Acompáñese con vino.

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by Jonathan Wolstenholme
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martes, 8 de septiembre de 2015

LA DISPERSIÓN. Eugenio Trías


Más allá del ser y de su ausencia, más allá, siempre, épekenia –ahí, en ese ningún allí flota, impávida, LA DISPERSIÓN.

LA DISPERSIÓN: Es una cuestión de gusto, de nervio o víscera. ¡No le busquéis finalidad –que ella la niega, la excede siempre!

No es «lo absoluto» la dispersión sino que brota de su abolición y absolución. Es, pues, lo suelto y lo absuelto.

Un dios inocente y previo es la dispersión, un dios todavía infante que aún flota sobre las aguas en la aurora de un «primer día».

También la dispersión termina dispersándose: esa es su última y suprema trampa y su verdad. Su testamento.

La dispersión es el óxido que deteriora todo pensamiento sustancial.

No hay clausura de un pensamiento disperso.

PENSAMIENTO ENLOQUECIDO.

El pensamiento es una araña enredada en su tela. Sólo la embriaguez del genio la desenreda, y construye una red más basta.

Sólo en tiempos «racionalistas» aparece la locura calificada como «error de juicio» o como «mengua de facultades». Son épocas en las que se amputa a la razón su dimensión indómita y salvaje.

Yo no creo en nada de lo que digo, y por eso lo digo, porque lo he pensado.

DUDA METÓDICA: Si un día llego a creerme eso que pienso y digo, deberé entonces dudar de ello.

La duda, la interrogación, el distanciamiento crítico no son «puntos de partida de la reflexión filosófica», como se suele afirmar una y otra vez. Son armas de combate, bombas que hacen estallar las cadenas del pensamiento.

El exceso de razón es, «normalmente», el signo inequívoco de locura.

Carece de fondo el pensamiento cuando vislumbra el fin o palpa la materia que corre a través de sus arterias: pues es materia incandescente que se expande en destellos o chiribitas y que jamás «cuaja» o se «enfría»…

BAJO EL SIGNO DE INTERROGACIÓN.

¿Cuándo se escribirá una Crítica de la razón interrogativa?

La interrogación es solidaria del deseo (Eros entendido como tendencia o apetencia). La exclamación lo es de un Eros afirmativo entendido como gozo.

La razón interrogativa conduce sin apelación a una RESPUESTA DEFINITIVA: a Dios.

El deseo se trasciende en el orgasmo, umbral de la Muerte… El gozo es eternidad, es juego.

La filosofía intenta reducir todo supuesto; quiere partir de cero: de la ignorancia, de la duda, de la negación.
Sólo queda de negación en negación obtiene lo que secretamente ansiaba: una negación que niega la negación o una duda que ponga en duda la propia duda…

La filosofía es nihilista: construye un sólido edificio sobre el vacío como cimiento. Es un ídolo con pies de barro.

El telos filosófico siempre es un Absoluto secretamente solidario del «punto de partida»: la absoluta Nada.

La filosofía será nihilista mientras mantenga la interrogación como punto de partida.

La filosofía ha creído vanamente que la firmeza de una afirmación dependía de la autosuficiencia del objeto sobre la que ésta recaía. De ahí su búsqueda de un Absoluto.

¿Dónde está la verdad, la tierra firme, lo indudable? Todos los filósofos comienzan «ignorando» esa verdad y su paradero. Dicen «dudar de todo» o practican la «epojé», se sitúan o dicen situarse «fuera de juego».
Sólo algunos tienen la honradez y la gallardía de confesar que su duda es «metódica» y que su ignorancia es «irónica»…
Y a la postre comparece siempre el espectáculo de una tierra prometida: la Diosa abre las puertas… del palacio de la Verdad y en él se instala el filósofo.

La razón interrogativa es pensamiento moralizado: se supone el juicio, la estructura judicial. Supone «sí» y el «no»: la demarcación. Y mantiene una interna y secreta complicidad entre afirmación y negación: ésta es el espectro o sombra aquélla o el negativo del carrete, su otra faz.
La crítica de la razón interrogativa será por tanto, una genealogía de la moral en la filosofía.

NOSTALGIA Y REPETICIÓN

¡Qué gozo! Tomar un espejo y reflejar todas las cosas, divinas y humanas, el cielo y la tierra y los sentimientos y las virtudes… Eso es una filosofía ilusionista y sofística, una filosofía de artistas, en la que se juega con reflejos y con los efectos de luz…

FILOSOFÍA PESIMISTA: Aquella que implica saber y rememorar. Es siempre una ciencia crepuscular y post festum la que se propone. Es la filosofía entendida como Alka-Selkzer del espíritu.

La fuerza del Olvido regula el metabolismo de la vida.

La obsesión neurótica por la novedad «novedad» nos obligaría a una continua creación ex nihilo. Por fortuna eso que llamamos «viejo» de vez en cuando nos repite. En esto, como en todo, el estómago nos salva del infierno.

El infierno sería la repetición mecánica de lo mismo (el suplicio de Sísifo). O también la eterna destrucción de todo acto «ya vivido». Entre esas dos formas infernales se alinean las enfermedades del alma.

La poesía es la verdadera ciencia exacta: esa ciencia de lo «singular» soñada desde Aristóteles.

La poesía invierte el proceso de la ciencia: desmonta recurrencias, las leyes y las descubre, bajo las mismas, excepciones, sorpresas.

LA INOCENCIA

LA MUERTE. Es un espacio en blanco, ese separa, por ejemplo, un aforismo de otro.

Cuando una máscara se nos enquista en la piel y en lugar de despegárnosla pedimos al psiquiatra (si es existencialista) que nos la ajuste de tal modo que llegue a confundirse con la propia piel… a eso llamaría «autenticidad»: a una operación de cirugía estética.

EL ARTE DEL DISIMULO. El hombre «auténtico» se asemeja a esas bailarinas que parecen bailar desnudas… pero que en realidad están «disfrazadas» de desnudo.
Si las toca el censor, puede certificar que no es piel sino un disfraz. Aunque a veces se requiere un tacto muy fino para apreciar la diferencia.

Por favor, quiero cínicos, crueles, malvados, pérfidos, energúmenos y degenerados… todo eso que se llama escoria de la moral o detritus social…
Pero apártese de mí esa tentación y esa vecindad: la «buena fe».

Hay una cosa que no tolera ni resiste la «buena fe»: la lucidez.

La mujer no será libre mientras siga considerando secretamente al resto de las mujeres enemigos potenciales. Entre tanto, seguirá siendo un animal resentido.

ESCRITURA

Escribir es inscribir algo en la carne. Es tatuar al que lee.

El criterio de verdad de un enunciado es siempre la amplitud de su capacidad de seducción.

La buena crítica consiste en el reconocimiento de las cicatrices que ha dejado un escrito en el lector.

Hay quienes liberan su frustración de homicidas leyendo… llenan las páginas de exclamaciones, interrogaciones… (Tradúzcase: puñales, bombas…)

Se dice que la letra mata, que el leer es «empobrecerse», que el libro es el cadáver o cementerio de la idea…
     Toda esa estúpida cháchara sobre la «letra impresa» olvida que sólo mata la letra si no se la toma a la letra; si no se le percibe como lo único que es: mancha física, corporeidad, carne y sangre sobre el papel… Si la tomamos literalmente, entonces nos anima y nos hiere, duele o satisface… ¡Vive!

Escribir es un acto fisiológico.

No resisto la pasión de decir al fin quien soy: soy una mano que escribe aquí, ahora, o unos dedos que atienden el momento de instalar el cigarrillo en los labios, unos labios quizás o unos pulmones; o un registro inhábil de cierto olor a humedad o la audición lejana de un lamento marítimo, soy quizás ese recuerdo de una noche de estío, noche de amor. ¿Quizá? O soy… Soy un instante, un santo y dulce instante que dispuso un Dios a su solaz, aquella noche de verano perdida entre recuerdos, pluma en mano, respirando la humedad, fumando y sin poder resistir esa pasión irrefrenable de decir al fin que soy también aquella mano, aquellos dedos, aquellos labios… 

EL HILO DEL DISCURSO

El espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a olvidar.

Hay quienes aprenden a no fingir. Y hallan en la lógica o en la «Analítica» un buen sistema para «clarificar»… ¿Clarificar qué? Quizás, si son consecuentes, su propia mentira y fingimiento, esa mentira o ese alivio al que llaman Precisión o Claridad.

LO UNO Y LO MÚLTIPLE

Las filosofías ingenuas asisten al «revelado». Las más lúcidas se hacen previamente con el «negativo» del carrete.

FUGA DE LOS CINCO SENTIDOS

El recuerdo y la evocación están asociados a ese sentido olfativo, el más sutil y sofisticado, el más «espiritual» de nuestros sentidos.

Decimos de una mujer: es rubia, morena, pelirroja; su piel es oscura o pálida. Pero esas descripciones –sobretodo las que hacen referencia a la piel– esconden secretas distinciones y deseos olfativos, gástricos.

El hombre es ese animal que hace de la animalidad su propia sombra.

O un animal enfermo y esperpéntico, capaz de negar su propia animalidad.

Y de negarse a reconocer lo que es: un cuerpo, un cuerpo sensible… 

BAILE DE MÁSCARAS

Podríamos decir que la única diferencia entre el sueño y la «vida despierta» es que en ésta la fabulación es manifiestamente colectiva.

El «yo» es una instancia conceptual que menciona un fenómeno frecuente: la condensación, en una coyuntura determinada, de varias máscaras.

Un conglomerado de almas: eso es el yo.

SENTIDO DEL SENTIDO

Dialogar es intercambiar «efectos». A lo que más se parece un buen diálogo es a una buena sinfonía…

Llamaría el arte «de la mutua seducción» a ese juego del continuo engaño y desengaño al que suele llamarse, con evidente torpeza, «comunicación»… 

La filosofía del absurdo es –como el «teatro del absurdo»- solidaría de la filosofía (y del teatro) del sentido. El problema no se resuelve invirtiendo los términos sino rebasando la oposición, la «barra» (/)… Alcanzar, por tanto, el «grado cero del sentido»… 

PROTOCOLOS

La ciencia «moraliza» la realidad al buscarle leyes. ¡Suerte de la poesía, que la «desmoraliza» a tiempo al detectar excepciones!

La poesía no es «enseñable». El poema sólo podemos aprenderlo de memoria y repetirlo… cantando.

Los términos «desvelar», «examinar», «analizar», «penetrar», «saber» son eufemismos que disimulan otras expresiones más fuertes, son coberturas morales de actos inconfesables como «desgarrar», «amputar», «desmembrar», «violar», «desflorar»…

EL SAGRADO CAOS

El pensamiento es caos, sólo si se deja disperso se ofrece su verdadera imagen, en fragmentos, a pedazos…

LA VIDA COMO ARTE

El peor obstáculo de toda lectura inteligente es ese mal du siècle llamado «conciencia histórica».

UNA CULTURA PATÉTICA. Nuestra sociedad duplica el dolor con una sobrecarga de dolor: lo simboliza, lo hace «expresivo». Ir a cualquier hospital o asilo, hospicio o cárcel o frenopático. Veréis por todas partes, por las pareces, por las esquinas, signos alusivos al dolor. ¿Por qué los hospitales no puedes asemejarse lo más posible a una boïte? ¡Ah! Sólo sugerirlo parece blasfemo, horrísono… porque efectivamente, la propuesta atentaría la simbología del dolor. ¡Y es tan «horrible» pensar que este «valle de lágrimas» pueda convertirse en «jardín de las delicias»!

La poesía toca el cerebro de la piel.
La metafísica toca la piel del cerebro.

El aforismo o el pensamiento en su pura materialidad de escritura.

SUBVERSIÓN Y ESCAPISMO

COMO LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS. Quienes tachan a las minorías marginales de «escapistas», ignoran que, a falta de otras fuerzas y posibilidades reales –y mientras no se pueda demostrar con hechos lo contrario- lo más sensato y lo más revolucionario es, de momento, escaparse.

¿QUIÉN PREGUNTA?

¡Conocer las cosas, ir «hacia las cosas mismas»… «Volver hacia las cosas»…! ¡Como si las cosas fueran objeto de saber… en vez de ser, como de hecho son, objetos de comer…!

¿Por qué los filósofos tienden a detener el pensamiento en un punto? ¿Cuándo aprenderán a considerar como un «punto cualquiera» del universo esas «instancias últimas» o «fundamentos» de los que siempre se reclaman?

Orientar la terapia hacia la solidificación del sujeto significa institucionalizar la represión.

TIEMPO DESMORALIZADO

El azar es «eslabón perdido» que articula dos instantáneas.

No hay continuidad que asegure el «discurrir» del caos. Sus coordinadas se hayan también plagadas de vacíos o resquebrajaduras.

La ocurrencia está siempre más allá del bien y del mal.

Siempre fracasan las relaciones amorosas por culpa de las generalizaciones. Porque intercambiamos en los juicios o en las apreciaciones expresiones como «siempre» o «nunca», o porque utilizamos con profusión el verbo ser («tú eres», «yo soy»). O también y sobre todo porque todavía juzgamos. Y es un error de juicio juzgar.

Nietzsche era desde luego el Anticristo. Nadie hizo tan a fondo la misma experiencia de Cristo en Getsemaní. Nadie sufrió tanto en su cuerpo y en su alma. Ningún cuerpo se hallaba en situación tan idónea para negarse a tiempo y afirmarse fuera del tiempo…

DEMARCACIÓN Y DIFERENCIA

ESTRAGOS DE UNA ESTÉTICA. No nos exhibimos tal como presentimos ser, por miedo a ser o aparecer poco monstruosos.

Y, sin embargo, la alteridad fascina del mismo modo como fascinan secretamente los monstruos.

Toda cuestión implica siempre una respuesta, en la que el «sí» es secretamente cómplice del «no».

— Eugenio Trías, La dispersión (Ediciones Destino: Barcelona, 1991)

martes, 1 de septiembre de 2015

FRAGMENTOS QUIMÉRICOS. E. M. Cioran



La tragedia del hombre es no poder vivir en, sino sólo más acá o más allá.

Para los que, sin querer, han rebasado la vida, la filosofía significa muy poco.

No hay escapatoria al sufrimiento mientras vivamos; pero la muerte no es una solución, porque, al resolverlo todo, no resuelve absolutamente nada.

Es absurdo renunciar a la comida; pero igual de absurdo resulta eliminar la experiencia temporal del hambre con lo que ésta comporta de goce y de inmaterialidad.

Que la locura sea nuestra única sabiduría.

Despertemos con frenesí la ignorancia que nos esconde esa verdad, que la vida es una larga enfermedad.

He aquí lo que me diferencia de los demás: que yo he muerto innumerables veces, mientras ellos no han muerto nunca.

Sólo la muerte da profundidad a los actos de la vida. 

Una única sonrisa de mujer valdría más que tres cuartas partes del pensamiento humano si en esa sonrisa viéramos sonreír la vida.

La tragedia: la vida como límite de la muerte.

La nada es primordial (por eso, en el fondo, todo es nada); el Eros se hace; la conciencia es derivada.

Epígrafe a una autobiografía: soy un Raskólnikov sin la excusa del crimen.

Quien nunca deseó destruir la música, nunca la ha amado.

Sensaciones celestiales: como si los instantes se desgajaran del curso del tiempo para traerme un beso.

Entre los que rechazan la vida y no pueden amarla, no existe ni uno que no la haya amado o que no quisiera amarla.

Juramento a la vida. 
Nunca te traicionaré del todo;
aunque te he traicionado
y te traicionaré a cada paso;
Cuando te he odiado
no te he podido olvidar.
Te he maldecido para soportarte;
Te he rechazado para que cambies;
Te he llamado y no has venido;
He llorado y no has aliviado mis lágrimas.
Desierto has sido para mis súplicas,
tumba para mi voz.
Silencio para mis tormentos
y páramo para mis soledades.
He matado
en el pensamiento
el primer instante de vida.
He querido
veneno para tus raíces.
Te juro que nunca conocerás
mi gran traición.
Juro por todo lo más sagrado
que pueda haber;
por tu sonrisa,
que nunca me separaré de ti.

El rechazo de la liberación tiene su origen en un amor secreto por la tragedia.

Todos los filósofos tendrían que terminar a los pies de la pitonisa. No hay más que una filosofía: la de los momentos únicos.

Todos los hombres tienen que destruir su vida. Y según la manera como lo hagan se llamarán triunfadores o fracasados.

La música expresa todo lo que es caos en el cosmos: por eso únicamente existe una música de los principios y una música de los finales…

No entiendo cómo los hombres pueden creer en Dios, aunque pienso todos los días en él.

COMO LA VIDA SE CONVIERTE EN EL VALOR SUPREMO: la veneración por las mujeres; la rehabilitación del Eros como divinidad; salud natural, transfigurada por la delicadeza; el fervor de la danza en todos los actos de la vida; gracia en lugar de pesar; sonrisa en vez de pensamiento; entusiasmo en lugar de pasión; la lejanía como finitud; la vida como único Dios, única realidad y único culto; el pecado como crimen y la muerte como vergüenza. 
     … Lo demás es filosofía, cristianismo y otras formas de caída.

REGLAS PARA VENCER EL PESIMISMO PERO NO EL SUFRIMIENTO.
acompañar el más delicado estremecimiento del alma
con una tensión premeditada;
estar lúcido en la disolución interior;
vigilar la fascinación musical;
estar triste con método;
leer la Biblia con interés político,
y a los poetas 
para verificar la propia resistencia;
servirse de las nostalgias
para los pensamientos o hechos;
robárselas al alma;
crearse un centro exterior:
un país, un paisaje,
ligar los pensamientos al espacio;
mantener artificialmente el odio contra lo que sea:
contra una nación, una ciudad, 
un individuo, un recuerdo;
amar la fuerza después del sueño:
ser brutal 
después de lo que es puro y sublime;
aprender una táctica del alma;
conquistar los estados de ánimo;
no aprender nada de los hombres;
solamente la naturaleza es dueña de la duda;
anular el miedo con el movimiento;
con la fuga; cuando nos paramos, 
las cosas callan y la nada nos llama;
hacer de la quimera un sistema.

EL ARTE DE EVITAR LA SANTIDAD.
Aprende a considerar:
las ilusiones como virtudes; la tristeza como elegancia; el miedo como pretexto; el amor como olvido; la separación como un lujo; al hombre como recuerdo; la vida como balanceo; el sufrimiento como ejercicio; la muerte en la plenitud como la meta; la existencia como fruslería.

¿Qué soy yo sino una ocasión en medio de las infinitas probabilidades de no haber sido?

La sexualidad no tiene otro sentido que vencer lo infinito desde el Eros.

Una piedra, una flor y un gusano son más que todo el pensamiento humano.

Hay actos bondadosos que son mil veces más rastreros que cualquier gesto bestial.

El amor es por esencia pesimista. A los optimistas sólo les queda formar un círculo en torno al odio.

…la filosofía no dispone de verdad alguna, pero nadie entrará en el mundo de las verdades sin pasar por la filosofía.

A menudo me parece que el más insignificante poeta sabe más que el mayor de los filósofos.

Sólo hay una cosa que podría envanecerme: llegar a ser alguien de quien los poetas pudieran aprender algo.

El hombre es una paradoja de la naturaleza, porque ninguna condición le parece natural.

La mujer no perdona ninguna inocencia, como la vida no perdona lucidez alguna.

El pensamiento tiene que ser virulento, semejante a una gota de veneno, o reconfortante como la lágrima de un ángel.

— E. M. Cioran, El libro de las quimeras, trad. Joaquín Garrigós (Tusquets: México, 2013)

viernes, 23 de enero de 2015

BROMAS DEL CERDO EPICÚREO. Michel Onfray



     Decidido, un gorrino deja paso a una mujer cuyos artificios en el vestido y en las joyas apenas logran disminuir o reducir su desnudez arrogante, más bien al contrario. Por un lado vemos el rosa del cerdo, su hocico delantero, unas orejas grandes que ocultan un ojo que imagino arrugado, unas piernas prometedoras y una piel limpia, quizá perfumada, un lomo liso y recto, un rabo en espiral finamente dorado, unas pezuñas unguladas de mil demonios; por otro lado vemos el rosa de la mujer, sus senos delanteros, unas aréolas triunfales, unas curvas excesivas, un vientre hinchado por el deseo, unos brazos y hombros carnales, unas nalgas ampliamente dibujadas, unas formas desarrolladas y voluptuosas, un porte de cabeza altivo, una boca sensual. Las dos carnes se corresponden.
     La animalidad de la mujer equilibra la humanidad del cerdo. A éste lo lleva atado la criatura baudeleriana: ésta viste medias negras con motivos coloreados y florales en los tobillos y en la pantorrilla, ligas de lazos azules por encima de las rodillas, guantes largos de color negro, ceñidor de crespón o de encaje a la antigua bajo los senos, botas con hebillas y tacón, sombrero oscuro y pluma de avestruz temblorosa. Naturalmente lleva las joyas pendientes de las orejas, y un collar y brazaletes de oro. Tiene flores plantadas en la melena, que lleva anudada en el cuello. El conjunto se dibuja sobre un fondo de azul traspasado por luces de estrellas. Los angelitos culones, mofletudos, desnudos y excitados por la voluptuosidad estiran sus cuerpos en el éter sideral.
     Y se ve un vellón pubiano tanto más insolente y tupido cuanto que la mirada de la mujer se esconde detrás de una venda cuya presión le eleva un poco la cabeza. Es una figuración moderna de la feminidad conducida por el vicio, o de la mujer guiada por la venalidad, como un animal doméstico sometido: la acuarela de pasteles realzados a la aguada de Félicien Rops, Pornokratés, muestra paradójica e irónicamente la eterna cara del deseo expresado en las categorías del Occidente cristiano, que penaliza la sensualidad y asocia el cerdo a los instintos, a las pulsiones y a las pasiones. Se trata obviamente de una alegoría de la Fortuna obedeciendo con los ojos vendados a una imperiosa necesidad pagana que somete bajo su paso al conjunto de las musas perdidas en su autismo.
     Desde siempre, el cerdo ha representado las pasiones sensuales y la inocencia del placer disfrutadas con una voluptuosidad simple y fangosa. Los egipcios de la época más antigua se lo encontraban en la calle con temor y evitaban absolutamente su contacto. Cuando por un simple descuido lo tocaban, corrían a purificarse al aguadero más cercano, en el que se sumergían completamente vestidos. Una vez al año lo celebraban, pero para mejor masacrarlo en ceremonias expiatorias y catárticas. Sus guardianes constituían una casta de impuros e intocables cuyas hijas nunca podían casarse.
     En la historia de las ideas filosóficas, esta metáfora separa y atraviesa los siglos. Heráclito, el más antiguo, fustiga al cerdo por su probada complacencia en revolcarse, sin complejos ni moderación, en las manchas y sanies, en el lodo, en la porquería, en la inmundicia. Tampoco Demócrito, tan atomista y materialista, trata con indulgencia a la bestia del hocico, y por las mismas razones metafóricas que Plotino, el muy etéreo y místico autor de las Enéadas. Mugre, hedor, impureza: este mamífero repele. Por otra parte, los moralistas señalan y fustigan su virilidad exacerbada; con su sexo en espiral, semejante a su rabo, copula permanentemente, incluso cuando la hembra atiende a sus pequeños. Los doctos teólogos de la Edad Media subrayan su parentesco visceral con el hombre: muestra angustias parecidas a las del bípedo sin pluma -miedo a la noche, a los ruidos desconocidos y a la muerte.
     A menudo se olvida que el cerdo ha sustituido al hombre durante mucho tiempo y de forma ventajosa en las mesas de disección, cuando causaba estragos la prohibición de abrir los cuerpos cristianos. ¿Qué enseñan estas lecciones de anatomía sustitutivas? La equivalencia del hombre y del cerdo en su materialidad y en el espesor de sus carnes y, en consecuencia, el aspecto demoníaco de la materia y de la carne en el hombre. Pues el cristianismo asocia este animal a lo diabólico. Cuando Jesús, talentoso taumaturgo, como se sabe, expulsa a los demonios del cuerpo de un poseído, éstos piden encarnarse naturalmente en una manada de cerdos y, más concretamente, en el vientre de los mamíferos elegidos. Y es que el diablo ama más que a nada a la bestia de los pies hendidos que ni los judíos ni los musulmanes consumen, en parte para contrarrestar la dilección del ángel caído por el animal gruñón.
     En el siglo VII antes de nuestra era, el poeta satírico Semónides de Amorgos inventa la figura de la cerda, en el sentido dado familiarmente a este bien conocido epíteto. La historia de Circe la maga añade otro capítulo a esta historia, pues la mujer con poderes temibles se venga de todos los hombres que la apremian a aceptar sus insinuaciones metamorfoseándolos en cochinillos que aúllan por su palacio. Toca con una varita al macho arrogante que insiste demasiado y lo transforma inmediatamente en promesa de jamón. El gran número de estas bestias que se encuentra a su lado informa sin ninguna posibilidad de error de su inefable belleza. El cerdo acompaña a los destinos sufridos.
     Los mismos griegos utilizaban abundantemente al mamífero omnívoro en sus sacrificios. Aristóteles observa la excelencia de la bestezuela para este género de ejercicio religioso. Se lo destina a las entrañas de la tierra, a la Tierra Madre. Las modalidades de darle muerte implican la renuncia de las mujeres al fuego purificador, culinario o destructor. Se precipita las víctimas propiciatorias al fondo de las simas, donde quedan aplastadas. Mueren a causa de las heridas, descomponiéndose luego en el fondo de los abismos a los que son lanzados. Se recupera a veces la carroña para remontarla a la superficie, trabajarla sobre la piedra del altar y utilizar la carne descompuesta mezclándola con semillas destinadas a fecundar la tierra y a procurar buenas cosechas. Muerte fértil, tierra nutritiva, ciclo de podredumbre y renovación: el cerdo acompaña una mitología íntimamente asociada a lo subterráneo, a lo telúrico. El cerdo ama la gleba, la gleba ama al cerdo. 

—Michel Onfray, Teoría del cuerpo enamorado: por una erótica solar, trad. Ximo Brotons (Valencia: Pre-textos, 2002) 131-134 pp. 

lunes, 4 de agosto de 2014

LA EDUCACIÓN. Ernesto Sabato


Es urgente encarar una educación diferente, enseñar que vivimos en una tierra que debemos cuidar, que dependemos del agua, del aire, de los árboles, de los pájaros y de todos los seres vivientes, y que cualquier daño que hagamos a este universo grandioso perjudicará la vida futura y puede llegar a destruirla. ¡Lo que podría ser la enseñanza si en lugar de inyectar una cantidad de informaciones que nunca nadie ha retenido, se la vinculara con la lucha de las especies, con la urgente necesidad de cuidar los mares y los océanos!
     Hay que advertirles a los chicos del peligro planetario y de las atrocidades que las guerras han provocado en los pueblos. Es importante que se sientan parte de una historia a través de la cual los seres humanos han hecho grandes esfuerzos y también han cometido tremendos errores. La búsqueda de una vida más humana debe comenzar por la educación. Por eso es grave que los niños pasen horas atontados delante de la televisión, asimilando todo tipo de violencias; o dedicados a esos juegos que premian la destrucción. El niño puede aprender a valorar lo que es bueno y no caer en lo que le es inducido por el ambiente y los medios de comunicación. No podemos seguir leyéndole a los niños cuentos de gallinas y pollitos cuando tenemos a esas aves sometidas al peor suplicio. No podemos engañarlos en lo que refiere a la irracionalidad del consumo, a la injusticia social, a la miseria evitable, y a la violencia que existe en las ciudades y entre las diferentes culturas. Con poco que se les explique, los niños comprenderán que se vive un grave pecado de despilfarro en el mundo.
     Gandhi llama a la formación espiritual, la educación del corazón, el despertar del alma, y es crucial que comprendamos que la primera huella que la escuela y la televisión imprimen en el alma del chico es la competencia, la victoria sobre sus compañeros, y el más enfático individualismo, ser el primero, el ganador. Creo que la educación que damos a los hijos procrea el mal porque lo enseña como bien: la piedra angular de nuestra educación se asienta sobre el individualismo y la competencia. Genera una gran confusión enseñarles cristianismo y competencia, individualismo y bien común, y darles largas peroratas sobre la solidaridad que se contradicen con la desenfrenada búsqueda del éxito individual para la cual se los prepara. Necesitamos escuelas que favorezcan el equilibrio entre la iniciativa individual y el trabajo en equipo, que condenen el feroz individualismo que parece ser la preparación para el sombrío Leviatán de Hobbes cuando dice que el hombre es el lobo del hombre. 

— Ernesto Sabato, La resistencia. 1ª ed. Seix Barral: México, 2002., pp. 78-81

lunes, 21 de julio de 2014

AFORISMO 86. Franz Kafka


Desde el pecado original somos esencialmente iguales en la capacidad de conocimiento del Bien y del Mal. Sin embargo, aquí buscamos precisamente nuestras ventajas. Pero sólo más allá de ese conocimiento comienzan las verdaderas distinciones. La apariencia contraria surge por lo siguiente: nadie puede quedar satisfecho con sólo el conocimiento, sino que tiene que aspirar a actuar conforme el conocimiento dicta. Para ello, sin embargo, no se le ha otorgado la fuerza necesaria, por lo que se tiene que destruir a sí mismo, incluso corriendo el peligro de no obtener la fuerza conveniente para hacerlo; aunque no le queda otra salida que este último intento. (Éste es también el sentido de la amenaza de muerte en la prohibición de comer del árbol del conocimiento; quizá sea también el sentido original de la muerte natural.)
     Ante dicho intento, se asusta. Prefiere anular el conocimiento del Bien y del Mal (la designación «pecado original» procede de ese miedo); pero lo ya ocurrido no puede ser anulado, sino sólo enturbiado. Para esta finalidad surgen las motivaciones. El mundo entero está lleno de ellas, incluso el mundo visible acaso no sea otra cosa que una motivación del ser humano anhelante de un instante de tranquilidad. Un intento de falsear el hecho del conocimiento, de hacer del conocimiento mismo una meta. 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 29

lunes, 7 de julio de 2014

COMO LA VIDA SE CONVIERTE EN EL VALOR SUPREMO. E. M. Cioran


     La veneración por las mujeres; la rehabilitación del Eros como divinidad; salud natural, transfigurada por la delicadeza; el fervor de la danza en todos los actos de la vida; gracia en lugar de pesar; sonrisa en vez de pensamiento; entusiasmo en lugar de pasión; la lejanía como finitud; la vida como único Dios, única realidad y único culto; el pecado como crimen y la muerte como vergüenza.
     … Lo demás es filosofía, cristianismo y otras formas de caída.

— E. M. Cioran, El libro de las quimeras. Trad. Joaquín Garrigós. Tusquets: México DF, 2013.  161-2

lunes, 23 de junio de 2014

HACIA LA DESNUDEZ. E. M. Cioran



I

El ser que se orienta hacia la desnudez rechaza las apariencias que le recuerdan este mundo, del que se pretende desterrado. Ante lo que existe o parece existir, no siente más que exasperación. Cuanto más se aleje de las apariencias, menos necesitará los signos que las realzan o los simulacros que las denuncian, dado lo nefastos que son unos y otros para la búsqueda de lo fundamental, de lo que huye de nosotros, de ese fondo último que exige, para ser aprehendido, la ruina de toda imagen, incluso espiritual.

II

     Privilegio maldito del hombre exterior, la imagen, por pura que sea, conserva una fracción de materialidad, un algo de rugosidad, y, dado que nos remite necesariamente al mundo, posee por ello un elemento de incertidumbre y de confusión. Sólo mediante una victoria sobre la imagen podremos encaminarnos hacia el ser desnudo, hacia esa seguridad sin amarras que llamamos liberación. Liberarse, en realidad, equivale a desembarazarse de la imagen, a despojarse de todos los símbolos de este mundo.

III

       Únicamente se libera uno de la imagen si a la vez se libera de la palabra. Todo vocablo equivale a un estigma, es un atentado contra la pureza. «Ninguna palabra puede esperar otra cosa que su propia derrota», proclama Gregorio Palamas en su Defensa de los santos hesicastas. A ese fondo que se halla más allá de las apariencias sólo se llega mediante el silencio, ese silencio del que Serafin de Sarov decía que hace a los seres humanos semejantes a ángeles.
        Hecho notable: no existe silencio frívolo, silencio superficial. Todo silencio es esencial. Cuando se le saborea, se experimenta automáticamente una especie de supremacía, una extraña soberanía. Es posible que lo que llamamos interioridad no sea más que una espera muda. De la misma manera, no existe «vida verdadera» o simplemente vida espiritual que no implique la muerte de la imagen y de la palabra, la destrucción, en lo más íntimo del ser, de este mundo y de todos los mundos. La experiencia mística se confunde, en su extremo, con la beatitud de un supremo rechazo.

IV

       Buscar, perseguir la imagen es probar que nos hemos quedado más acá de lo absoluto y que somos incapaces de visión pura. Y ello es lógico, dado que no se trata de una visión que carezca de objeto, sino de una visión que se halla más allá de todo objeto. Podría incluso decirse que lo que ella nos permite ver es la ausencia sin límites de todo lo que puede ser visto, la desnudez pura, la vacuidad como plenitud o, mejor aún, ese «abismo de la superesencia» celebrado por Ruysbroek.

V

      Entre todos los seres que buscan, sólo el místico ha encontrado, pero el precio de tan excepcional privilegio es no poder decir jamás qué ha hallado, y ello a pesar de que posee la seguridad que únicamente otorga la sabiduría intransmisible (la verdadera sabiduría, en suma). El camino por el que nos invitará a seguirle, desemboca en una vacuidad que colma, puesto que sustituye a todos los universos abolidos. Se trata de un intento, el más radical que se ha llevado a cabo, de aferrarse a algo que sea más puro que el ser o que la ausencia del ser, algo superior a todo, incluso a lo absoluto.

VI

         La sabiduría obtenida de las apariencias es una falsa sabiduría o, si se prefiere, una no‑sabiduría. Para el místico, el conocimiento, en el sentido profundo, último, de la palabra, se reduce a una ignorancia iluminada, una ignorancia «transluminosa». Quienes viven en contacto con esa ignorancia y con la luz divina perciben, dice Ruysbroek, una especie de «soledad devastada».
      A partir de esa soledad, se comprende fácilmente la necesidad, la urgencia del desierto, espacio propicio a la huida hacia la ausencia de imágenes, hacia una renuncia inaudita, hacia la unidad desnuda, hacia la Deidad más que hacia Dios. «La Deidad y Dios», afirma Meister Eckhart, «son tan diferentes como el cielo y la tierra. El cielo se halla a miles de leguas más arriba. Lo mismo la Deidad respecto a Dios. Dios deviene y pasa.!»
         Limitarse a Dios es, como lo ha señalado un comentador, permanecer «en la orilla de la eternidad», ser incapaz de penetrar en la propia eternidad, a la cual sólo se llega elevándose a la Deidad. Inspirándonos de nuevo en la misma «soledad devastada», ¿cómo no evocar esa oratio ignita, esa «plegaria de fuego» de la que, según un Padre de los primeros siglos de nuestra era, sólo somos capaces cuando nos hallamos tan impregnados de una luz trascendente que nos resulta imposible seguir utilizando el lenguaje humano?

— CIORAN, E. M. Ejercicios de admiración y otros textos. Trad. Rafael Panizo. 3ª. ed. Barcelona: Tusquets, 2000. 229 p. ISBN: 84-7223-472-X.

lunes, 2 de junio de 2014

REGLAS PARA VENCER EL PESIMISMO PERO NO EL SUFRIMIENTO. E. M. Cioran



[...]acompañar el más delicado estremecimiento del alma
con una tensión premeditada;
estar lúcido en la disolución interior;
vigilar la fascinación musical;
estar triste con método;
leer la Biblia con interés político,
y a los poetas
para verificar la propia resistencia;
servirse de las nostalgias
para los pensamientos o hechos;
robárselas al alma;
crearse un centro exterior:
un país, un paisaje,
ligar los pensamientos al espacio;
mantener artificialmente el odio contra lo que sea:
contra una nación, una ciudad,
un individuo, un recuerdo;
amar la fuerza después del sueño:
ser brutal
después de lo que es puro y sublime;
aprender una táctica del alma;
conquistar los estados de ánimo;
no aprender nada de los hombres;
solamente la naturaleza es dueña de la duda;
anular el miedo con el movimiento;
con la fuga; cuando nos paramos,
las cosas callan y la nada nos llama;
hacer de la quimera un sistema [...]

— E. M. Cioran, El libro de las quimeras. Trad. Joaquín Garrigós. Tusquets: México DF, 2013., p. 166-167

miércoles, 11 de septiembre de 2013

GENEALOGÍA DEL FANATISMO. E. M. Cioran



En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo, pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado... Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas.     Idólatras por instinto, convertimos en incondicionados los objetos de nuestros sueños y de nuestros intereses. La historia no es más que un desfile de falsos Absolutos, una sucesión de templos elevados a pretextos, un envilecimiento del espíritu ante lo Improbable. Incluso cuando se aleja de la religión, el hombre permanece sujeto a ella; agotándose en forjar simulacros de dioses, los adopta después febrilmente: su necesidad de ficción, de mitología, triunfa sobre la evidencia y el ridículo. Su capacidad de adorar es responsable de todos sus crímenes: el que ama indebidamente a un dios obliga a los otros amarlo, en espera de exterminarlos si rehúsan. No hay intolerancia, intransigencia ideológica o proselitismo que no revelen el fondo bestial del entusiasmo. Que pierda el hombre su facultad de indiferencia: se convierte en asesino virtual; que transforme su idea en dios: las consecuencias son incalculables. No se mata más que en nombre de un dios o de sus sucedáneos: los excesos suscitados por la diosa Razón, por la idea de nación, de clase o de raza son parientes de los de la inquisición o la Reforma. Las épocas de fervor sobresalen en hazañas sanguinarias: Santa Teresa no podía por menos de ser contemporánea de los autos de fe y Lutero de la matanza de los campesinos. En la crisis místicas, los gemidos de las víctimas son paralelos a los gemidos del éxtasis... Patíbulos, calabozos y mazmorras no prosperan más que a la sombra de una fe, de esa necesidad de creer que ha infestado es espíritu para siempre. El diablo palidece junto a quien dispone de una verdad, de su verdad. Somos injustos con los Nerones o los Tiberios: ellos no inventaron el concepto de herético: no fueron sino soñadores degenerados que se divertían con las matanzas. Los verdaderos criminales son los que establecen una ortodoxia sobre el plano religioso o político, los que distinguen entre el fiel y el cismático. En cuanto rehusamos admitir el carácter intercambiable de las ideas, la sangre corre... Bajo las resoluciones firmes se yergue un puñal; los ojos llameantes presagian el crimen. Jamás el espíritu dubitativo, aquejado del hamletismo, fue pernicioso: el principio del mal reside en la tensión de la voluntad, en la ineptitud para el quietismo, en la megalomanía prometeica de una raza que revienta de ideal, que estalla bajo sus convicciones y la cual, por haberse complacido en despreciar la duda y la pereza -vicios más nobles que todas las virtudes-, se ha internado en una vía de pernición, en la historia, en esa mezcla indecente de banalidad y apocalipsis... Las certezas abundan en ella: suprimidlas y suprimiréis sobre todo sus consecuencias: reconstituiréis el paraíso. ¿Qué es la Caída sino la búsqueda de una verdad y la certeza de haberla encontrado, la pasión por un dogma, el establecimiento de un dogma? De ello resulta el fanatismo -tara capital que da al hombre el gusto por la eficacia, por la profecía y el terror-, lepra lírica que contamina las almas, las somete, las tritura o las exalta... No escapan más que los escépticos (o los perezosos y los estetas), porque no proponen nada, porque -verdaderos bienhechores de la humanidad- destruyen los prejuicios y analizan el delirio. Me siento más seguro junto a un Pirrón que junto a un San Pablo, por la razón de que una sabiduría de humoradas es más dulce que una santidad desenfrenada. En un espíritu ardiente encontramos la bestia de presa  disfrazada; no podríamos defendernos demasiado de las garras de un profeta... En cuanto eleve la voz, sea el nombre del cielo, de la ciudad o de otros pretextos, alejaos de él: sátiro de vuestra soledad, no os perdona el vivir más acá de sus verdades y sus arrebatos; quiere haceros compartir su histeria, su bien, imponérosla y desfiguraros. Un ser poseído por una creencia y que no buscase comunicársela a otros es un fenómeno extraño a la tierra, donde la obsesión de la salvación vuelve la vida irrespirable. Mirad en torno a vosotros: Por todas partes larvas que predican; cada institución traduce una misión; los ayuntamientos tienen su absoluto como los templos; la administración con sus reglamentos: metafísica para uso de monos... Todos se esfuerzan por remediar la vida de todos: aspiran a ello hasta los mendigos, incluso los incurables; las aceras del mundo y los hospitales rebosan de reformadores. El ansia de llegar a ser fuente de sucesos actúa sobre cada uno como un desorden mental o una maldición elegida. La sociedad es un infierno de salvadores. Lo que buscaba Diógenes con su linterna era un indiferente... Me basta escuchar a alguien hablar sinceramente de ideal, porvenir, de filosofía, escucharle decir «nosotros» con una inflexión de seguridad, invocar a los «otros» y sentirse su intérprete, para que le considere mi enemigo. Veo en él un tirano fallido, casi un verdugo, tan odioso como los tiranos y los verdugos de gran clase. Es que toda fe ejerce una forma de terror, tanto más temible cuanto que los «puros» son sus agentes. Se sospecha de los ladinos, de los bribones, de los tramposos; sin embargo, no sabríamos imputarles ninguna de las grandes convulsiones de la historia; no creyendo en nada, no hurgan vuestros corazones, ni vuestros pensamientos más íntimos; os abandonan a vuestra molicie, a vuestra desesperación o a vuestra inutilidad; la humanidad les debe los pocos momentos de prosperidad que ha conocido; son ellos los que salvan a los pueblos que los fanáticos torturan y los «idealistas» arruinan. Sin doctrinas, no tienen más que caprichos e intereses, vicios acomodaticios, mil veces más soportables que el despotismo de los principios; porque todos los males de la vida vienen de una «concepción de la vida». Un hombre político cumplido debería profundizar en los sofistas antiguos y tomar lecciones de canto; y de corrupción... El fanático es incorruptible: si mata por una idea, puede igualmente hacerse matar por ella; en los dos casos, tirano o mártir, es un monstruo. No hay seres más peligrosos que los que han sufrido por una creencia: los grandes perseguidores se reclutan entre los mártires a los que no se ha cortado la cabeza. Lejos de disminuir el apetito de poder, el sufrimiento lo exaspera: por eso el espíritu se siente más a gusto en la sociedad de un fanfarrón que en la de un mártir; y nada le repugna tanto como ese espectáculo donde se muere por una idea... Harto de lo sublime y de carnicerías, sueña con un aburrimiento provinciano a escala universal, con una Historia cuyo estancamiento sería tal que la duda se dibujaría como un acontecimiento y la esperanza como una calamidad...

      —Extraído de Breviario de pobredumbre. (Précis de décomposition, Editions Gallimard, París, 1949.)
Podéis encontrarlo en: Adiós a la filosofía y otros textos, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pp. 13-17. Prólogo, selección y traducción de Fernado Savater.