Acompáñese con vino.

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by Jonathan Wolstenholme
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martes, 8 de septiembre de 2015

LA DISPERSIÓN. Eugenio Trías


Más allá del ser y de su ausencia, más allá, siempre, épekenia –ahí, en ese ningún allí flota, impávida, LA DISPERSIÓN.

LA DISPERSIÓN: Es una cuestión de gusto, de nervio o víscera. ¡No le busquéis finalidad –que ella la niega, la excede siempre!

No es «lo absoluto» la dispersión sino que brota de su abolición y absolución. Es, pues, lo suelto y lo absuelto.

Un dios inocente y previo es la dispersión, un dios todavía infante que aún flota sobre las aguas en la aurora de un «primer día».

También la dispersión termina dispersándose: esa es su última y suprema trampa y su verdad. Su testamento.

La dispersión es el óxido que deteriora todo pensamiento sustancial.

No hay clausura de un pensamiento disperso.

PENSAMIENTO ENLOQUECIDO.

El pensamiento es una araña enredada en su tela. Sólo la embriaguez del genio la desenreda, y construye una red más basta.

Sólo en tiempos «racionalistas» aparece la locura calificada como «error de juicio» o como «mengua de facultades». Son épocas en las que se amputa a la razón su dimensión indómita y salvaje.

Yo no creo en nada de lo que digo, y por eso lo digo, porque lo he pensado.

DUDA METÓDICA: Si un día llego a creerme eso que pienso y digo, deberé entonces dudar de ello.

La duda, la interrogación, el distanciamiento crítico no son «puntos de partida de la reflexión filosófica», como se suele afirmar una y otra vez. Son armas de combate, bombas que hacen estallar las cadenas del pensamiento.

El exceso de razón es, «normalmente», el signo inequívoco de locura.

Carece de fondo el pensamiento cuando vislumbra el fin o palpa la materia que corre a través de sus arterias: pues es materia incandescente que se expande en destellos o chiribitas y que jamás «cuaja» o se «enfría»…

BAJO EL SIGNO DE INTERROGACIÓN.

¿Cuándo se escribirá una Crítica de la razón interrogativa?

La interrogación es solidaria del deseo (Eros entendido como tendencia o apetencia). La exclamación lo es de un Eros afirmativo entendido como gozo.

La razón interrogativa conduce sin apelación a una RESPUESTA DEFINITIVA: a Dios.

El deseo se trasciende en el orgasmo, umbral de la Muerte… El gozo es eternidad, es juego.

La filosofía intenta reducir todo supuesto; quiere partir de cero: de la ignorancia, de la duda, de la negación.
Sólo queda de negación en negación obtiene lo que secretamente ansiaba: una negación que niega la negación o una duda que ponga en duda la propia duda…

La filosofía es nihilista: construye un sólido edificio sobre el vacío como cimiento. Es un ídolo con pies de barro.

El telos filosófico siempre es un Absoluto secretamente solidario del «punto de partida»: la absoluta Nada.

La filosofía será nihilista mientras mantenga la interrogación como punto de partida.

La filosofía ha creído vanamente que la firmeza de una afirmación dependía de la autosuficiencia del objeto sobre la que ésta recaía. De ahí su búsqueda de un Absoluto.

¿Dónde está la verdad, la tierra firme, lo indudable? Todos los filósofos comienzan «ignorando» esa verdad y su paradero. Dicen «dudar de todo» o practican la «epojé», se sitúan o dicen situarse «fuera de juego».
Sólo algunos tienen la honradez y la gallardía de confesar que su duda es «metódica» y que su ignorancia es «irónica»…
Y a la postre comparece siempre el espectáculo de una tierra prometida: la Diosa abre las puertas… del palacio de la Verdad y en él se instala el filósofo.

La razón interrogativa es pensamiento moralizado: se supone el juicio, la estructura judicial. Supone «sí» y el «no»: la demarcación. Y mantiene una interna y secreta complicidad entre afirmación y negación: ésta es el espectro o sombra aquélla o el negativo del carrete, su otra faz.
La crítica de la razón interrogativa será por tanto, una genealogía de la moral en la filosofía.

NOSTALGIA Y REPETICIÓN

¡Qué gozo! Tomar un espejo y reflejar todas las cosas, divinas y humanas, el cielo y la tierra y los sentimientos y las virtudes… Eso es una filosofía ilusionista y sofística, una filosofía de artistas, en la que se juega con reflejos y con los efectos de luz…

FILOSOFÍA PESIMISTA: Aquella que implica saber y rememorar. Es siempre una ciencia crepuscular y post festum la que se propone. Es la filosofía entendida como Alka-Selkzer del espíritu.

La fuerza del Olvido regula el metabolismo de la vida.

La obsesión neurótica por la novedad «novedad» nos obligaría a una continua creación ex nihilo. Por fortuna eso que llamamos «viejo» de vez en cuando nos repite. En esto, como en todo, el estómago nos salva del infierno.

El infierno sería la repetición mecánica de lo mismo (el suplicio de Sísifo). O también la eterna destrucción de todo acto «ya vivido». Entre esas dos formas infernales se alinean las enfermedades del alma.

La poesía es la verdadera ciencia exacta: esa ciencia de lo «singular» soñada desde Aristóteles.

La poesía invierte el proceso de la ciencia: desmonta recurrencias, las leyes y las descubre, bajo las mismas, excepciones, sorpresas.

LA INOCENCIA

LA MUERTE. Es un espacio en blanco, ese separa, por ejemplo, un aforismo de otro.

Cuando una máscara se nos enquista en la piel y en lugar de despegárnosla pedimos al psiquiatra (si es existencialista) que nos la ajuste de tal modo que llegue a confundirse con la propia piel… a eso llamaría «autenticidad»: a una operación de cirugía estética.

EL ARTE DEL DISIMULO. El hombre «auténtico» se asemeja a esas bailarinas que parecen bailar desnudas… pero que en realidad están «disfrazadas» de desnudo.
Si las toca el censor, puede certificar que no es piel sino un disfraz. Aunque a veces se requiere un tacto muy fino para apreciar la diferencia.

Por favor, quiero cínicos, crueles, malvados, pérfidos, energúmenos y degenerados… todo eso que se llama escoria de la moral o detritus social…
Pero apártese de mí esa tentación y esa vecindad: la «buena fe».

Hay una cosa que no tolera ni resiste la «buena fe»: la lucidez.

La mujer no será libre mientras siga considerando secretamente al resto de las mujeres enemigos potenciales. Entre tanto, seguirá siendo un animal resentido.

ESCRITURA

Escribir es inscribir algo en la carne. Es tatuar al que lee.

El criterio de verdad de un enunciado es siempre la amplitud de su capacidad de seducción.

La buena crítica consiste en el reconocimiento de las cicatrices que ha dejado un escrito en el lector.

Hay quienes liberan su frustración de homicidas leyendo… llenan las páginas de exclamaciones, interrogaciones… (Tradúzcase: puñales, bombas…)

Se dice que la letra mata, que el leer es «empobrecerse», que el libro es el cadáver o cementerio de la idea…
     Toda esa estúpida cháchara sobre la «letra impresa» olvida que sólo mata la letra si no se la toma a la letra; si no se le percibe como lo único que es: mancha física, corporeidad, carne y sangre sobre el papel… Si la tomamos literalmente, entonces nos anima y nos hiere, duele o satisface… ¡Vive!

Escribir es un acto fisiológico.

No resisto la pasión de decir al fin quien soy: soy una mano que escribe aquí, ahora, o unos dedos que atienden el momento de instalar el cigarrillo en los labios, unos labios quizás o unos pulmones; o un registro inhábil de cierto olor a humedad o la audición lejana de un lamento marítimo, soy quizás ese recuerdo de una noche de estío, noche de amor. ¿Quizá? O soy… Soy un instante, un santo y dulce instante que dispuso un Dios a su solaz, aquella noche de verano perdida entre recuerdos, pluma en mano, respirando la humedad, fumando y sin poder resistir esa pasión irrefrenable de decir al fin que soy también aquella mano, aquellos dedos, aquellos labios… 

EL HILO DEL DISCURSO

El espacio que separa un aforismo de otro es una invitación a olvidar.

Hay quienes aprenden a no fingir. Y hallan en la lógica o en la «Analítica» un buen sistema para «clarificar»… ¿Clarificar qué? Quizás, si son consecuentes, su propia mentira y fingimiento, esa mentira o ese alivio al que llaman Precisión o Claridad.

LO UNO Y LO MÚLTIPLE

Las filosofías ingenuas asisten al «revelado». Las más lúcidas se hacen previamente con el «negativo» del carrete.

FUGA DE LOS CINCO SENTIDOS

El recuerdo y la evocación están asociados a ese sentido olfativo, el más sutil y sofisticado, el más «espiritual» de nuestros sentidos.

Decimos de una mujer: es rubia, morena, pelirroja; su piel es oscura o pálida. Pero esas descripciones –sobretodo las que hacen referencia a la piel– esconden secretas distinciones y deseos olfativos, gástricos.

El hombre es ese animal que hace de la animalidad su propia sombra.

O un animal enfermo y esperpéntico, capaz de negar su propia animalidad.

Y de negarse a reconocer lo que es: un cuerpo, un cuerpo sensible… 

BAILE DE MÁSCARAS

Podríamos decir que la única diferencia entre el sueño y la «vida despierta» es que en ésta la fabulación es manifiestamente colectiva.

El «yo» es una instancia conceptual que menciona un fenómeno frecuente: la condensación, en una coyuntura determinada, de varias máscaras.

Un conglomerado de almas: eso es el yo.

SENTIDO DEL SENTIDO

Dialogar es intercambiar «efectos». A lo que más se parece un buen diálogo es a una buena sinfonía…

Llamaría el arte «de la mutua seducción» a ese juego del continuo engaño y desengaño al que suele llamarse, con evidente torpeza, «comunicación»… 

La filosofía del absurdo es –como el «teatro del absurdo»- solidaría de la filosofía (y del teatro) del sentido. El problema no se resuelve invirtiendo los términos sino rebasando la oposición, la «barra» (/)… Alcanzar, por tanto, el «grado cero del sentido»… 

PROTOCOLOS

La ciencia «moraliza» la realidad al buscarle leyes. ¡Suerte de la poesía, que la «desmoraliza» a tiempo al detectar excepciones!

La poesía no es «enseñable». El poema sólo podemos aprenderlo de memoria y repetirlo… cantando.

Los términos «desvelar», «examinar», «analizar», «penetrar», «saber» son eufemismos que disimulan otras expresiones más fuertes, son coberturas morales de actos inconfesables como «desgarrar», «amputar», «desmembrar», «violar», «desflorar»…

EL SAGRADO CAOS

El pensamiento es caos, sólo si se deja disperso se ofrece su verdadera imagen, en fragmentos, a pedazos…

LA VIDA COMO ARTE

El peor obstáculo de toda lectura inteligente es ese mal du siècle llamado «conciencia histórica».

UNA CULTURA PATÉTICA. Nuestra sociedad duplica el dolor con una sobrecarga de dolor: lo simboliza, lo hace «expresivo». Ir a cualquier hospital o asilo, hospicio o cárcel o frenopático. Veréis por todas partes, por las pareces, por las esquinas, signos alusivos al dolor. ¿Por qué los hospitales no puedes asemejarse lo más posible a una boïte? ¡Ah! Sólo sugerirlo parece blasfemo, horrísono… porque efectivamente, la propuesta atentaría la simbología del dolor. ¡Y es tan «horrible» pensar que este «valle de lágrimas» pueda convertirse en «jardín de las delicias»!

La poesía toca el cerebro de la piel.
La metafísica toca la piel del cerebro.

El aforismo o el pensamiento en su pura materialidad de escritura.

SUBVERSIÓN Y ESCAPISMO

COMO LOS SOCIALISTAS UTÓPICOS. Quienes tachan a las minorías marginales de «escapistas», ignoran que, a falta de otras fuerzas y posibilidades reales –y mientras no se pueda demostrar con hechos lo contrario- lo más sensato y lo más revolucionario es, de momento, escaparse.

¿QUIÉN PREGUNTA?

¡Conocer las cosas, ir «hacia las cosas mismas»… «Volver hacia las cosas»…! ¡Como si las cosas fueran objeto de saber… en vez de ser, como de hecho son, objetos de comer…!

¿Por qué los filósofos tienden a detener el pensamiento en un punto? ¿Cuándo aprenderán a considerar como un «punto cualquiera» del universo esas «instancias últimas» o «fundamentos» de los que siempre se reclaman?

Orientar la terapia hacia la solidificación del sujeto significa institucionalizar la represión.

TIEMPO DESMORALIZADO

El azar es «eslabón perdido» que articula dos instantáneas.

No hay continuidad que asegure el «discurrir» del caos. Sus coordinadas se hayan también plagadas de vacíos o resquebrajaduras.

La ocurrencia está siempre más allá del bien y del mal.

Siempre fracasan las relaciones amorosas por culpa de las generalizaciones. Porque intercambiamos en los juicios o en las apreciaciones expresiones como «siempre» o «nunca», o porque utilizamos con profusión el verbo ser («tú eres», «yo soy»). O también y sobre todo porque todavía juzgamos. Y es un error de juicio juzgar.

Nietzsche era desde luego el Anticristo. Nadie hizo tan a fondo la misma experiencia de Cristo en Getsemaní. Nadie sufrió tanto en su cuerpo y en su alma. Ningún cuerpo se hallaba en situación tan idónea para negarse a tiempo y afirmarse fuera del tiempo…

DEMARCACIÓN Y DIFERENCIA

ESTRAGOS DE UNA ESTÉTICA. No nos exhibimos tal como presentimos ser, por miedo a ser o aparecer poco monstruosos.

Y, sin embargo, la alteridad fascina del mismo modo como fascinan secretamente los monstruos.

Toda cuestión implica siempre una respuesta, en la que el «sí» es secretamente cómplice del «no».

— Eugenio Trías, La dispersión (Ediciones Destino: Barcelona, 1991)

viernes, 25 de julio de 2014

LA MUCHACHA DE PRAGA. Franz Kafka


En aquel tiempo vivíamos en la calle Zeltner. Justo enfrente había un negocio de confección, ante cuya puerta permanecía siempre una empleada. Arriba paseaba yo de un lado a otro, estudiando con los nervios en tensión el sinfín de cosas absurdas que constituían la materia del primer examen de Estado. Era verano, hacía mucho calor, prácticamente insoportable. Permanecí de pie en la ventana, con la antipática Historia del Derecho romano entre los dientes. Al final nos entendimos por señas. Tenía que recogerla a las ocho de la noche, pero cuando bajé a esa hora ya había otro, aunque este suceso no cambió mucho las cosas, yo tenía miedo de todo el mundo, por lo tanto también de aquel hombre. Si no hubiera estado allí, habría tenido igual miedo de él. La muchacha se colgó del brazo del desconocido, pero me hizo señas para que los siguiera.
     Llegamos a la isla Schützen, allí bebimos cerveza, yo en una mesa contigua, y luego nos fuimos lentamente, yo detrás, hasta la casa de la muchacha, en algún lugar cerca del mercado de la carne. El hombre se despidió y la muchacha entró en la casa. Esperé un rato hasta que regresó, y luego nos fuimos a un hotel de la Kleinseite. Ya ante el hotel todo fue excitante, seductor y repugnante. En el interior del hotel no fue distinto. Y cuando regresábamos por la mañana por el puente de Karl -todavía con calor y todo hermoso- me encontraba feliz, pero esa felicidad consistía exclusivamente en que mi cuerpo eternamente quejumbroso por fin había encontrado algo de tranquilidad; pero sobre todo consistía en que el encuentro no había sido todavía más repugnante ni más sucio. Estuve otra vez con la muchacha, creo que dos noches después, y todo fue tan bien como la primera vez, pero cuando después salí y sentí la frescura del verano, cuando jugué fuera un poco con una niña, no pude volver a ver a aquella dependienta en Praga...

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., pp. 54-55

lunes, 21 de julio de 2014

AFORISMO 86. Franz Kafka


Desde el pecado original somos esencialmente iguales en la capacidad de conocimiento del Bien y del Mal. Sin embargo, aquí buscamos precisamente nuestras ventajas. Pero sólo más allá de ese conocimiento comienzan las verdaderas distinciones. La apariencia contraria surge por lo siguiente: nadie puede quedar satisfecho con sólo el conocimiento, sino que tiene que aspirar a actuar conforme el conocimiento dicta. Para ello, sin embargo, no se le ha otorgado la fuerza necesaria, por lo que se tiene que destruir a sí mismo, incluso corriendo el peligro de no obtener la fuerza conveniente para hacerlo; aunque no le queda otra salida que este último intento. (Éste es también el sentido de la amenaza de muerte en la prohibición de comer del árbol del conocimiento; quizá sea también el sentido original de la muerte natural.)
     Ante dicho intento, se asusta. Prefiere anular el conocimiento del Bien y del Mal (la designación «pecado original» procede de ese miedo); pero lo ya ocurrido no puede ser anulado, sino sólo enturbiado. Para esta finalidad surgen las motivaciones. El mundo entero está lleno de ellas, incluso el mundo visible acaso no sea otra cosa que una motivación del ser humano anhelante de un instante de tranquilidad. Un intento de falsear el hecho del conocimiento, de hacer del conocimiento mismo una meta. 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 29

viernes, 11 de julio de 2014

LA CASA DE LOS MUERTOS. Franz Kafka


Fui huésped en la casa de los muertos. Era una cripta grande y limpia, ya había algunos ataúdes, aunque todavía quedaba mucho sitio. Dos ataúdes estaban abiertos, el interior ofrecía el aspecto como de camas deshechas que hubieran sido abandonadas recientemente. Situada en un lado, de tal modo que no pude darme cuenta al principio, se hallaba una mesa de escritorio a la que se sentaba un hombre de cuerpo poderoso. En su mano derecha sostenía una pluma; parecía como si hubiera escrito algo y se hubiera detenido en ese mismo instante. La mano izquierda jugaba en el chaleco con una espléndida cadena de reloj y su cabeza se inclinaba profundamente sobre ella. Una sirvienta limpiaba aunque no había nada que limpiar.
     Tiré con curiosidad del pañuelo que cubría su cabeza y que ensombrecía su rostro. Entonces pude verla. Era una muchacha judía que había conocido antaño. Tenía un rostro exuberante y blanco, así como ojos negros y esbeltos. Cuando me sonrió desde sus harapos, que la hacían parecer una anciana, dije: «Todo lo que usted hace aquí es un poco de comedia.» «Sí —dijo ella—,un poco, ¡cómo lo sabes!» Entonces señaló al hombre sentado en el escritorio y dijo: «Ahora ve y saluda a aquel señor. Mientras no le saludes, en realidad no puedo hablar contigo.» «¿Quién es?», le pregunté en voz baja. «Un noble francés —dijo—, creo que se llama De Poitin.» «¿Cómo ha venido hasta aquí?», pregunté. «No lo sé —dijo ella—, aquí hay una gran confusión. Esperamos a alguien que ponga orden, ¿eres tú?» «No, no», dije yo. «Eso es muy razonable —dijo ella—, pero ahora preséntate al señor.»
     Fui hacia él y me incliné. Cómo él no levantó la cabeza —sólo podía ver su pelo blanco y revuelto—, le deseé las buenas noches. Siguió sin moverse, un gato pequeño recorrió el borde de la mesa, había saltado del regazo del señor y volvió a desaparecer por el mismo sitio. Quizá no miraba la cadena del reloj, sino bajo la mesa. Yo sólo quería aclarar cómo había venido, pero mi conocida me tiró de la chaqueta y murmuró: «Ya es suficiente.»
     Yo quedé muy satisfecho, me volví hacia ella y fuimos cogidos del brazo por la cripta. La escoba me estorbaba. «Tira la escoba», dije. «No, por favor —dijo ella—, deja que me la quede. Que limpiar aquí no me causa ningún esfuerzo, ya lo ves, ¿verdad? Bien, pero aquí disfruto de ciertas ventajas a las que no quiero renunciar. ¿Quieres, por lo demás, quedarte aquí?», dijo desviando la conversación. «Por ti me quedaría aquí encantado», dije lentamente. En ese momento íbamos estrechándonos mutuamente como una pareja de enamorados. «Quédate, quédate —dijo ella—, cómo he anhelado tu llegada. No es tan malo estar aquí como tú quizá temes. Y qué nos importa a los dos lo que hay a nuestro alrededor.» Fuimos un rato en silencio, habíamos desenlazado los brazos que ahora ceñían nuestros cuerpos. Seguimos por el camino principal, había ataúdes a la derecha y a la izquierda, la cripta era muy grande, al menos muy larga. Estaba oscuro, pero no del todo, era como un crepúsculo que, sin embargo, todavía iluminaba algo el lugar en que nos hallábamos y un pequeño círculo a nuestro alrededor. De repente dijo: «Ven, te enseñare mi ataúd.» Me quedé sorprendido. «Pero tú no estás muerta», dije. «No —dijo ella—, pero para ser sincera, no conozco mucho este lugar, por eso estoy tan contenta de que hayas venido. Lo entenderás en poco tiempo. Ahora lo ves todo probablemente más claro que yo. En todo caso: tengo un ataúd.» Torcimos a la derecha en un camino lateral, otra vez entre dos hileras de ataúdes. Por la disposición del lugar y el ambiente me recordaba a una gran bodega que había visto. Siguiendo el camino pasamos por un pequeño arroyo, apenas de un metro de ancho, que corría con rapidez. Después llegamos al ataúd de la muchacha. Disponía de bellos cojines guarnecidos. Se sentó en el interior y me hizo una señal, menos con el dedo que con la mirada, para que yo también la acompañara. «Querida niña» —dije yo, retirándole el pañuelo de la cabeza y poniendo mi mano en su sedosa cabellera—. Todavía no puedo permanecer contigo. Hay alguien en la cripta con el que debo hablar. ¿No quieres ayudarme a buscarle?» «¿Tienes que hablar con él? Aquí no existen obligaciones», dijo ella. «Pero yo no soy de aquí.» «¿Crees que podrás salir todavía de aquí?» «Seguro», dije yo. «Razón de más para que no pierdas el tiempo», dijo ella. Buscó entre los cojines y sacó una camisa. «Ésta es mi camisa de muerta —dijo, y a continuación me la alcanzó—, pero yo no la llevo.»

(En: Fragmentos póstumos) 
— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 83-86 

viernes, 27 de junio de 2014

EL SUEÑO DE JOSEF K. Franz Kafka


Josef K soñó:
Era un día hermoso y K quería salir a pasear. Pero apenas había dado dos pasos, cuando ya se encontraba en el cementerio. Allí había dos caminos muy artificiales, que se entrecruzaban de forma poco práctica, pero él se deslizó por ellos como por un torrente, con una actitud imperturbable y oscilante. Desde la lejanía percibió un túmulo reciente ante el que quería detenerse. Este túmulo ejercía sobre él una atracción poderosa y no creía ir lo suficientemente rápido. Algunas veces apenas veía el túmulo, pues quedaba oculto por banderas que se entrelazaban con fuerza. No se veía a sus portadores, pero era como si allí reinase un gran júbilo.
      Mientras dirigía su vista hacia la lejanía, descubrió repentinamente el túmulo a su costado, en el camino, ya casi a su espalda. Saltó rápidamente al césped. Como el terreno bajo su pie de apoyo al saltar era deslizante, se desequilibró y cayó precisamente ante el túmulo y de rodillas. Detrás de la tumba había dos hombres que sostenían una lápida en el aire. Apenas apareció K, arrojaron la lápida al suelo y él quedó como si lo hubieran emparedado. Un tercer hombre, al que K reconoció de inmediato como un artista, salió enseguida de un matorral. Vestía sólo unos pantalones y una camisa mal abotonada. En la cabeza llevaba un gorro de terciopelo y sostenía en la mano un lápiz común con el que, al acercarse, trazó figuras en el aire.
      Se colocó con el lápiz arriba, sobre la lápida. Como ésta era muy alta no tuvo que agacharse del todo, aunque sí inclinarse, pues el túmulo, que no quería pisar, le separaba de la lápida. Permanecía, por consiguiente, sobre las puntas de los pies y se apoyaba con la mano izquierda en la superficie de la losa. Gracias a una hábil maniobra logró trazar letras doradas con el lápiz común. Escribió: «Aquí descansa...» Cada letra apareció clara y bella, perfecta y con oro puro. Cuando terminó de escribir las dos palabras, se volvió y miró a K, que esperaba ansioso la continuación de la escritura y apenas se preocupaba del hombre, ya que sólo mantenía fija su mirada en la lápida. El hombre, en efecto, se aprestó a seguir escribiendo, pero no podía, había algún impedimento. Bajó el lápiz y se volvió de nuevo hacia K que, ahora, se fijó en el pintor y advirtió que éste se encontraba en un estado de gran confusión, aunque no podía decir la causa.    Toda su animación previa había desaparecido. También K quedó por ello confuso. Intercambiaron miradas suplicantes. Había un malentendido que ninguno podía aclarar. Comenzó a sonar de modo inoportuno la pequeña campana de la capilla perteneciente a la tumba, pero el artista hizo un ademán con la mano alzada y la campana se detuvo. Pasado un rato comenzó a sonar de nuevo, esta vez en un tono muy bajo y deteniéndose al instante sin ningún requerimiento. Era como si quisiera probar su sonido. K estaba desconsolado por la situación del artista, comenzó a llorar y sollozó largo tiempo cubriéndose el rostro con las manos. El artista esperó hasta que K se hubo tranquilizado y entonces decidió, ya que no encontraba otra salida, seguir escribiendo. La primera línea que trazó fue para K una salvación, aunque el artista la llevó a cabo con una gran resistencia. La escritura ya no era tan bella, sobre todo parecía faltar oro. La línea surgía pálida e insegura, la letra quedaba demasiado grande. Era una «J», estaba casi terminada, cuando el artista pisoteó furioso la tumba, de tal modo que la tierra invadió el aire. K le comprendió al fin. Para pedir perdón ya no había tiempo. Escarbó en la tierra, que apenas oponía resistencia, con los dedos. Todo parecía preparado. Sólo había una ligera capa para guardar las apariencias. Una vez retirada, apareció un gran agujero con paredes escarpadas en el que K se hundió, puesto de espaldas por una suave corriente. Mientras él, con la cabeza todavía recta sobre la nuca, ya era recibido por la impenetrable profundidad, su nombre era inscrito con poderosos ornamentos en la piedra.
     Fascinado por esta visión, despertó.
(El sueño) 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 172-174

viernes, 6 de junio de 2014

EL DIABLO. Franz Kafka

Dos niños rondaban ante el escaparate de Casinelli, un niño de aproximadamente seis años y una niña de siete, ambos bien vestidos. Hablaban de Dios y de los pecados. Yo permanecí detrás de ellos. La niña, quizá católica, sostenía que sólo el mentir a Dios constituía el verdadero pecado. El niño, quizá protestante, preguntó con testarudez infantil qué era entonces el mentir o el robar a los hombres. «También grandes pecados -dijo la niña-, pero no los más grandes, sólo los pecados contra Dios son los más grandes, para los pecados contra los hombres tenemos la confesión. Cuando me confieso, viene enseguida el ángel y se sitúa detrás de mí, cuando cometo un pecado es el diablo el que se sitúa a mis espaldas, aunque no se le puede ver». Cansada de tanta seriedad, giró sobre sus talones para divertirse y dijo: «Ves, no hay nadie a mis espaldas.» El niño giró del mismo modo y me miró: «Ves -dijo sin considerar que pudiera oírle o sin ni siquiera pensar en ello-, a mis espaldas está el diablo.» «Yo también le veo -dijo la niña-, pero no me refiero a ése.»
(En: Fragmentos póstumos) 

— Franz Kafka, Aforismos, visiones y sueños. 2ª ed. Trad. y pról. José Rafael Hernández Arias. Valdemar: Madrid, 1999., p. 160-161