Acompáñese con vino.

Acompáñese con vino.
by Jonathan Wolstenholme
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lunes, 5 de mayo de 2014

LA NIÑA PRECOZ. Conde de Lautréamont


Haciendo mi paseo cotidiano, pasaba diariamente por una calle estrecha y diariamente una delgada niña de diez años me seguía respetuosamente, a distancia, a lo largo de la calle, mirándome con ojos simpáticos y curiosos. Era alta para su edad y tenía el talle esbelto. Abundantes cabellos negros, separados en dos, caían en trenzas independientes sobre sus hombros marmóreos. Un día, siguiéndome como de costumbre, el brazo musculoso de una mujer del pueblo la apresó por los cabellos, como el torbellino apresa a la hoja, y asestando dos bofetadas brutales en una mejilla orgullosa y muda, devolvió a su casa a aquella conciencia extraviada. En vano me hacía el indiferente; nunca dejaba de seguirme y su presencia me era inoportuna. Cuando a paso largo cruzaba hacia otra calle para continuar mi camino, se detenía haciendo un violento esfuerzo sobre sí misma, al final de aquella calle estrecha, inmóvil como la estatua del Silencio, y no dejaba de mirar hacia adelante hasta que yo desaparecía. Una vez, la muchacha me precedió por la calle, acoplando su paso al mío. Si me apresuraba para rebasarla, corría casi para mantener la distancia; pero si reducía el paso con el fin de distanciarme, ella también lo reducía, poniendo en ello la seducción de la infancia. Al llegar al final de la calle se volvió lentamente, con objeto de cerrarme el paso. No tuve tiempo de esquivarla y me encontré delante de ella. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Era fácil ver que quería hablarme, pero no sabía cómo empezar. Palideciendo súbitamente como un cadáver me preguntó: «¿Tendría la bondad de decirme la hora?». Le dije que no llevaba reloj y me alejé rápidamente. Desde ese día, niña de imaginación inquieta y precoz, no has vuelto a ver, por la estrecha calle, al misterioso joven que vagabundeaba penosamente con sus pesadas sandalias por las encrucijadas tortuosas. La aparición de ese cometa llameante no brillará más, como un triste motivo de curiosidad fanática, en la fachada de tu frustrada observación; y pensarás a menudo, muy a menudo, tal vez siempre, en aquel que no parecía inquietarse por los males, ni por los bienes, de esta vida,  que se alejó al azar con rostro horriblemente mortecino, los cabellos erizados, el andar inseguro y los brazos nadando ciegamente en las irónicas aguas del éter, como buscando allí la presa sangrienta de la esperanza, continuamente sacudida a través de las inmensas regiones del espacio por el quitanieves implacable de la fatalidad. No me verás más ¡ni tampoco yo te veré…! ¿Quién sabe? Quizás esa niña no era lo que parecía. Bajo una apariencia ingenua quizá ocultara una gran astucia, el peso de dieciocho años y el encanto del vicio. Se ha visto a vendedoras del amor, franqueando el estrecho, expatriarse alegres de las Islas Británicas. Hacían resplandecer sus alas, dando vueltas en enjambres dorados, delante de la luz parisiense; y al verlas, decíais: «Pero si aún son unas niñas; no tienen más de diez o doce años». En realidad, tenían veinte. En este supuesto, ¡malditos sean los recodos de esa calle oscura! ¡Horrible! ¡Horrible lo que allí pasa! Creo que su madre la golpeó porque no hacía su oficio con la habilidad suficiente. Es posible que sólo fuese una niña y su madre es entonces aún más culpable. Pero no quiero creer en esta posibilidad que no es más que una hipótesis y prefiero amar, en ese carácter novelesco, a un alma que se revela demasiado pronto... ¡Ah, mira, muchacha, te aconsejo no aparecer nuevamente ante mis ojos si vuelvo a pasar por la calle estrecha! ¡Podría costarte caro! Ya la sangre y el odio, en oleadas ardientes, me suben a la cabeza. ¡Ser tan generoso como para amar a mis semejantes! ¡No, no! lo tengo decidido desde el día de mi nacimiento. ¡La gente no me ama! Se verá la destrucción de los mundos, la piedra de granito deslizarse, como un cormorán, por la superficie de las aguas, antes de que yo toque la mano infame de un ser humano. ¡Atrás... atrás esa mano! No eres un ángel, muchacha, y  llegarás a ser, ciertamente, como las demás. No, no, te lo suplico, no vuelvas a aparecerte delante de mis cejas fruncidas y sombrías. En un momento de extravío podría cogerte los brazos, torcerlos como ropa mojada a la que se exprime el agua, o partirlos ruidosamente como dos ramas secas y después hacértelos comer empleando la fuerza. Podría, tomando tu cabeza entre mis manos, con aire acariciador y dulce, hundir mis dedos ávidos en los lóbulos de tu cerebro inocente para extraer, con la sonrisa en los labios, una grasa eficaz que lave mis ojos, doloridos por el insomnio eterno de la vida. Podría, cosiendo tus párpados con una aguja, privarte del espectáculo del universo y dejarte en la imposibilidad de encontrar tu camino; no sería yo quien te serviría de guía. Podría, levantando con brazo de hierro tu cuerpo virgen, sujetarte por las piernas haciéndote girar como una honda, concentrar mis fuerzas al describir la última circunferencia, y lanzarte contra la muralla. Cada gota de sangre salpicará un pecho humano, asustando a los hombres, ¡colocando ante ellos el ejemplo de mi maldad! Se arrancarán sin tregua jirones y jirones de carne, pero la gota de sangre permanece, indeleble, en el mismo sitio brillando como un diamante. Quédate tranquila, daré orden a media docena de sirvientes de guardar los restos venerados de tu cuerpo, preservándolos del hambre de los perros voraces. Sin duda,  el cuerpo quedó pegado a la muralla como una pera madura sin caer a tierra, pero si no se toman precauciones los perros saben dar grandes saltos. 

— Conde de Lautréamont, Los cantos de Maldoror. Trad. Ángel Pariente. Alianza: Madrid, 2009., p. 81-84

viernes, 28 de marzo de 2014

INSTRUCCIONES PARA LA VIDA. Conde de Lautréamont


¡Qué niño tan gracioso está sentado en un banco del jardín de las Tullerías! Sus ojos audaces miran fijamente a lo lejos, en el espacio, algún objeto invisible. No debe tener más de ocho años pero, no obstante, no se divierte como sería normal. Al menos, debería reír y pasearse con algún camarada en lugar de estar solo; pero ese no es su carácter.
     ¡Qué niño tan gracioso está sentado en un banco del jardín de las Tullerías! Un hombre, con aspecto equívoco, movido por deseo oculto viene a sentarse en el mismo banco. ¿Quién es? No necesito decíroslo pues le reconoceréis por su conversación tortuosa. Escuchemos, sin molestarles.
     —Niño, ¿en qué piensas?
     —Pensaba en el cielo.
     —No es necesario que pienses en el cielo; es suficiente ya con pensar en la tierra. ¿Estás fatigado de vivir, tú que apenas acabas de nacer?
     —No, pero todos prefieren el cielo a la tierra.
     —Bueno, yo no. Pues si el cielo ha sido hecho por Dios, lo mismo que la tierra, ten la seguridad que encontrar allí los mismos males que acá abajo. Después de tu muerte, no serás recompensado por tus méritos, pues si cometen injusticias contigo en esta tierra (como comprobarás, por experiencia, más tarde), no hay razones para que, en la otra vida, no se cometan también. Lo mejor que puedes hacer es no pensar en Dios y hacerte justicia tú mismo, ya que te la niegan. Si uno de tus camaradas te ofendiese, ¿no te gustaría matarlo?
     —Está prohibido.
     —No está tan prohibido como piensas. Se trata solamente de no dejarse atrapar. La justicia que proporcionan las leyes no vale nada; es la jurisprudencia del ofendido la que cuenta. Si detestases a uno de tus camaradas, ¿no serías desdichado por soñar que a cada instante tienes su pensamiento delante de tus ojos?
     —Es verdad.
     —He aquí entonces a uno de tus camaradas que te hará desdichado durante toda la vida; pues viendo que tu odio siempre será pasivo no dejaría de burlarse de ti y de hacerte daño impunemente. Sólo existe un medio de terminar con esta situación: desembarazarse del enemigo. Hasta aquí quería llegar para hacerte comprender sobre qué bases se funda nuestra sociedad. Cada uno debe tomarse la justicia por sí mismo, salvo que sea un imbécil. El que obtiene la victoria sobre sus semejantes es el más astuto y el más fuerte. ¿Es que no querrás algún día dominar a tus semejantes?
     —Sí, sí.
     —Sé, pues, el más fuerte y el más astuto. Todavía eres muy joven para ser el más fuerte. Pero puedes, desde hoy, emplear la astucia, la más bella herramienta de los hombres de genio. Cuando el pastor David alcanzó en la frente al gigante Goliat con una piedra lanzada con su honda, ¿no es admirable observar que sólo con la astucia David venció a su rival y que, por el contrario, si hubiera luchado cuerpo a cuerpo, el gigante lo habría aplastado como a una mosca? Igual te pasaría a ti. A guerra abierta jamás podrás vencer a los hombres, sobre los cuales estás deseando imponer tu voluntad; sin embargo, con astucia, podrás luchar solo contra todos. ¿Deseas riquezas, hermosos palacios y la gloria? ¿O me has engañado cuando mantenías estas nobles pretensiones?
     —No, no os engañaba. Pero quisiera conseguir lo que deseo por otros medios.
     —Entonces no conseguirás nada absolutamente. Los medios virtuosos y bonachones no conducen a nada. Es necesario poner en movimiento palancas más enérgicas e intrigas más hábiles. Antes de que consigas la celebridad por tu virtud, mientras alcanzas la meta, mucha gente habrá tenido tiempo de hacer cabriolas por encima de tus hombros, llegando antes que tú al final de la carrera, de tal forma, que ya no habrá sitio allí para tus ideas mezquinas. Es preciso saber abarcar con más grandeza el horizonte del tiempo presente. Por ejemplo, ¿alguna vez has oído hablar de la gloria inmensa que aportan las victorias? Pero las victorias no se hacen solas. Es necesario verter sangre, mucha sangre, para engendrarlas y depositarlas a los pies de los conquistadores. Sin los cadáveres y miembros esparcidos que se descubres en la llanura, donde se ha efectuado súbitamente carnicería, no habría guerra y, sin guerra, no habría victoria. Estás comprobando que cuando se desea ser célebre, es necesario zambullirse con gallardía en ríos de sangre alimentados por la carne de cañón. El fin justifica los medios. La primera cosa que se necesita, para ser célebre, es tener dinero. Ahora bien, como tú no lo tienes, necesitas asesinar para conseguirlo; pero como no eres bastante fuerte para manejar el puñal, hazte ladrón, a la espera de que tus miembros se hayan robustecido. Y para que se robustezcan más rápido te recomiendo hacer gimnasia, dos veces al día, una hora por la mañana y otra por la tarde. De esta forma podrás intentar el crimen, con cierto éxito, desde la edad de quince años, sin tener que esperar hasta los veinte. ¡El amor a la gloria lo excusa todo y tal vez, más tarde, dueño de tus semejantes, les harás casi tanto bien como mal les has hecho al comienzo!...
     Maldoror observa que la sangre hierve en la cabeza de su joven interlocutor; las ventanas de su nariz se hinchan y de sus labios brota una ligera espuma blanca. Le toma el pulso y sus pulsaciones son aceleradas. La fiebre se ha hecho dueña de este cuerpo delicado. Teme continuar hablando; el infeliz se escabulle contrariado por no haber podido conversar más tiempo con ese niño. Si en la edad madura es difícil controlar las pasiones, oscilando entre el bien y el mal, ¿qué pasará en un espíritu todavía inexperto? ¿Cuánta más energía necesitará? El niño se recuperará guardando cama tres días. ¡Quiera el cielo que el contacto maternal lleve la paz a esa flor sensible, frágil envoltura de una hermosa alma! 

— Conde de Lautréamont, Los cantos de Maldoror. Trad. Ángel Pariente. Alianza: Madrid, 2009., p. 84-88