trataba de clientes que recibía por turno. Podría naturalmente haberme levantado e ir a mirar por la cerradura, suponiendo que no estuviese obturada, ¿pero qué puede verse, por esos agujeros? ¿Entonces, usted vive de la prostitución?, dije. Vivimos de la prostitución, respondió. ¿No podría pedirles que hicieran un poco menos de ruido?, dije, como si creyera lo que acababa de decirme. Añadí, ¿O bien otro tipo de ruido? Tienen que jadear, dijo. Me veré obligado a irme, dije. Buscó lienzos espesos en la leonera familiar y los clavó delante de nuestras puertas, la mía y la suya. Le pregunté si no habría modo, de vez en cuando, de comer un boniato. ¡Un boniato!, exclamó, como si hubiera expresado deseos de comer recién nacidos hebreos. Le dije que la estación de los boniatos estaba acabando y que si, de aquí a entonces, podía hacer que no comiese otra cosa que boniatos se lo agradecería de corazón. ¡Nada más que boniatos!, exclamó. Los boniatos tienen un gusto a violetas, para mí. Me gustan los boniatos porque tienen gusto de violetas y las violetas porque tienen el perfume de los boniatos. Si no hubiera boniatos sobre la tierra no me gustarían las violetas y si no existiesen violetas los boniatos me serían tan indiferentes como los nabos o los rábanos. E incluso dado el actual estado de la flora, quiero decir en este mundo en que boniatos y violetas encuentran el modo de coexistir, podría pasarme fácilmente, muy fácilmente, de unos y de otras. Un día tuvo los cojones de decirme que estaba encinta, y además de cuatro o cinco meses, por obra mía. Se puso de perfil y me invitó a mirar su vientre. Se desnudó incluso, sin duda para probarme que no escondía un cojín bajo la falda, y también evidentemente por el puro placer de desnudarse. Puede ser una simple hinchazón, dije, para reconfortarla. Me miraba con sus grandes ojos de los que olvido el color, con su gran ojo mejor dicho, porque el otro estaba dirigido aparentemente hacia los restos del jacinto. Cuanto más desnuda estaba, más estrábica era. Mire, dijo, curvándose sobre sus senos, la areola ya se oscurece. Reuní mis últimas fuerzas y le dije, Aborte, aborte, de ese modo ya no se oscurecerá más. Había abierto las cortinas para no dejar que se perdiera nada de sus diversas redondeces. Vi la montaña, impasible, cavernosa, secreta, en la que de la mañana a la noche no oiría más que el viento, los chorlitos y los lejanos golpecitos metálicos de los martillos de los talladores de granito. Saldría durante el día a la cálida maleza, a la retama perfumada y salvaje, y por la noche vería las luces distantes de la ciudad, si quería, y las otras luces, las de los faros y los barcos piloto, que mi padre me había enseñado, cuando yo era pequeño, y cuyos nombres recobraría, en mi memoria, si quería, lo sabía. A partir de ese día las cosas anduvieron mal, en aquella casa, para mí, cada vez peor, no porque ella me descuidara, nunca hubiera podido descuidarme lo suficiente, sino en el sentido de que venía a asesinarme con nuestro niño, enseñándome su vientre y sus senos y diciéndome que iba a nacer de un momento a otro, que ya notaba las patadas. Si da patadas, dije, es que no es mío. No es que hubiese estado mal en aquella casa, eso es cierto, no era el ideal evidentemente, pero no subestimaba las ventajas. Dudaba si partir o no, las hojas empezaban a caer, tenía miedo del invierno. No hay que temer al invierno, también él tiene sus ventajas, su nieve mantiene cálido y ensordecido el tumulto, y sus días cárdenos acaban pronto. Pero yo no sabía todavía, en aquella época, hasta qué punto la tierra puede ser amable para los que no tienen otra cosa, y cuántas sepulturas pueden allí encontrarse, vivo. Lo que acabó conmigo, fue el nacimiento. Fui despertado. ¡Qué podía pasarle al niño! Creo que había otra mujer con ella, me parecía oír de vez en cuando unos pasos en la cocina. Me daba remordimientos, abandonar una casa sin que me expulsaran. Me encaramé por encima del respaldo del sofá, me puse la chaqueta, el abrigo y el sombrero, no olvidé nada, anudé mis cordones y abrí la puerta que daba al pasillo. Un montón de trastos me cerraba el camino, pero pasé de todos modos, escalando, rompiendo, con estruendo. Antes hablé de matrimonio, fue por lo menos una especie de unión. No tuve por qué preocuparme, los berridos desafiaban toda competencia. Debía ser su primer parto. Me persiguieron hasta la calle. Me detuve ante la puerta de la casa y presté oído. Seguía oyéndolos. Si no hubiese sabido que en la casa alguien chillaba quizá no los hubiese oído. Pero sabiéndolo los oía perfectamente. No sabía muy bien dónde estaba. Busqué, entre las estrellas y constelaciones, los carros, pero no los pude hallar. Y sin embargo por allí debían estar. Mi padre fue el primero en mostrármelos. También me enseñó otras, pero solo y sin él únicamente he sabido encontrar los carros. Me puse a jugar con los gritos un poco como había jugado con la canción, avanzando, deteniéndome, avanzando, deteniéndome, si es que a eso se le puede llamar juego. Mientras caminaba no los oía, gracias al ruido de mis pasos. Pero en cuanto me detenía los volvía a oír, cada vez más débiles ciertamente, ¿pero qué importa que un grito sea fuerte o flojo? Lo importante es que pare. Durante años creí que iban a parar. Ahora ya no lo creo. Me hubieran hecho falta otros amores, quizá. Pero el amor, eso no se hace por encargo. 

1945

— Samuel Beckett, Relatos. Tradu. Félix de Azúa, Ana María Moix y Jenaro Talens. Tusquets: México, 2009., pp. 9-29 


lunes, 13 de enero de 2014

PABLO DEL VALLE EN LA FERIA DEL LIBRO. Roberto Bolaño

Pablo del Valle, Feria del Libro, Madrid, julio de 1994. Voy a contarles algo acerca del honor de los poetas. Hubo una época en que yo no tenía dinero ni tenía el nombre que ahora tengo: estaba en el paro y me llamaba Pedro García Fernández. Pero tenía talento y era amable. Conocí a una mujer. Conocí a muchas mujeres, pero sobre todo conocí a una mujer. Esta mujer, cuyo nombre es preferible dejar en el anonimato, se enamoró de mí. Ella trabajaba en Correos. Era funcionaría de Correos, decía yo cuando los amigos me preguntaban qué hacía mi mujer. En realidad eso era un eufemismo para no decir que ella era cartera. Vivimos juntos durante un tiempo. Por las mañanas mi mujer salía a trabajar y no regresaba hasta las cinco de la tarde. Yo me levantaba cuando oía el leve ruido que hacía la puerta al cerrarse (ella era delicada con mi descanso) y me ponía a escribir. Escribía sobre cosas elevadas. Jardines, castillos perdidos, cosas así. Después, cuando me cansaba, leía. Pío Baroja, Unamuno, Antonio y Manuel Machado, Azorín. A la hora de comer, salía a la calle, a un restaurante en donde me conocían. Por la tarde, corregía. Cuando ella regresaba del trabajo solíamos hablar durante un rato, ¿pero de qué podía hablar un literato con una cartera? Yo hablaba de lo que había escrito, de lo que planeaba escribir: una glosa sobre Manuel Machado, un poema sobre el Espíritu Santo, un ensayo cuya primera frase era: a mí también me duele España. Ella hablaba de las calles que había recorrido y de las cartas que había repartido. Hablaba de los sellos, algunos rarísimos, y de las caras que había entrevisto en su larga mañana de repartidora de cartas. Después, cuando ya no aguantaba más, le decía adiós y me iba a vagabundear por los bares de Madrid. A veces acudía a presentaciones de libros. Más que nada por las copas gratis y por los canapés. Iba a la Casa de América y escuchaba a los orondos escritores hispanoamericanos. Iba al Ateneo y escuchaba a los satisfechos escritores españoles. Más tarde me reunía con amigos y hablábamos de nuestras obras o nos íbamos todos juntos a visitar al Maestro. Pero por sobre la chachara literaria yo seguía escuchando el ruido de los zapatos sin tacones de mi mujer que recorría su zona de reparto una y otra vez, silenciosa, arrastrando su bolsón amarillo o su carrito amarillo, eso dependía del grueso de la correspondencia a entregar, y entonces me desconcentraba, mi lengua, segundos antes ingeniosa, punzante, se volvía de trapo y me sumía en un hosco e involuntario silencio que los demás, incluido nuestro Maestro, solían interpretar, por suerte para mí, como una muestra de mi talante reflexivo, reconcentrado, filosófico. A veces, cuando volvía a casa a las tantas de la madrugada, me detenía en el barrio en el que ella solía trabajar y remedaba, simulaba, imitaba con gestos entre militares y fantasmales, su rutina diaria. Al final terminaba vomitando y llorando apoyado en un árbol, preguntándome a mí mismo cómo era posible que yo pudiera convivir con esa mujer. Nunca encontré respuestas o las que encontré no resultaban plausibles, pero lo cierto es que no la dejé. Vivimos juntos durante mucho tiempo. A veces, en un alto en la escritura y para consolarme, me decía que peor hubiera sido que fuera carnicera. Yo hubiera preferido, más que nada por seguir la moda, que fuera policía. Policía era mejor que cartera. Cartera, sin embargo, era mejor que carnicera. Después seguía escribiendo y escribiendo, enrabietado o al borde del desmayo, y cada vez dominaba más los rudimentos del oficio. Así fueron pasando los años y durante todo ese tiempo yo chuleé a mi mujer. Finalmente me gané el premio Nuevas Voces del Ayuntamiento de Madrid y de la noche a la mañana me vi en posesión de tres millones de pesetas y de una oferta para trabajar en uno de los más conspicuos periódicos de la capital. Hernando García León escribió una reseña elogiosísima de mi libro. La primera y la segunda edición se agotaron en menos de tres meses. He aparecido en dos programas de televisión, si bien en uno de ellos tengo la impresión de que me llevaron para que hiciera el payaso. Estoy escribiendo mi segunda novela. Y dejé a mi mujer. Le dije que nuestros caracteres eran incompatibles y que no le quería hacer daño y que esperaba que todo le fuera bien y que ella sabía que podía contar conmigo en cualquier momento, para lo que fuera. Después metí mis libros en cajas de cartón, mi ropa en una maleta y me marché. El amor, no recuerdo qué clásico lo dijo, sonríe a los que triunfan. No tardé en ponerme a vivir con otra mujer. He alquilado un piso en Lavapiés, un piso que pago yo, y en donde soy feliz y productivo. Mi actual mujer estudia filología inglesa y escribe poesía. Solemos hablar de libros. Y a veces se le ocurren ideas muy buenas. Creo que hacemos una estupenda pareja: la gente nos mira y asiente, de alguna manera personificamos el futuro y el optimismo no reñido con la sensatez y la reflexión. Algunas noches, sin embargo, cuando estoy en mi estudio dando los últimos toques a mi crónica semanal o revisando algunas páginas de mi novela, escucho pasos en la calle y tengo la impresión, casi la certeza, de que se trata de la cartera que ha salido a repartir la correspondencia a una hora inoportuna. Me asomo al balcón y no veo a nadie o tal vez veo al borrachín de turno de vuelta a casa, perdiéndose por una esquina. No pasa nada. No hay nadie. Cuando vuelvo a mi escritorio, no obstante, los pasos se repiten y entonces sé que la cartera está trabajando, que aunque no la vea la cartera está recorriendo su zona en la peor hora para mí. Y entonces dejo mi crónica semanal y dejo el capítulo de mi novela y trato de escribir un poema o dedicarle el resto de la noche a mi dietario, pero no puedo. El ruido de sus zapatos sin tacones resuena en el interior de mi cabeza. Un sonido apenas perceptible y que yo sé cómo exorcizar: me levanto, camino hasta el dormitorio, me desnudo, me meto en la cama en donde encuentro el cuerpo perfumado de mi mujer, le hago el amor, a veces con mucha dulzura, a veces de forma violenta, y después me duermo y sueño que ingreso en la Academia. O no. Es un decir. A veces, en realidad, sueño que ingreso en el Infierno. O no sueño nada. O sueño que me han castrado y que con el paso del tiempo unos testículos muy pequeñitos, como dos olivas incoloras, me vuelven a brotar de la entrepierna, y que yo los acaricio con una mezcla de amor y temor y que los mantengo en secreto. El día ahuyenta a los fantasmas. Por supuesto, de esto no hablo con nadie. Hay que mostrarse fuerte. El mundo de la literatura es una jungla. Yo pago mi relación con la cartera con unas cuantas pesadillas, con unos cuantos fenómenos auditivos. No está mal, lo acepto. Si tuviera menos sensibilidad, seguramente ya ni siquiera me acordaría de ella. A veces incluso tengo ganas de llamarla por teléfono, de seguirla en su reparto diario y verla, por primera vez, trabajar. A veces tengo ganas de quedar con ella en algún bar de su barrio que ya no es el mío y preguntarle por su vida: si ya tiene un nuevo amante, si ha repartido alguna carta proveniente de Malasia o Tanzania, si aún recibe, por Navidad, el aguinaldo del cartero. Pero no lo hago. Me conformo con oír sus pasos, cada vez más débiles. Me conformo con pensar en la inmensidad del Universo. Todo lo que empieza como comedia termina como película de terror. 

— Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 2008. pp. 487-90

lunes, 6 de enero de 2014

FELIPE MÜLLER SENTADO EN UN BANCO. Roberto Bolaño

Felipe Müller, sentado en un banco de la plaza Martorell, Barcelona, octubre de 1991. Estoy casi seguro que esta historia me la contó Arturo Belano porque él era el único de entre nosotros que leía con gusto libros de ciencia ficción. Es, según me dijo, un cuento de Theodore Sturgeon, aunque puede que sea de otro autor o tal vez del mismo Arturo, para mí el nombre de Theodore Sturgeon no significa nada.
      La historia, una historia de amor, trata sobre una muchacha inmensamente rica y muy inteligente que un buen día se enamora de su jardinero o del hijo de su  jardinero o de un joven vagabundo que por azar va a dar con sus huesos a alguna de sus propiedades y se convierte en su jardinero. La muchacha, que además de rica e inteligente es voluntariosa y algo caprichosa, a la primera oportunidad que tiene se lleva al muchacho a la cama y sin saber muy bien cómo ha sido, se enamora locamente de él. El vagabundo, que no es ni de lejos tan inteligente como ella y que carece de estudios, pero que en compensación tiene una pureza angelical, también se enamora de ella, no sin que surjan, como es natural, algunas complicaciones. En la primera fase del romance viven en la lujosa mansión de ella, en donde ambos se dedican a mirar libros de arte, a comer manjares exquisitos, a ver viejas películas y mayormente a hacer el amor durante todo el día. Después residen durante un tiempo en la casa del jardinero de la mansión y después en un barco (puede que en uno de los pontones que navegan por los ríos de Francia, como en la película de Jean Vigo) y después vagan ambos por la vasta geografía de los Estados Unidos montados en sendas Harleys, que era uno de los sueños postergados del vagabundo.
      Los negocios de la muchacha, mientras ésta vive su amor, siguen multiplicándose y como el dinero llama al dinero cada día que pasa su fortuna es mayor. Por supuesto, el vagabundo, que no se entera de gran cosa, tiene la suficiente decencia como para convencerla de que dedique parte de su fortuna en obras sociales o de beneficencia (cosa que por otra parte la muchacha siempre ha hecho, por medio de abogados y una red de fundaciones variopintas, pero no se lo dice para que así él crea que lo por iniciativa suya) y luego se olvida de todo, porque en el fondo el vagabundo apenas tiene una idea aproximada del volumen de dinero que se mueve como una sombra tras su amada. En fin, durante un tiempo, meses, tal vez un año o dos, la muchacha millonaria y su amante son indeciblemente felices. Pero un día (o un atardecer), el vagabundo cae enfermo y aunque vienen a verlo los mejores médicos del mundo, nada se puede hacer, su organismo está resentido por una infancia desdichada, una adolescencia llena de privaciones, una vida agitada que el poco tiempo pasado en compañía de la muchacha apenas ha conseguido paliar o endulzar. Pese a los esfuerzos de la ciencia un cáncer terminal acaba con su vida.
      Durante unos días la muchacha parece enloquecer. Viaja por todo el planeta, tiene amantes, se sumerge en historias negras. Pero acaba volviendo a casa y al poco tiempo, cuando parece más consumida que nunca, decide emprender un proyecto que de alguna manera ya había empezado a germinar en su mente poco antes de la muerte del vagabundo. Un equipo de científicos se instala en su mansión. En un tiempo récord ésta se transforma doblemente, en la parte interior en un laboratorio avanzado y en la exterior —jardines y casa del  jardinero— en una réplica del Edén. Para protegerse de la mirada de los extraños un muro altísimo se levanta alrededor de la propiedad. Entonces empiezan los trabajos. Al poco tiempo los científicos implantan en el óvulo de una puta, que será generosamente retribuida, un clon del vagabundo. Nueve meses después la puta tiene un niño, lo entrega a la muchacha y desaparece.
      Durante cinco años la muchacha y un ejército de especialistas cuidan al niño. Pasado este tiempo los científicos implantan en el óvulo de la muchacha un clon de ella misma. Nueve meses después la muchacha tiene una niña. El laboratorio de la mansión se desmonta, los científicos desaparecen y en su lugar llegan los educadores, los artistas-tutores que vigilarán desde una cierta distancia el crecimiento de ambos niños según un plan previamente trazado por la muchacha. Cuando todo está en marcha ésta desaparece y vuelve a viajar, vuelve a las fiestas de la alta sociedad, se mete de cabeza en aventuras riesgosas, tiene amantes, su nombre brilla como el de una estrella. Pero cada cierto tiempo y rodeada del mayor secreto, regresa a su mansión y observa, sin que éstos la vean, el crecimiento de los niños. El clon del vagabundo es una réplica exacta de aquél, la misma pureza, la misma inocencia de la que ella se enamoró. Sólo que ahora tiene todas sus necesidades cubiertas y su infancia es un plácido discurrir de juegos y maestros que lo instruyen en todo lo necesario. El clon de la niña es una réplica exacta de ella misma y los educadores repiten una y otra vez los mismos aciertos y errores, los mismos gestos del pasado.
      La muchacha, por supuesto, raras veces se deja ver por los niños, aunque ocasionalmente el clon del vagabundo, que nunca se cansa de jugar y que posee un carácter temerario, la divisa tras los visillos de los pisos más altos de la mansión y echa a correr buscándola, siempre en vano.
      Pasan los años y los niños crecen, cada día más inseparables. Un día la millonaria enferma, de lo que sea, un virus mortal, un cáncer, y tras una resistencia puramente formal, claudica y se prepara para morir. Aún es joven, tiene cuarentaidós años. Sus únicos herederos son los dos clones y deja todo preparado para que éstos accedan a una parte de su inmensa fortuna en el momento en que contraigan matrimonio. Después muere y sus abogados y científicos la lloran amargamente.
      El cuento termina con una reunión de sus empleados, tras la lectura del testamento. Algunos, los más inocentes, los más ajenos al círculo interno de la millonaria, se plantean las preguntas que Sturgeon supone se pueden plantear sus lectores. ¿Y si los dones no aceptan casarse? ¿Y si el muchacho o la muchacha se quieren, como parece inobjetable, pero este amor nunca cruza la frontera de lo estrictamente filial? ¿Se les ha de arruinar la vida? ¿Se les ha de obligar a convivir como dos condenados a cadena perpetua?
      Surgen discusiones y debates. Se plantean aspectos morales, éticos. El abogado y el científico más viejos, no obstante, pronto se encargan de despejar las dudas. Si los muchachos no se avienen a casarse, si no se enamoran, se les dará el dinero que les corresponda y serán libres de hacer lo que deseen. Independientemente de cómo se desarrolle la relación de los muchachos, los científicos implantarán en el cuerpo de una donante, en el plazo de un año, un nuevo clon del vagabundo y, cinco años después, repetirán la operación con un nuevo clon de la millonaria. Y cuando estos nuevos clones tengan veintitrés y dieciocho años, cualquiera que fuese su relación interpersonal, es decir, se quieran como hermanos o como amantes, los científicos o los sucesores de los científicos volverán a implantar otros dos clones, y así hasta el fin de los tiempos o hasta que la inmensa fortuna de la millonaria se agote.
      En este punto acaba el cuento. Sobre el crepúsculo se dibuja el rostro de la millonaria y el vagabundo y luego las estrellas y luego el infinito. Un poquito siniestro, ¿no? Un poquito sublime y un poquito siniestro. Como en todo amor loco, ¿no? Si al infinito uno añade más infinito, el resultado es infinito. Si uno junta lo sublime con lo siniestro, el resultado es siniestro. ¿No?

— Roberto Bolaño, Los detectives salvajes. Barcelona: Anagrama, 2008. pp. 423-6

lunes, 9 de septiembre de 2013

LA MUJER QUE NO. Jorge Ibargüengoitia.

      Debo ser discreto. No quiero comprometerla. La llamaré... En el cajón de mi escritorio tengo todavía una foto suya, junto con las de otras gentes y un pañuelo sucio de maquillaje que le quité no sé a quién. O mejor dicho sí sé, pero no quiero decir, en uno de los momentos cumbres de mi vida pasional. La foto de que hablo es extraordinariamente buena para ser de pasaporte. Ella está mirando al frente con sus grandes ojos almendrados, el pelo restirado hacia atrás, dejando a descubierto dos orejas enormes, tan cercanas al cráneo en su parte superior, que me hacen pensar que cuando era niña debió traerlas sujetas con tela adhesiva para que no se le hicieran de papalote; los pómulos salientes, la nariz pequeña con las fosas muy abiertas, y abajo... su boca maravillosa, grande y carnuda. En un tiempo la contemplación de esta foto me producía una ternura muy especial, que iba convirtiéndose en un calor interior y que terminaba en los movimientos de la carne propios del caso. La llamaré Aurora. No, Aurora no. Estela, tampoco. La llamaré ella.
      Esto sucedió hace tiempo. Era yo más joven y más bello. Iba por las calles de Madero en los días cercanos a la Navidad, con mis pantalones de dril recién lavados y trescientos pesos en la bolsa. Era un mediodía brillante y esplendoroso. Ella salió de entre la multitud y me puso una mano en el antebrazo. “Jorge”, me dijo. Ah, che la vita é bella! Nos conocemos desde que nos orinábamos en la cama (cada uno por su lado, claro está), pero si nos habíamos visto una docena de veces era mucho. Le puse una mano en la garganta y la besé. Entonces descubrí que a tres metros de distancia, su mamá nos observaba. Me dirigí hacia la mamá, le puse una mano en la garganta y la besé también. Después de eso, nos fuimos los tres muy contentos a tomar café en Sanborns. En la mesa, puse mi mano sobre la suya y la apreté hasta que noté que se le torcían las piernas; su mamá me recordó que su hija era decente, casada y con hijos, que yo había tenido mi oportunidad trece años antes y que no la había aprovechado. Esta aclaración moderó mis impulsos primarios y no intenté nada más por el momento. Salimos de Sanborns y fuimos caminando por la alameda, entre las estatuas pornográficas, hasta su coche, que estaba estacionado muy lejos. Fue ella, entonces, quien me tomó de la mano y con el dedo de enmedio, me rascó la palma, hasta que tuve que meter mi otra mano en la bolsa, en un intento desesperado de aplacar mis pasiones. Por fin llegamos al coche, y mientras ella se subía, comprendí que trece años antes no sólo había perdido sus piernas, su boca maravillosa y sus nalgas tan saludables y bien desarrolladas, sino tres o cuatro millones de muy buenos pesos. Fuimos a dejar a su mamá que iba a comer no importa dónde. Seguimos en el coche, ella y yo solos y yo le dije lo que pensaba de ella y ella me dijo lo que pensaba de mí. Me acerqué un poco a ella y ella me advirtió que estaba sudorosa, porque tenía un oficio que la hacía sudar. “No importa, no importa.” Le dije olfateándola. Y no importaba. Entonces, le jalé el cabello, le mordí el pescuezo y le apreté la panza... hasta que chocamos en la esquina de Tamaulipas y Sonora.
      Después del accidente, fuimos al Sep’s de Tamaulipas a tomar ginebra con quina y nos dijimos primores. 
      La separación fue dura, pero necesaria, porque ella tenía que comer con su suegra. “¿Te veré?” “Nunca más.” “Adiós, entonces.” “Adiós.” Ella desapareció en Insurgentes, en su poderoso automóvil y yo me fui a la cantina el Pilón, en donde estuve tomando mezcal de San Luis Potosí y cerveza, y discutiendo sobre la divinidad de Cristo con unos amigos, hasta las siete y media, hora en que vomité. Después me fui a Bellas Artes en un taxi de a peso.
      Entré en el foyer tambaleante y con la mirada torva. Lo primero que distinguí, dentro de aquel mar de personas insignificantes, como Venus saliendo de la concha... fue a ella. Se me acercó sonriendo apenas, y me dijo: “Búscame mañana, a tal hora, en tal parte”; y desapareció.
      ¡Oh, dulce concupiscencia de la carne! Refugio de los pecadores, consuelo de los afligidos, alivio de los enfermos mentales, diversión de los pobres, esparcimiento de los intelectuales, lujo de los ancianos. ¡Gracias, Señor, por habernos concedido el uso de estos artefactos, que hacen más que palatable la estancia en este Valle de Lágrimas en que nos has colocado!

Al día siguiente acudí a la cita con puntualidad. Entré en el recinto y la encontré ejerciendo el oficio que la hacía sudar copiosamente. Me miró satisfecha, orgullosa de su pericia y un poco desafiante, y también como diciendo: “Esto es para ti.” Estuve absorto durante media hora, admirando cada una de las partes de su cuerpo y comprendiendo por primera vez la esencia del arte a que se dedicaba. Cuando hubo terminado, se preparó para salir, mirándome en silencio; luego me tomó del brazo de una manera muy elocuente, bajamos una escalera y cuando estuvimos en la calle, nos encontramos frente a frente con su chingada madre.
      Fuimos de compras con la vieja y luego a tomar café a Sanborns otra vez. Durante dos horas estuve conteniendo algo que nunca sabré si fue un sollozo o un alarido. Lo peor fue que cuando nos quedamos solos ella y yo, empezó con la cantaleta estúpida de: “¡Gracias, Dios mío, por haberme librado del asqueroso pecado de adulterio que estaba a punto de cometer!” Ensayé mis recursos más desesperados, que consisten en una serie de manotazos, empujones e intentos de homicidio por asfixia, que con algunas mujeres tienen mucho éxito, pero todo fue inútil; me bajó del coche a la altura de Félix Cuevas.
      Supongo que se habrá conmovido cuando me vio parado en la banqueta, porque abrió su bolsa y me dio el retrato famoso y me dijo que si algún día se decidía (a cometer el pecado), me pondría un telegrama.
Y esto es que un mes después recibí, no un telegrama, sino un correograma que decía: “Querido Jorge: búscame en el Konditori, el día tantos a tal hora (p. m.). Firmado: Guess who? (advierto al lector no avezado en el idioma inglés que esas palabras significan “adivina quién”). Fui corriendo al escritorio, saqué la foto y la contemplé pensando en que se acercaba al fin la hora de ver saciados mis más bajos instintos.
      Pedí prestado un departamento y también dinero; me vestí con cierto descuido pero con ropa que me quedaba bien, caminé por la calle de Génova durante el atardecer y llegué al Konditori con un cuarto de hora de anticipación. Busqué una mesa discreta, porque no tenía caso que la vieran conmigo un centenar de personas, y cuando encontré una me senté mirando hacia la calle; pedí un café, encendí un cigarro y esperé. Inmediatamente empezaron a llegar gentes conocidas, a quienes saludaba con tanta frialdad que no se atrevían a acercárseme.
      Pasaba el tiempo.
      Caminando por la calle de Génova pasó la joven N., quien en otra época fuera el Amor de mi Vida, y desapareció. Yo le di gracias a Dios.
      Me puse a pensar en cómo vendría vestida y luego se me ocurrió que en dos horas más iba a tenerla entre mis brazos, desvestida...
      La joven N. volvió a pasar, caminando por la calle de Génova, y desapareció. Esta vez tuve que ponerme una mano sobre la cara, porque la joven N. venía mirando hacia el Konditori.
      Era la hora en punto. Yo estaba bastante nervioso, pero dispuesto a esperar ocho días si era necesario, con tal de tenerla a ella, tan tersa, toda para mí.
      Y entonces, que se abre la puerta del Konditori, entra la joven N., que fuera el Amor de mi Vida, cruza el restorán y se sienta enfrente de mí, sonriendo y preguntándome: “Did you guess right?”
      Solté la carcajada. Estuve riéndome hasta que la joven N. se puso incómoda; luego, me repuse, platicamos un rato apaciblemente y por fin, la acompañé a donde la esperaban unas amigas para ir al cine.

Ella, con su marido y sus hijos, se habían ido a vivir a otra parte de la República.
      Una vez, por su negocio, tuve que ir precisamente a esa ciudad; cuando acabé lo que tenía que hacer el primer día, busqué en el directorio el número del teléfono de ella y la llamé. Le dio mucho gusto oír mi voz y me invitó a cenar. 
      La puerta tenía aldabón y se abría por medio de un cordel. Cuando entré en el vestíbulo, la vi a ella, al final de una escalera, vestida con unos pantalones verdes muy entallados, en donde guardaba lo mejor de su personalidad. Mientras yo subía la escalera, nos mirábamos y ella me sonreía sin decir nada. Cuando llegué a su lado, abrió los brazos, me los puso alrededor del cuello y me besó. Luego, me tomó de la mano y mientras yo la miraba estúpidamente, me condujo a través de un patio, hasta la sala de la casa y allí, en un couch, nos dimos entre doscientos y trescientos besos... Hasta que llegaron sus hijos del parque. Después, fuimos a darles de comer a los conejos.
      Uno de los niños, que tenía complejo de Edipo, me escupía cada vez que me acercaba a ella, gritando todo el tiempo: “¡Es mía!” Y luego, con una impudicia verdaderamente irritante, le abrió la camisa y metió ambas manos para jugar con los pechos de su mamá, que me miraba muy divertida. Al cabo de un rato de martirio, los niños se acostaron y ella y yo nos fuimos a la cocina, para preparar la cena. Cuando ella abrió el refrigerador, empecé mi segunda ofensiva, muy prometedora, por cierto, cuando llegó el marido. Me dio un ron Batey y me llevó a la sala en donde estuvimos platicando no sé qué tonterías. Por fin estuvo la cena. Nos sentamos los tres a la mesa, cenamos y cuando tomábamos el café, sonó el teléfono. El marido fue a contestar y mientras tanto, ella empezó a recoger los platos, y mientras tanto, también, yo le tomé a ella la mano y se la besé en la palma, logrando, con este acto tan sencillo, un efecto mucho mayor del que había previsto: ella salió del comedor tambaleándose, con un altero de platos sucios. Entonces regresó el marido poniéndose el saco y me explicó que el telefonazo era de la terminal de camiones, para decirle que acababan de recibir un revólver Smith & Wesson calibre 38 que le mandaba su hermano de México, con no recuerdo qué objeto; el caso es que tenía que ir a recoger el revólver en ese momento; yo estaba en mi casa: allí estaba el ron Batey, allí, el tocadiscos, allí, su mujer. Él regresaría en un cuarto de hora. Exeunt severaly: él vase a la calle; yo, voyme a la cocina y mientras él encendía el motor de su automóvil, yo perseguía a su mujer. Cuando la arrinconé, me dijo: “Espérate” y me llevó a la sala. Sirvió dos vasos de ron, les puso un trozo de hielo a cada uno, fue al tocadiscos, lo encendió, tomó el disco llamado Le Sacre du Sauvage, lo puso y mientras empezaba la música brindamos: habían pasado cuatro minutos. Luego, empezó a bailar, ella sola. “Es para ti”, me dijo. Yo la miraba mientras calculaba en qué parte del trayecto estaría el marido, llevando su mortífera Smith & Wesson calibre 38. Y ella bailó y bailó. Bailó las obras completas de Chet Baker, porque pasaron tres cuartos de hora sin que el marido regresara, ni ella se cansara, ni yo me atreviera a hacer nada. A los tres cuartos de hora decidí que el marido, con o sin Smith & Wesson, no me asustaba nada. Me levanté de mi asiento, me acerqué a ella que seguía bailando como poseída y, con una fuerza completamente desacostumbrada en mí, la levanté en vilo y la arrojé sobre el couch. 
      Eso le encantó. Me lancé sobre ella como un tigre y mientras nos besarnos apasionadamente, busqué el cierre de sus pantalones verdes y cuando lo encontré, tiré de él... y ¡mierda!, ¡que no se abre! Y no se abrió nunca. Estuvimos forcejando, primero yo, después ella y por fin los dos, y antes regresó el marido que nosotros pudiéramos abrir el cierre. Estábamos jadeantes y sudorosos, pero vestidos y no tuvimos que dar ninguna explicación.

Hubiera podido, quizá, regresar al día siguiente a terminar lo empezado, o al siguiente del siguiente o cualquiera de los mil y tantos que han pasado desde entonces. Pero, por una razón u otra nunca no lo hice. No he vuelto a verla. Ahora, sólo me queda la foto que tengo en el cajón de mi escritorio, y el pensamiento de que las mujeres que no he tenido (como ocurre a todos los grandes seductores de la historia), son más numerosas que las arenas del mar.

     — La mujer que no, Alianza Editorial, México D.F, 1994., p. 5-15