Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme
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lunes, 25 de agosto de 2014

EL CASO CURLEY. Henry Miller


Casi daba vergüenza lo que Curley le obligaba a hacer. Se complacía humillándola. Apenas podía yo censurárselo, pues era una tía increíblemente estirada y gazmoña, cuando iba vestida con su ropa de salir. Casi hubiera uno jurado que no tenía coño, por la forma como se comportaba en la calle. Naturalmente, cuando él estaba a solas con ella, le hacía pagar sus modales presuntuosos. Lo hacía a sangre fría. «¡Sácala!», decía abriéndose un poco la bragueta. «¡Sácala con la lengua!» (Se la tenía jurada a toda la pandilla, porque, según decía, se lo mamaban una a la otra a su espalda.) El caso es que, una vez que sentía su sabor en la boca, se podía hacer con ella lo que se quisiera. A veces la hacía ponerse sobre las manos y la empujaba así por toda la habitación, como una carretilla. O bien lo hacía como los perros, y, mientras ella gemía y se retorcía, él encendía un cigarrillo, indiferente, y le echaba el humo entre las piernas.
     En cierta ocasión le jugó una mala pasada haciéndolo de ese modo. La había magreado hasta tal punto, que ella estaba fuera de sí. El caso es que, después de casi haberle sacado brillo al culo a fuerza de barrenarla por detrás, se retiró por un segundo, como para refrescarse la picha, y entonces, muy lenta y suavemente, le introdujo una zanahoria gorda y larga por el chocho. «Esto, señorita Abercrombie», dijo, «es una especie de doble de mi picha normal», y acto seguido se separó y se subió los pantalones. La prima Abercrombie había quedado tan pasmada ante todo aquello, que se tiró un pedo tremendo y la zanahoria salió disparada. Al menos, así fue como lo contó Curley. Indudablemente, era un mentiroso rematado, y puede que no haya ni pizca de verdad en el relato, pero no se puede negar que tenía una habilidad especial para esa clase de bromas. Por lo que se refiere a la señorita Abercrombie y sus modales elegantes, pues... con un coño así siempre se puede imaginar lo peor.

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 227

lunes, 18 de agosto de 2014

ESTO ES AMÉRICA. Henry Miller



De repente, la siento llegar. Vuelvo la cabeza. Sí, ahí viene de frente, con las alas desplegadas y los ojos brillantes. Ahora veo por primera vez qué tipo tiene. Avanza como un ave, un ave humana envuelta en una gran piel suave. El motor va a todo vapor: siento ganas de gritar, de dar un bocinazo que haga aguzar el oído al mundo entero. ¡Qué manera de andar! No es una manera de andar, sino de deslizarse. Alta, majestuosa, llenita, dueña de sí misma, corta el humo y el jazz y el resplandor de la luz roja como la reina madre de todas las lúbricas putas de Babilonia. En la esquina de Broadway, justo enfrente del urinario, está sucediendo esto. Broadway: es su reino. Esto es Broadway, esto es Nueva York, esto es América. Ella es América a pie, alada y sexuada. Es el lubet, la abominación y la sublimación... con una pizca de ácido clorhídrico, nitroglicerina, láudano y ónice en polvo. Opulencia tiene, y magnificencia: es América, buena o mala, y el océano a cada lado. Por primera vez en mi vida el continente entero me acierta de lleno, me acierta entre los ojos. Esto es América, con búfalos o sin ellos. América la rueda de esmeril de la esperanza y la desilusión. Lo que quiera que hiciese a América la hizo a ella, hueso, sangre, músculo, globo del ojo, andares, ritmo, aplomo, confianza, descaro y tripas vacías. Está casi encima de mí, con la cara llena brillando como el calcio. La gran piel suave se le desliza del hombro. No lo nota. No parece importarle que se le caiga la ropa. Le importa tres cojones todo. Es América avanzando como la raya de un rayo hacia el almacén de cristal de la histeria de sangre roja, América, con piel o sin ella, con zapatos o sin ellos. América a cobro revertido. ¡Y largaos, cabrones, antes de que os peguemos un tiro! Lo siento en las entrañas, estoy temblando. Algo viene hacia mí y no hay modo de esquivarlo. Viene ella de cabeza, por la ventana de cristal. Si por lo menos se detuviera por un segundo, si al menos me dejase ser un momento. Pero no, ni un momento me concede. Veloz, despiadada, arrogante, como el Destino mismo está sobre mí, una espada que me traspasa de parte a parte...
     Me lleva de la mano, la aprieta. Camino a su lado sin miedo. Dentro de mí centellean las estrellas; dentro de mí, una gran bóveda azul donde hace un momento batían los motores furiosamente.
     Se puede esperar toda una vida por un momento así. La mujer que esperabas conocer está ahora sentada enfrente de ti, y habla y tiene el mismo aspecto exactamente que la persona con quien soñabas. Pero lo más extraño de todo es que nunca antes te habías dado cuenta de que habías soñado con ella. Todo tu pasado es como haber estado durmiendo durante mucho tiempo y no lo habrías recordado, si no hubieras soñado. Y también el sueño podría haber quedado olvidado, si no hubiese habido memoria, pero el recuerdo está ahí, en la sangre, y la sangre es como un océano en que todo se ve arrastrado, salvo lo que es nuevo y más sustancial incluso que la vida: LA REALIDAD.
     Estamos sentados en un pequeño compartimento del restaurante chino de la acera de enfrente. Por el rabillo del ojo capto el parpadeo de las letras iluminadas que suben y bajan en el cielo. Sigue hablando de Henriette, o quizá sea de sí misma de quien habla. Su gorrito negro, su bolso y la piel están junto a ella sobre una silla. Cada pocos minutos enciende un nuevo cigarrillo que arde mientras habla. No hay principio ni fin; sale a chorros de ella como una llama y consume todo lo que esté al alcance. No hay modo de saber cómo o dónde empezó. De repente, se encuentra en medio de un largo relato, uno nuevo, pero siempre es el mismo. Su charla es tan informe como un sueño: no hay surcos, ni paredes, ni salidas, ni paradas. Tengo la sensación de sumergirme en una profunda red de palabras, de gatear penosamente para volver a la boca de la red, de mirarle a los ojos e intentar encontrar en ellos algún reflejo del significado de sus palabras... pero no logro encontrar nada, nada excepto mi imagen tambaleándose en un pozo sin fondo. Aunque no habla de otra cosa que de sí misma, no consigo formarme la menor imagen de su ser. Se inclina hacia adelante, con los codos en la mesa, y sus palabras me inundan; ola tras ola rodando sobre mí y, sin embargo, nada se forma en mi interior, nada que pueda captar con la mente. Me está hablando de su padre, de la extraña vida que llevaron en el borde del Sharwood Forest, donde nació, o por lo menos estaba hablándome de eso, pero ahora es de Henriette otra vez de quien habla, ¿o es de Dostoyevski? no estoy seguro—, pero el caso es que de repente comprendo que ya no está hablando de ninguna de esas cosas, sino de un hombre que la llevó a su casa una noche y, cuando estaban en el porche dándose las buenas noches, de pronto él se agachó y le levantó la falda. Se detiene un momento como para asegurarme que de eso es de lo que se propone hablar. La miro perplejo. No puedo imaginar por qué ruta hemos llegado a este punto. ¿Qué hombre? ¿Qué le había estado diciendo él? Le dejo proseguir, pensando que volverá a referirse a eso, pero no, ha vuelto a dejarme atrás y ahora parece ser que el hombre, ese hombre, ya está muerto; un suicidio, y ella está intentando hacerme entender que fue un golpe terrible para ella, pero lo que en realidad parece dar a entender es que está orgullosa de haber conducido a un hombre hasta el suicidio. No puedo imaginar al hombre muerto; sólo puedo imaginarlo en el porche levantándole la falda, un hombre sin nombre, pero vivo y perpetuamente inmóvil en el acto de agacharse para alzarle la falda. Hay otro hombre, que era su padre, y lo veo con una fila de caballos de carreras, o a veces en una pequeña posada en las afueras de Viena; más que nada, lo veo en el techo de la posada haciendo volar cometas para pasar el tiempo. Y entre ese hombre que era su padre y el hombre del que estaba locamente enamorada no puedo hacer distinción. Es alguien en su vida de quien prefiero no hablar, pero aun así vuelve a referirse a él todo el tiempo, y, aunque no estoy seguro de que no fuera el hombre que le levantó la falda, tampoco estoy seguro de que no fuese el hombre que se suicidó. Quizá fuera el hombre del que empezó a hablar cuando nos sentamos a comer. Recuerdo ahora que, cuando nos sentamos, empezó a hablar bastante febrilmente de un hombre al que acababa de ver entrar en la cafetería. Incluso mencionó su nombre, pero lo olvidé al instante. Pero recuerdo que dijo haber vivido con él y que él había hecho algo que no le había gustado —no dijo qué—, así que lo había abandonado, lo había dejado sin más ni más, sin una palabra de explicación. Y entonces, justo cuando estábamos entrando en el restaurante chino, se habían encontrado cara a cara y ella estaba todavía temblando a consecuencia de ello, cuando nos sentamos en el pequeño compartimento... Por un largo momento siento el mayor desasosiego. ¡Quizá fueran mentiras todas las palabras que pronunciaba! No mentiras corrientes, no, algo peor, algo indescriptible. Sólo en ocasiones sale también la verdad así, sobre todo si piensas que no vas a volver a ver nunca a la persona con la que estás hablando. A veces puedes decir a un perfecto extraño lo que nunca te atreves a revelar a tu amigo más íntimo. Es como quedarse dormido en medio de una fiesta; te llegas a interesar tanto por ti mismo, que te quedas dormido. Cuando estás profundamente dormido, empiezas a hablar con alguien, alguien que ha estado contigo en la misma habitación todo el tiempo y, por tanto, entiende todo, aunque empieces en el medio de una frase. Y quizás esa otra persona se quede dormida también, o haya estado dormida siempre, y por eso es por lo que ha sido tan fácil encontrarla, y, si no dice nada que te perturbe, entonces sabes que lo que estás diciendo es real y cierto y que estás completamente despierto y no hay otra realidad que el hecho de estar durmiendo estando completamente despierto. Nunca en mi vida he estado tan completamente despierto y tan profundamente dormido al mismo tiempo. Si el ogro de mis sueños hubiera roto realmente los barrotes y me hubiese cogido de la mano, me habría muerto de miedo y, por consiguiente, ahora estaría muerto, es decir, dormido para siempre y, por tanto, siempre en libertad, y nada sería ya extraño ni incierto, aun cuando lo que ocurrió no hubiera sucedido. Lo que ocurrió debió de suceder hace mucho tiempo, por la noche indudablemente. Y lo que ahora está ocurriendo está sucediendo también hace tiempo, y no es más cierto que el sueño del ogro y los barrotes que no cedían, excepto que ahora los barrotes están rotos y aquella a la que temía me tiene cogido de la mano y no hay diferencia entre lo que temía y lo que es, porque estaba dormido y ahora estoy durmiendo completamente despierto y ya no hay nada que temer, ni que esperar, sino sólo esto que es y que no tiene fin.
     Quiere irse. Irse... Otra vez su cadera, ese deslizarse escurridizo como cuando bajó del baile y se acercó a mí. Otra vez sus palabras: «De repente, sin razón alguna, se agachó y me levantó la falda.» Se está echando la piel en torno al cuello; el gorrito negro hace resaltar su cara como un camafeo. La cara redonda, llena, con mejillas eslavas. ¿Cómo pude soñar esto, sin haberlo visto nunca? ¿Cómo pude saber que se alzaría así, cerca y plena, con la cara blanca, llena y lozana como una magnolia? Tiemblo cuando la plenitud de su muslo me roza. Parece incluso un poco más alta que yo, aunque no lo es. Es por la forma como alza la barbilla. No nota por dónde camina. Camina sobre las cosas, sin mirar, con los ojos completamente abiertos y mirando al vacío. Sin pasado, sin futuro. Hasta el presente parece dudoso. El yo parece haberla abandonado, y el cuerpo se alza hacia adelante, con el cuello lleno y alto, blanco como la cera, lleno como la cara. Sigue hablando en esa voz baja y ronca. Sin principio, sin fin. No soy consciente ni del tiempo ni del paso del tiempo, sino sólo de la intemporalidad. Tiene la pequeña matriz de la garganta conectada con la gran matriz de la pelvis. El taxi está junto a la acera y todavía está mascando la paja cosmológica del yo exterior. Tomo el tubo acústico y conecto con el doble útero. ¡Hola, hola! ¿Estás ahí? ¡Vamos! Sigamos: taxis, barcos, trenes, lanchas con motor; playas, chinches, carreteras, desvíos, ruinas, reliquias; viejo mundo, nuevo mundo, muelle, espigón; el alto fórceps; el trapecio oscilante, la zanja, el delta, los caimanes, los cocodrilos, charla, charla; y más charla, después calles otra vez y más polvo en los ojos, más arcoiris, más aguaceros, más desayunos, más cremas, más lociones. Y cuando hayamos atravesado todas las calles y sólo quede el polvo de nuestros pies frenéticos, todavía quedará el recuerdo de tu ancha cara llena, tan blanca, y la gruesa boca con frescos labios entreabiertos, los dientes blancos como la tiza y todos ellos perfectos, y en ese recuerdo nada puede cambiar en modo alguno, porque esto, como tus dientes, es perfecto... 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 430-436

viernes, 15 de agosto de 2014

ALAS BAJO LA CHAQUETA. Henry Miller


Siempre que intento explicarme a mí mismo la pauta peculiar que mi vida ha adoptado, cuando me remonto hasta la causa primera, por decirlo así, pienso inevitablemente en la primera muchacha a la que amé. Me parece que todo data de aquel amor abortado. Fue un amor extraño y masoquista, ridículo y trágico al mismo tiempo. Quizá conociera el placer de besarla dos o tres veces, el tipo de beso que reserva uno para una diosa. Tal vez la viese sólo varias veces. Desde luego, nunca habría podido imaginarse que durante un año pasé por delante de su casa todas las noches con la esperanza de vislumbrarla en la ventana. Todas las noches después de cenar me levantaba de la mesa y recorría el largo camino que conducía a su casa.
     Nunca estaba en la ventana, cuando yo pasaba, y nunca tuve el valor de quedarme parado delante de la casa y esperar. Iba y venía, para arriba y para abajo, pero nunca le vi ni un cabello. ¿Por qué no le escribí? ¿Por qué no le telefoneé? Recuerdo que en cierta ocasión hice acopio del suficiente valor para invitarla al teatro. Llegué a su casa con un ramo de violetas, la primera y única vez que he llevado flores a una mujer.
     Cuando salíamos del teatro, las violetas se le cayeron de la blusa, y en mi confusión las pisé. Le pedí que las dejara allí, pero insistió en recogerlas. Estaba pensando en lo torpe que yo era: hasta mucho después no recordé la sonrisa que me dirigió, cuando se agachó a recoger las violetas.
     Fue un completo fracaso. Al final, escapé. En realidad, huía de otra mujer, pero el día antes de abandonar la ciudad decidí ir a verla una vez más. Era por la tarde y salió a hablar conmigo en la calle, en el pequeño patio de entrada rodeado por una cerca. Ya estaba prometida a otro hombre; fingió que se sentía feliz por eso, pero, aun ciego y todo como estaba, pude ver que no estaba tan feliz como aparentaba. Con sólo que yo hubiera dicho la palabra, estoy seguro de que habría dejado al otro; hasta puede que se hubiera venido conmigo. Preferí castigarme. Dije adiós como si tal cosa y me fui calle abajo como un muerto. A la mañana siguiente salía con destino al oeste, decidido a emprender una nueva vida.
     También la nueva vida fue un fracaso. Acabé en un rancho de Chula Vista, el hombre más desdichado que haya pisado la tierra. Por un lado, la muchacha a la que amaba y, por otro, la otra mujer, por la que sentía profunda compasión. Había estado viviendo dos años con ella, con aquella otra mujer, pero parecía toda una vida. Yo tenía veintiún años y ella reconocía tener treinta y seis. Siempre que la miraba, me decía: cuando yo tenga cuarenta años, ella tendrá cincuenta y cinco; cuando yo tenga cincuenta años, ella tendrá sesenta y cinco. Tenía finas arrugas bajo los ojos, arrugas sonrientes, pero arrugas de todos modos. Cuando la besaba, aumentaban doce veces. Reía con facilidad, pero tenía ojos tristes, terriblemente tristes. Eran ojos armenios. Su cabello, que en tiempos había sido rojo, era ahora de un rubio oxigenado. Por lo demás, era adorable: un cuerpo de venus, un alma de venus, leal, encantadora, agradecida, todo lo que debe ser una mujer, sólo que tenía quince años más que yo. Los quince años de diferencia me volvían loco. Cuando salía con ella, sólo pensaba: ¿cómo será dentro de diez años? O bien, ¿qué edad aparenta ahora? ¿Parezco suficientemente mayor para ella? Una vez que llegábamos a la casa, no había problema. Al subir las escaleras, le metía los dedos por la entrepierna, lo que le hacía relinchar como un caballo. Si su hijo, que era casi de mi edad, estaba acostado, cerrábamos las puertas y nos encerrábamos en la cocina. Ella se tumbaba en la estrecha mesa de cocina y yo se la clavaba. Era maravilloso. Y lo que lo volvía más maravilloso todavía era que a cada sesión me decía para mis adentros: Esta es la última vez... ¡mañana me largo! Y después, como ella era la portera, bajaba al sótano y sacaba por ella los cubos de la basura. Por la mañana, cuando el hijo se había ido al trabajo, yo subía a la azotea y oreaba la ropa de cama. Tanto ella como el hijo tenían tuberculosis... A veces no había sesión en la mesa. A veces el carácter irremediable de todo aquello se me subía a la garganta y me vestía y me iba a dar una vuelta. Una vez que otra me olvidaba de volver. Y cuando lo hacía, me sentía más desdichado que nunca, porque sabía que me estaría esperando con aquellos grandes ojos desconsolados.
     Volvía con ella como un hombre que tuviera que cumplir una misión sagrada. Me tumbaba en la cama y le dejaba acariciarme; le estudiaba las arrugas bajo los ojos y las raíces del pelo que se estaban volviendo rojas. Estando así tumbado, muchas veces pensaba en la otra, aquella a la que amaba, me preguntaba si estaría también tumbada para el asunto o... ¡Daba aquellos largos paseos trescientos sesenta y cinco días al año! Los repasaba en la mente acostado junto a la otra mujer. ¡Cuántas veces he revivido aquellos paseos desde entonces! Las calles más deprimentes, más desoladas, más feas que el hombre haya creado. Revivo con angustia aquellos paseos, aquellas casas, aquellas primeras esperanzas destruidas. La ventana está ahí, pero Melisenda no; también está ahí el jardín, pero no hay resplandor de oro.
Paso y vuelvo a pasar, la ventana siempre está vacía. El lucero de la tarde cuelga a poca altura; aparece Tristán, después Fidelio, y después Oberón. El perro de cabeza de hidra ladra con todas sus bocas y, aunque no hay ciénagas, oigo croar a las ranas por todos lados. Las mismas casas, los mismos tranvías, todo lo mismo. Está escondida tras la cortina, está esperando a que yo pase, está haciendo esto o lo otro... pero no está ahí, nunca, nunca, nunca. ¿Es una ópera grandiosa o es un organillo lo que suena? Es Ameto rompiéndose el pulmón de oro; es el Rubaiyat, es el Monte Everest, es una noche sin luna, es un sollozo al amanecer, es un muchacho que aparenta, es el Gato con Botas, es Mauna Loa, es zorro o astracán, es insustancial e intemporal, es inacabable y empieza una y mil veces, bajo el corazón, en el fondo de la garganta, en las plantas de los pies, y por qué no una vez, una sola vez, por el amor de Dios, una simple sombra o un crujido de la cortina, o el aliento en el cristal de la ventana, algo por una vez, aunque sólo sea una mentira, algo que acabe con el dolor, que detenga este ir y venir... De regreso. Las mismas casas, los mismos faroles, todo lo mismo. Paso de largo por delante de mi casa, del cementerio, paso por delante de los depósitos de gas, de las cocheras, del embalse, hasta llegar al campo abierto. Me siento junto a la carretera con la cabeza en las manos y sollozo. Pobre tío que soy, no puedo contraer bastante el corazón para reventar las venas. Me gustaría ahogarme de dolor pero, en lugar de eso, doy a luz a una roca.
     Mientras tanto, la otra está esperando. Vuelvo a verla sentada en el porche bajo esperándome, con sus grandes y dolorosos ojos, su pálido rostro y temblando de anhelo. Siempre pensé que era compasión lo que me hacía volver, pero ahora, al caminar hacia ella y verle la mirada en los ojos, ya no sé lo que es, sólo que iremos dentro y nos tumbaremos juntos y ella se levantará medio llorando, medio riendo, y se quedará muy callada y me mirará, estudiándome mientras me muevo de un lado para otro, y sin preguntarme qué es lo que me tortura, nunca, nunca, porque ésa es la única cosa que teme, la única cosa que tiene miedo a conocer. ¡No te amo! ¿Es que no me oye gritarlo? ¡No te amo! Una y mil veces lo grito, con los labios cerrados, con odio en el corazón, con desesperación, con rabia impotente. Pero las palabras nunca salen de mis labios. La miro y me quedo mudo. No puedo hacerlo... Tiempo, tiempo, tiempo inacabable en nuestras manos y nada con que llenarlo salvo mentiras.
     En fin, no quiero relatar toda mi vida hasta aquel momento fatal: es demasiado largo y doloroso. Además, ¿condujo realmente mi vida hasta aquel momento culminante? Lo dudo. Creo que hubo innumerables momentos en que tuve la oportunidad de empezar de nuevo, pero carecí de fuerza y de fe. La noche a que me refiero me abandoné a mí mismo: salí derecho de la antigua vida y entré en la nueva. No necesité hacer el menor esfuerzo. Tenía treinta años entonces. Tenía una esposa y una hija y lo que se llama una posición «responsable». Esos son los hechos y los hechos no significan nada. La verdad es que mi deseo era tan grande, que se convirtió en realidad. En un momento así lo que hace un hombre no tiene demasiada importancia, lo que cuenta es lo que es. Esto es precisamente lo que me ocurrió: me convertí en un ángel. No es la pureza de un ángel lo que es tan valioso, es el hecho de que pueda volar. Un ángel puede romper la pauta en cualquier punto y en cualquier momento y encontrar su cielo; tiene poder para descender hasta la materia más baja y para salir de ella cuando quiera. La noche a que me refiero lo entendí perfectamente. Era puro e inhumano, era independiente, tenía alas. Estaba desposeído del pasado y no me preocupaba el futuro. Estaba más allá del éxtasis. Cuando abandoné la oficina, plegué mis alas y las escondí bajo la chaqueta. 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 422-427

viernes, 20 de junio de 2014

LA DUCHA FRÍA. Henry Miller


Llamé suavemente. No hubo respuesta. Volví a llamar, un poco más fuerte. Esa vez oí a alguien ir y venir. Después una voz cerca de la puerta preguntó quién era y al mismo tiempo giró el pomo de la puerta. Abrí la puerta de un empujón y entré a tientas en la habitación a oscuras. Fui a caer en sus brazos y la sentí desnuda bajo la bata medio abierta. Debía de haber estado profundamente dormida y sólo a medias comprendió quién la estaba abrazando. Cuando se dio cuenta de que era yo, intentó escaparse, pero la tenía bien cogida y empecé a besarla apasionadamente y a hacerle retroceder al mismo tiempo hacia el sofá que había cerca de la ventana. Susurró algo sobre que la puerta había quedado abierta, pero no iba a correr el riesgo de dejarla escapar de mis brazos. Así, que di un ligero rodeo y poco a poco la llevé hasta la puerta y le hice empujarla con el culo. La cerré con la mano libre y después la llevé hasta el centro de la habitación y con la mano libre me desabroché la bragueta y saqué el canario y se lo metí. Estaba tan drogada por el sueño que era casi como manejar un autómata. También me daba cuenta de que disfrutaba con la idea de que la follaran medio dormida. Lo malo era que cada vez que la embestía, se despertaba un poco más.
     Y a medida que recobraba la conciencia, se asustaba cada vez más. No sabía qué hacer para volver a dormirla sin perderme un polvo tan bueno. Conseguí tumbarla en el sofá sin perder terreno, y entonces ella estaba más cachonda que la hostia, y se retorcía como una anguila. Desde que había empezado a darle marcha, creo que no había abierto los ojos ni una vez. Yo repetía sin cesar para mis adentros: «un polvo egipcio... un polvo egipcio», y para no correrme inmediatamente, empecé a pensar en el cadáver que Mónica había traído hasta la Estación Central y en los treinta y cinco centavos que había dejado con Paulina en la carretera. Y entonces, ¡pan!, una sonora llamada en la puerta, ante lo cual abrió los ojos y me miró sumamente aterrorizada. Empecé a retirarme rápidamente, pero, ante mi sorpresa, ella me retuvo con todas sus fuerzas. «No te muevas», me susurró al oído. «¡Espera!» Se oyó otro sonoro golpe y después oí la voz de Kronski que decía: «Soy yo, Thelma... soy yo, Izzy.» Al oírlo, casi me eché a reír. Volvimos a colocarnos en una posición natural y, cuando cerró los ojos suavemente, se la moví dentro, despacito para no volver a despertarla. Fue uno de los polvos más maravillosos de mi vida. Creía que iba a durar eternamente. Cada vez que me sentía en peligro de irme, dejaba de moverme y me ponía a pensar: pensaba, por ejemplo, en dónde me gustaría pasar las vacaciones, en caso de que me las dieran, o pensaba en las camisas que había en el cajón de la cómoda, o en el remiendo de la alfombra del dormitorio justo al pie de la cama. Kronski seguía parado delante de la puerta: le oía cambiar de posición. Cada vez que sentía su presencia allí, le tiraba un viaje a ella de propina y, medio dormida como estaba, me respondía, divertida, como si entendiera lo que quería yo decir con aquel lenguaje de mete y saca. No me atrevía a pensar en lo que ella podría estar pensando o, si no, me habría corrido inmediatamente. A veces me aproximaba peligrosamente, pero el truco que me salvaba era pensar en Mónica y en el cadáver en la Estación Central. Aquella idea, su carácter humorístico, quiero decir, actuaba como una ducha fría. 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 103-105

lunes, 26 de mayo de 2014

EL LUTO. Henry Miller



El caso era que estaba muerta, definitivamente muerta para siempre, y ellos, los vivos, estaban ya separados de ella y para siempre, y había que vivir el hoy y el mañana, había que lavar la ropa, preparar la comida, y, cuando le llegara el turno al siguiente, habría que seleccionar un ataúd y reñir por el testamento, pero todo formaría parte de la rutina diaria y perder tiempo lamentándose y sintiendo pena era un pecado porque Dios, si es que existía, lo había querido así y nosotros, los mortales, no teníamos nada que decir al respecto.
     Sobrepasar los límites dispuestos de la alegría y de la pena era perverso. Estar al borde de la locura era el pecado más grave. Tenían un sentido extraordinario, animal, de la adaptación; habría constituido un espectáculo maravilloso, si hubiera sido verdaderamente animal, pero resultaba horrible cuando te dabas cuenta de que no era sino obtusa indiferencia e insensibilidad alemanas. Y aun así, no sé por qué, yo prefería aquellos estómagos mimados a la pena de cabeza de hidra del judío. En el fondo no podía compadecer a Kronski: tendría que compadecer a toda su tribu. La muerte de su mujer era un simple detalle, una menudencia, en la historia de sus calamidades. Como había dicho él mismo, había nacido sin suerte. Había nacido para ver salir mal las cosas... porque durante cinco mil años las cosas habían salido mal en la sangre de la raza. Venían al mundo con esa mirada de soslayo, deprimida y desesperanzada en el rostro y abandonarían el mundo del mismo modo. Dejaban mal olor tras sí: un veneno, un vómito de pena. El hedor que intentaban eliminar del mundo era el hedor que ellos mismos habían traído al mundo. Reflexionaba sobre todo eso, mientras le escuchaba.
     Me sentía tan bien y tan limpio por dentro, que, cuando nos separamos, después de haber doblado una esquina, me puse a silbar y a canturrear. Y luego se apoderó de mí una sed terrible y me dije con mi mejor acento irlandés: «Pues, claro. Mira, chaval, lo que tendrías que estar haciendo es tomando una copita», y, al decirlo, me metí en una taberna y pedí una buena jarra de cerveza espumosa y un espeso bocadillo de hamburguesa con mucha cebolla. Me tomé otra jarra de cerveza y después una copa de coñac y pensé para mis adentros con mi rudeza habitual: «Si el pobre tío no tiene bastante juicio para disfrutar con el entierro de su mujer, en ese caso yo lo disfrutaré por él.» Y cuanto más lo pensaba, más contento me ponía, y, si sentía la más mínima pena o envidia, era sólo por el hecho de que no podía ponerme en el pellejo de la pobre judía muerta, porque la muerte era algo que superaba absolutamente la comprensión de un pobre goi como yo y era una pena desperdiciarla en gente como ellos, que sabían todo lo que había que saber de la cuestión y, en cualquier caso, no la necesitaban. Me embriagué tanto con la idea de morir, que en mi estupor de borracho iba diciendo entre dientes al Dios de las alturas que me matara aquella noche: «Mátame, Dios, para saber en qué consiste.» Intenté lo mejor que pude imaginar cómo sería eso de entregar el alma, pero no hubo manera. Lo máximo que pude hacer fue imitar un estertor de agonía, pero al hacerlo casi me asfixié, y entonces me asusté tanto, que casi me cagué en los pantalones. De todos modos, eso no era la muerte. Eso era asfixiarse simplemente. La muerte se parecía más a lo que habíamos experimentado en el parque: dos personas caminando una al lado de la otra en la niebla, rozándose contra los árboles y los matorrales, y sin decirse ni palabra. Era algo más vacío que el nombre mismo y, aun así, correcto y pacífico, digno, si lo preferís. No era una continuación de la vida, sino un salto en la oscuridad y sin posibilidad de volver atrás nunca, ni siquiera como una mota de polvo. Y era algo correcto y bello, me dije, pues, ¿por qué habría uno de querer volver atrás? Probar una vez es probar para siempre: la vida o la muerte. Caiga del lado que caiga la moneda, está bien mientras no apuestes. Desde luego, es penoso asfixiarse con la propia saliva: es desagradable más que nada. Y, además, no siempre muere uno de asfixia. A veces uno perece mientras duerme, sereno y tranquilo como un cordero. Llega el Señor y te reintegra al redil, como se suele decir.
     El caso es que dejas de respirar. ¿Y por qué diablos habríamos de seguir respirando para siempre? Cualquier cosa que hubiera que hacer interminablemente sería una tortura. Los pobres diablos humanos que somos deberíamos sentirnos contentos de que alguien idease una salida. A la hora de dormir, no nos lo pensamos mucho. Pasamos la tercera parte de nuestras vidas roncando sin parar como ratas borrachas. ¿Qué me decís de eso? ¿Es eso trágico? Bueno, entonces, digamos tres terceras partes de sueño como el de ratas borrachas. ¡Joder! Si tuviéramos un poco de juicio, ¡bailaríamos de alegría sólo de pensarlo! Podríamos morir todos mañana en la cama, sin dolor, sin sufrimiento: si tuviésemos juicio como para sacar partido de nuestros remedios. No queremos morir, eso es lo malo que tenemos. Eso es lo que da sentido a Dios y a la olla de grillos de nuestra azotea. 

— Henry Miller, Trópico de Capricornio. Trad. Carlos Manzano. Gandhi: México, 2011., p. 112- 115